CAPÍTULO 17

1633 Words
El amanecer llegó con una suavidad engañosa. Tracy abrió los ojos sintiendo el peso del cuerpo de Ian junto al suyo, su respiración pausada, su brazo enredado en su cintura. Por un instante, el mundo parecía simple: dos personas en una habitación, el sol filtrándose a través de las cortinas, el silencio cómodo después de un día turbulento. Pero la simplicidad no era un lujo que durara en su vida. Ian seguía dormido cuando Tracy se levantó. Bajó a la cocina con pasos lentos, buscando un vaso de agua, y se encontró con su madre sentada a la mesa. No había café, no había desayuno; solo ella, con un sobre en la mano y una expresión que Tracy no recordaba haber visto en años: una mezcla de alarma y urgencia. —Llegó esto para ti —dijo, sin rodeos, y deslizó el sobre hacia ella. El papel era grueso, de esos que no se usan para cartas comunes. El remitente no estaba escrito, pero Tracy reconoció la tipografía de la dirección impresa: era de un bufete de abogados. Se sentó, intentando controlar el temblor de sus manos. Abrió el sobre con cuidado, como si fuera una prenda delicada que pudiera rasgarse al menor descuido. La primera frase le dio un golpe seco en el estómago: > “Notificación de procedimiento de reclamación de derechos de autor.” —Esto tiene que ser un error… —susurró, pero el tono de su madre era más filoso que la hoja de papel. —¿Un error? Aquí dice que alguien te acusa de usar diseños que no te pertenecen. Y no es cualquiera, Tracy… es Alba Ferrer. El nombre cayó como un martillo. Alba Ferrer no solo era una diseñadora reconocida en Europa; también había sido una de las pocas personas que Tracy había admirado en su adolescencia. Había estudiado sus colecciones, tomado notas de sus cortes y detalles, e incluso había tenido la oportunidad de hablar con ella brevemente en un evento hacía dos años. Tracy se quedó en blanco. —Yo no… yo jamás copiaría… —No es lo que pienses tú —interrumpió su madre—, es lo que puedan probar ellos. Subió al taller con la carta todavía en la mano. Ian estaba allí, ahora despierto y revisando el maniquí con la chaqueta que tanto le había gustado la noche anterior. —¿Qué pasó? —preguntó al verla entrar pálida, como si hubiera corrido un maratón. Tracy le entregó la carta sin decir palabra. Lo vio leer, fruncir el ceño y luego soltar un resoplido. —Esto es grave, Tracy. Y lo peor… es que esto podría destrozarte más que cualquier crítica. No se trata solo de tu reputación; si esto va a juicio, te pueden arrastrar públicamente. —No lo entiendo… —su voz era quebradiza—. Mis diseños son míos. Sí, me inspiro en otros, pero jamás he copiado nada. Ian la miró fijo. —Inspirarse y “tomar prestado” son dos cosas distintas. ¿Hay algo que Alba pueda usar contra ti? Ella negó con la cabeza, pero por dentro un recuerdo empezó a martillarle: un boceto viejo, olvidado en un cajón, de una chaqueta que había creado después de ver una pasarela de Alba. No era igual, pero… sí tenía ecos de su trabajo. ¿Podría eso ser suficiente para que la acusaran? A lo largo del día, la noticia empezó a filtrarse en redes. Un par de blogs de moda publicaron titulares como “La joven promesa T&H en la mira por plagio”. No había pruebas públicas todavía, pero el rumor era un incendio que se alimentaba de sí mismo. Los mensajes en su teléfono eran una mezcla de apoyo y veneno: —“No les creas, eres increíble” —“Ya sabíamos que eras una imitación barata” Tracy intentó concentrarse en pensar una estrategia, pero sentía que el aire se le escapaba del cuerpo. —Tienes que hablar con un abogado ya —dijo Ian—. Y tienes que estar preparada para que esto te obligue a mostrar todo tu proceso creativo. ¿Estás lista para que la gente vea tus cuadernos, tus pruebas, tus descartes? Tracy tragó saliva. Su proceso creativo no era algo que dejara ver a cualquiera. Allí estaban sus inseguridades, sus errores, las piezas que nunca debían salir a la luz. Mostrarlo sería como desnudarse frente a una multitud armada con cuchillos. Esa noche, sola en su taller, abrió el cajón y sacó aquel boceto viejo. Lo miró largo rato. No era idéntico al diseño de Alba, pero el parecido era innegable en ciertos detalles. Podría explicarlo, justificarlo… pero en un tribunal o frente a la opinión pública, ¿bastaría? La tentación de romper el papel fue intensa. Pero no lo hizo. En lugar de eso, lo colocó sobre la mesa, como si fuera un enemigo al que necesitaba observar de cerca antes de enfrentarlo. Por primera vez en mucho tiempo, Tracy sintió que no bastaría con coser para arreglar las cosas. Esto no era una rotura en la tela; era un desgarro en la credibilidad, y no estaba segura de tener la aguja adecuada para repararlo. La mañana siguiente no trajo calma. El teléfono de Tracy seguía vibrando con notificaciones que no se detenían: menciones en Twitter, mensajes directos, llamadas de números desconocidos. Los titulares se volvían más agresivos: “La estrella emergente T&H en la cuerda floja” “De promesa a fraude: la caída de Tracy Harper” Se preparó un café, pero no pasó de dos sorbos. La ansiedad le había secuestrado el estómago. Ian apareció en la cocina, serio, con su laptop bajo el brazo. —Tracy… no podemos seguir callados —dijo, colocando el ordenador frente a ella. En la pantalla, un artículo nuevo mostraba fotos de su última colección junto a diseños pasados de Alba Ferrer. El montaje era tendencioso, pero el parecido en una de las chaquetas saltaba a la vista. —Si no respondes, les dejas escribir la historia por ti. Tracy respiró hondo. Esa frase le encendió una chispa: no iba a dejar que otros bordaran un relato falso sobre su vida y su trabajo. Llamó a Julia, una abogada especializada en propiedad intelectual que había conocido en un evento de moda sostenible. Julia llegó al taller en menos de dos horas, con un maletín y una actitud cortante que le gustó a Tracy: el tipo de persona que entra a una sala para ganar. —Primero —dijo Julia, hojeando la carta de notificación—, no vamos a admitir nada. Segundo, vamos a documentar cada paso de tu proceso creativo de los últimos años. Bocetos, moodboards, correos, todo. —Eso significa mostrar lo que nunca he mostrado —murmuró Tracy, mirando su pila de cuadernos. —Exacto. Y no solo a mí, sino al mundo. Si decides dar una respuesta pública, tiene que ser con pruebas. Esa noche, Tracy convocó a Ian y a Sam —su asistente y confidente en el taller—. Puso sobre la mesa una montaña de carpetas y cuadernos. —Quiero que me ayuden a revisarlo todo. Si voy a defenderme, no quiero que haya un solo punto débil. Ian abrió un cuaderno y se quedó en silencio ante los dibujos. Algunos eran crudos, garabatos a medio hacer, manchas de café en las esquinas. Otros, refinados, casi idénticos a las piezas que ahora la acusaban de plagiar. —Tracy, hay cosas aquí que pueden interpretarse mal si las sacan de contexto. Ella asintió. —Entonces me aseguraré de darles contexto yo, antes de que lo hagan otros. El día siguiente, grabaron un video. No era un comunicado frío ni un texto legal; era Tracy, frente a su mesa de trabajo, con sus bocetos, hablando directamente a la cámara. —“Mi nombre es Tracy Harper. Soy diseñadora de modas. Y todo lo que ven aquí, cada puntada, cada línea, es el resultado de mi vida, de mis experiencias, y sí, de mis influencias… como las tienen todos los artistas. Pero inspirarse no es robar. Y hoy estoy aquí para demostrarlo.” Mostró páginas de sus cuadernos, fechas, correos con proveedores, prototipos iniciales. Explicó cómo nacía una pieza, desde un recuerdo o una textura, hasta la prenda final. Incluso mencionó a Alba Ferrer, reconociéndola como inspiración de su adolescencia, pero dejando claro que su trabajo actual era suyo, auténtico. Ian, detrás de la cámara, notó que la voz de Tracy temblaba en algunos momentos, pero nunca perdió la mirada firme. --- El video se publicó a las 7:00 p. m. En una hora ya tenía miles de reproducciones. Los comentarios se dividían: —“Siempre supe que era genuina” —“Buena actuación, pero la copia sigue ahí” Pero lo más inesperado fue un tuit de una editora de moda reconocida: “Acabo de ver el video de Tracy Harper. Rara vez una diseñadora se expone así. Esto no prueba nada todavía, pero sí demuestra algo: valor.” En casa, su madre entró en el taller sin tocar la puerta. —No sé si hiciste bien en exponerte tanto. Ahora todo el mundo sabe lo que hay en esos cuadernos. Tracy levantó la vista de la máquina de coser. —Lo sé. Pero prefiero que lo vean todo a que inventen por mí. Su madre no respondió. La miró un segundo más y se fue, cerrando la puerta con suavidad. Esa noche, Tracy no pudo dormir. No por miedo, sino por algo más extraño: una sensación de calma tensa. Había dado el primer paso para recuperar su voz, y aunque el huracán seguía rugiendo afuera, tenía la aguja en la mano. Y estaba dispuesta a coser hasta que quedara claro quién era realmente.
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