El video de Tracy seguía expandiéndose como pólvora. A las 48 horas ya sumaba más de medio millón de reproducciones, reseñas en blogs de moda, y un par de artículos en medios especializados que analizaban cada frase.
Pero la verdadera detonación llegó un martes por la mañana, cuando Ian irrumpió en el taller con la mirada encendida.
—Alba respondió.
Tracy se quedó inmóvil con la aguja entre los dedos.
—¿En privado?
—No. En vivo.
Sacó su teléfono y puso un video. Alba Ferrer estaba sentada en un set minimalista, en una entrevista exclusiva con una cadena de moda internacional. Vestía de n***o, el cabello recogido en un moño pulcro, y en la mesa frente a ella había una carpeta que parecía recién salida de un despacho de abogados.
—“Vi el video de la señorita Harper. Me parece conmovedor que se exponga así… pero la emoción no sustituye a la verdad. Y la verdad es que existen coincidencias demasiado específicas entre su última colección y trabajos míos de hace cinco años. Coincidencias que no pueden explicarse solo con ‘inspiración’.”
Alba abrió la carpeta y mostró impresiones de sus diseños y los de Tracy, lado a lado. La presentadora asintió con gravedad, casi como si ya hubiera dictado sentencia.
—“No busco destruir su carrera” —continuó Alba— “pero sí proteger mi trabajo y la integridad de esta industria. Si realmente es la artista que dice ser, que lo demuestre en un tribunal.”
Ian pausó el video.
—Esto no es solo una respuesta, Tracy. Es una declaración de guerra pública.
Tracy no parpadeó. Volvió a tomar la aguja y siguió cosiendo el dobladillo de un vestido que ni siquiera necesitaba ese arreglo.
—Que lo sea, entonces.
Horas después, su abogada Julia llegó con un semblante serio.
—Ya no es solo una disputa mediática. Alba presentó una demanda formal por infracción de derechos de autor. Y lo ha hecho en un país donde las leyes son particularmente estrictas. Vamos a necesitar más que bocetos y videos.
—¿Qué más? —preguntó Tracy.
—Testigos. Personas que puedan dar fe de tu proceso, que hayan visto el desarrollo de estas piezas desde cero. Proveedores, costureras, incluso clientes tempranos.
Tracy sintió una punzada en el estómago. No por la dificultad, sino porque implicaba sacar a otras personas a la tormenta.
—Que así sea.
Esa noche, sola en su taller, Tracy revisó otra vez sus cuadernos. No estaba buscando coincidencias ni errores; estaba buscando huellas. Esos detalles que nadie más vería: la fecha en que había dibujado la chaqueta, una nota al margen que decía “inspirada en el viaje a Lisboa con mamá”, o un boceto inicial que no se parecía a nada que Alba hubiera hecho jamás.
Cada página era un fragmento de su vida, y ahora iba a convertirlos en pruebas.
El teléfono vibró. Era un número desconocido. Contestó.
—Tracy Harper —dijo, intentando sonar neutra.
—Hola —la voz era grave, masculina—. No me conoces, pero trabajé en el equipo de Alba hace seis años. Y creo que deberías saber algo.
Tracy se quedó en silencio, apretando el auricular.
—No puedo hablar por teléfono. Pero lo que están diciendo… no es tan simple como parece. Ella también ha tomado ideas que no eran suyas.
El corazón de Tracy se aceleró.
—¿Puedes probarlo?
—Tengo documentos. Y fotos. Pero si decido hablar, me juego mucho.
—Entonces nos vemos. Dime dónde.
El hombre dudó unos segundos antes de dar una dirección en un café discreto, fuera del circuito de moda.
Tracy colgó y se dejó caer en la silla. Por primera vez en días, no sintió solo presión; sintió la adrenalina de quien sabe que la partida aún no está perdida.
Esta vez, no iba a limitarse a defenderse.
Esta vez, iba a contraatacar.
El café estaba casi vacío, con olor a pan recién horneado y ese zumbido bajo de las máquinas de espresso. Tracy llegó quince minutos antes de la hora acordada. Se sentó en una mesa al fondo, desde donde podía ver la puerta y, sobre todo, quién entraba.
Llevaba un abrigo gris y un sombrero de ala ancha que le cubría parte del rostro. No era paranoia, era estrategia: la última cosa que necesitaba era aparecer en una foto junto a un hombre que trabajó para Alba Ferrer.
A las 10:07, él llegó. Alto, cabello oscuro, barba de dos días y una mirada alerta. Se quitó la bufanda, miró alrededor y caminó hacia ella.
—¿Tracy Harper? —preguntó en voz baja.
—Sí.
Se sentó, y sin pedir nada, sacó de su mochila un sobre manila desgastado. Lo colocó sobre la mesa, como si pesara toneladas.
—Me llamo Miguel Aranda. Fui parte del equipo de desarrollo creativo de Alba durante cuatro años. Lo que voy a contarte no me deja en buen lugar… pero necesito que sepas que no eres la primera a la que intenta aplastar con esto.
Tracy lo observó con cautela.
—¿A cuántas más?
—A dos diseñadoras antes que tú. Jóvenes, con propuestas frescas. Ella les tomó piezas clave de sus colecciones en fase inicial y las “reinterpretó” antes de que salieran a la luz. Tenía acceso a sus ideas porque se acercaba a ellas como mentora, o en eventos donde compartían bocetos.
—¿Y nadie dijo nada?
—En esta industria, hablar contra alguien como Alba es s******o profesional. Y ella lo sabe.
Miguel abrió el sobre. Dentro había fotos de moodboards, bocetos originales con fechas claras, y capturas de correos electrónicos internos donde Alba pedía “ajustar” diseños para hacerlos más comerciales, pero que en esencia eran idénticos a los de las jóvenes creadoras.
Tracy pasó las páginas lentamente. Eran piezas distintas a las suyas, pero el patrón era inconfundible: una línea de depredación creativa sistemática.
—¿Por qué ahora? —preguntó, alzando la vista.
Miguel respiró hondo.
—Porque esta vez se pasó de la raya. Lo tuyo no es copia, es un ataque para borrar tu nombre antes de que sea más grande que el suyo. Y porque… —bajó la voz— yo sé que tú puedes ganarle.
La frase le dejó un sabor extraño: mezcla de reto y advertencia.
—Si uso esto, tu nombre saldrá a la luz —dijo Tracy.
—Lo sé. Y asumiré las consecuencias. Pero tienes que entender algo: ella no solo quiere arruinarte, quiere que nadie más en la industria se atreva a desafiarla.
De regreso en su taller, Tracy extendió todo el material sobre la gran mesa de corte. Julia, su abogada, llegó minutos después y revisó cada página con expresión calculadora.
—Esto… cambia todo —dijo finalmente—. Pero también complica tu posición. Si usamos esta información, ya no es solo una defensa: es un ataque frontal. Y eso significa que la guerra mediática se va a volver personal, sucia, y muy pública.
Tracy se quedó mirando uno de los bocetos robados, imaginando a la diseñadora que lo había creado y que probablemente se había rendido después del golpe.
No pensó en la marca, ni en su imagen. Pensó en esa sensación de impotencia que había sentido semanas atrás, cuando creyó que todo estaba perdido.
No quería que otra pasara por eso.
—Entonces vamos a hacerlo —dijo, con la voz firme—. Y no solo por mí.
Julia asintió, aunque en su mirada se veía que entendía el riesgo.
—Prepárate, Tracy. Porque una vez que esto salga… no habrá vuelta atrás.
La primera bala no vino de Tracy.
Apenas tres días después de su reunión con Miguel, una nota anónima apareció en un portal de moda internacional: “Filtraciones internas acusan a Alba Ferrer de apropiación de diseños”. No mencionaba nombres de testigos, pero sí incluía una imagen borrosa de un moodboard con fecha anterior a uno de los desfiles más recordados de Alba.
Julia, su abogada, llamó de inmediato.
—No fuimos nosotros. Pero alguien quiere que esto empiece antes de que estemos listos.
Tracy sintió un vuelco. Sabía que una vez abierta la puerta, todo se movería a velocidad de vértigo.
El primer contraataque de Alba llegó en menos de 24 horas: una entrevista televisiva, cuidadosamente producida, donde se mostraba indignada.
—Es lamentable que personas con envidia y sin pruebas quieran manchar el trabajo de toda una vida —dijo con esa calma envenenada que la hacía tan peligrosa—. Yo apoyo a los jóvenes talentos, siempre.
Pero lo que más heló la sangre de Tracy fue el cierre:
—Cuando alguien construye su carrera sobre acusaciones falsas, termina cayendo por el peso de sus propias mentiras.
No la nombró. No hacía falta.
Julia y Tracy se reunieron con un equipo de comunicación.
—La clave aquí —dijo la jefa de prensa, una mujer de voz grave y mirada de acero— es que no parezca una venganza personal. Necesitamos pruebas claras y testimonios sólidos. Si esto se convierte en un drama de egos, la opinión pública se va a volcar contra ti.
—Tenemos a Miguel —dijo Tracy.
—Uno no es suficiente. Y él sabe que le van a destrozar la reputación en cuanto hable.
En paralelo, las redes ardían.
Algunos defendían a Tracy, compartiendo su última colección como ejemplo de originalidad y valentía. Otros la llamaban “oportunista” y “trepadora”.
El hashtag #TeamTracy competía con #AlbaEterna en las tendencias, y cada día parecía más una batalla de facciones que un debate serio sobre propiedad intelectual.
Miguel, nervioso pero firme, aceptó dar una entrevista en un medio independiente, donde narró con detalle cómo Alba obtenía acceso a ideas ajenas y las adaptaba.
—No es inspiración —dijo—. Es saqueo creativo.
Su testimonio fue el catalizador: dos exasistentes más se animaron a hablar, y una de las diseñadoras afectadas —que llevaba años fuera de la industria— decidió contar su historia.
La presión se volvió insoportable para el equipo de Alba. Se filtraron correos, notas manuscritas y hasta un audio en el que su voz se escuchaba diciendo: “Si ellas no saben proteger su trabajo, no merecen estar aquí”.
Julia sonrió al escucharlo.
—Esto es dinamita.
Pero Tracy no celebró. Sabía que Alba no iba a caer sin arrastrar a todos con ella. Y efectivamente, esa misma noche, un artículo sensacionalista la acusó de “fabricar” testimonios y de haber plagiado un diseño menor en su colección anterior.
El golpe era sucio, pero efectivo. La opinión pública empezó a dudar.
—Este es el momento en que decides quién quieres ser —dijo Julia, mirándola con seriedad—. ¿La que se defiende… o la que contraataca sin miedo?
Tracy, exhausta pero con la mirada encendida, pensó en su padre, en la carta, en las mujeres que había incluido en su última colección, en la humillación que sintió cuando vio su trabajo minimizado.
—Vamos a contraatacar —dijo, y su voz no tembló—. Pero lo vamos a hacer a mi manera.
Julia asintió.
—Entonces prepárate. Porque esto… se va a poner feo.