El aire olía a electricidad. No era un desfile cualquiera, aunque todo estuviera cuidadosamente montado como si lo fuera.
Julia lo llamó “una presentación estratégica”. Los medios creían que asistirían a la primera muestra de la nueva colección de Tracy, pero en realidad sería algo más: una emboscada pública.
La invitación había sido deliberadamente ambigua: “Una velada para celebrar la autenticidad en la moda”. En letras pequeñas, los logos de varias organizaciones de protección de la propiedad intelectual y el patrocinio de un par de revistas que, últimamente, se habían posicionado a favor de Tracy.
Horas antes del evento, Julia repasaba los tiempos como si fueran un guion de teatro:
—La primera fila es clave. Ahí van a estar los editores, críticos, inversores… y, si mis fuentes no fallan, Alba. No podrá resistirse. Va a venir para medir tu “daño” en persona.
Tracy asintió, aunque sentía un nudo en el estómago. Había soñado con esa confrontación desde que empezó todo, pero ahora que era real, la magnitud la golpeaba: si esto fallaba, su carrera podía terminar esa misma noche.
Las luces se atenuaron. El murmullo del público bajó. Y la pasarela se encendió con un primer look: una silueta potente, casi arquitectónica, construida con retazos de bocetos originales. Cada pieza llevaba, bordada o estampada, una fecha y firma: pruebas visuales de la autoría de Tracy y de otras diseñadoras que habían sido plagiadas por Alba.
El segundo look fue más directo: un vestido inspirado en uno de los diseños más icónicos de Alba… pero mostrado tal como había sido concebido por su creadora original, con las notas y anotaciones de taller impresas en la tela como si fueran confesiones. El público murmuró; algunos tomaban fotos frenéticamente, otros miraban de reojo hacia la primera fila.
Y ahí estaba: Alba, sentada en el centro, con una sonrisa helada y los dedos cruzados sobre el regazo. No se movía, pero sus ojos eran cuchillas.
En la pantalla gigante detrás de la pasarela, comenzó a proyectarse un video. Julia había insistido en no avisar a nadie:
—La sorpresa es parte del impacto —dijo.
El video mostraba entrevistas cortas con las diseñadoras afectadas, Miguel entre ellas, contando cómo sus ideas fueron tomadas sin crédito. Entre cada testimonio, aparecían imágenes de bocetos fechados, correos electrónicos, mensajes de texto. Y, finalmente, el audio: la voz de Alba diciendo aquella frase fatal:
“Si ellas no saben proteger su trabajo, no merecen estar aquí.”
El silencio en la sala fue absoluto. Ni un flash, ni un susurro.
Tracy apareció al final de la pasarela. No llevaba un look espectacular ni joyas llamativas, sino un conjunto sencillo, n***o, con una frase bordada en el pecho: “Mi trabajo, mi voz”.
Se acercó al micrófono.
—La moda es arte, pero también es memoria —dijo, con la mirada fija en la primera fila—. Y la memoria no se roba. Esta noche no se trata solo de mí, sino de todas las voces que fueron silenciadas en nombre de la ambición y el poder.
Alba no se movió. Su sonrisa seguía ahí, pero su mandíbula estaba tensa.
Tracy respiró hondo.
—El talento no necesita robar. Y quien lo hace… tarde o temprano, queda expuesto.
El aplauso fue inmediato, aunque no unánime. Parte del público estaba de pie, vitoreando; otra parte se mantenía sentada, incómoda. Los periodistas comenzaron a escribir frenéticamente; los fotógrafos corrían para enviar las imágenes a sus redacciones.
Julia se acercó a Tracy mientras el público comenzaba a dispersarse.
—Esto fue un golpe certero. Pero prepárate… Alba va a contraatacar.
Tracy sonrió, aunque la adrenalina todavía le temblaba en las manos.
—Que lo haga. Ya no juego en silencio.
Afuera, las redes ardían. Clips del video, capturas de los diseños, frases de Tracy… todo circulaba a una velocidad vertiginosa. Algunos decían que había sido valiente; otros, que era un espectáculo cruel. Pero nadie podía negar que la industria entera estaba hablando de ella.
Y, esa noche, por primera vez en mucho tiempo, Tracy sintió que había recuperado el control. No habían pasado ni 48 horas desde el desfile cuando Julia irrumpió en el estudio con el teléfono en la mano y una expresión que mezclaba rabia y preocupación.
—Acaba de salir… —dijo, dejando caer su bolso sobre la mesa—. Alba presentó una demanda por difamación. Y no solo eso… ha lanzado una campaña mediática brutal.
Tracy, aún con la resaca emocional de la noche del evento, sintió cómo la realidad le golpeaba el pecho.
—¿Difamación? —repitió, incrédula—. ¿Después de todo lo que mostramos?
Julia le tendió la pantalla de su tablet.
Era un comunicado impecablemente escrito, con el logo de la marca de Alba en la parte superior: “Nuestra compañía defiende la integridad, la innovación y el respeto por la creatividad. Rechazamos enérgicamente las acusaciones infundadas presentadas por la señorita Tracy Vega, quien ha recurrido a la manipulación y distorsión de los hechos para beneficiarse de una narrativa falsa.”
Acompañaban el texto con una serie de supuestas “pruebas” que desmontaban la autoría de ciertos diseños, presentando contratos ambiguos, correos editados y fotos manipuladas para sugerir que todo había sido colaboración consensuada.
En cuestión de horas, los titulares se dividieron en dos bandos:
“Tracy Vega: ¿denuncia legítima o campaña difamatoria?”
“El otro lado de la historia: Alba responde con documentos.”
“Moda en guerra: la batalla legal que puede cambiar la industria.”
Las redes se incendiaron. Algunos la defendían con uñas y dientes, otros dudaban, y no faltaban quienes aprovechaban para atacarla con viejas rencillas o rumores infundados.
El golpe más duro llegó esa misma tarde: uno de sus proveedores más importantes canceló un pedido clave, citando “inestabilidad reputacional”.
—Está moviendo las fichas rápido —dijo Julia, mientras revisaban un mapa improvisado de contactos y aliados—. Quiere aislarte antes de que puedas responder.
Tracy respiró hondo.
—Entonces no voy a responder… voy a atacar.
Julia arqueó una ceja.
—¿Qué tienes en mente?
Tracy miró sus bocetos recientes, la nueva colección que había empezado a conceptualizar con las mujeres que participaron en su último proyecto.
—Ella juega con contratos y abogados. Yo voy a jugar con verdad y visibilidad. Voy a sacar a la luz más casos. Y esta vez no será un desfile… será una exposición abierta, documentada y transmitida en vivo.
Pero Alba no se quedó quieta. Esa misma noche, un periodista de renombre publicó una entrevista exclusiva con ella, donde se mostraba vulnerable, casi víctima:
—No es fácil ver cómo alguien a quien diste oportunidades intenta destruir tu carrera —decía, con los ojos vidriosos—. Yo siempre creí en Tracy… y esto es lo que recibo a cambio.
El golpe de efecto era claro. Los comentarios bajo el video se llenaban de mensajes de apoyo hacia Alba.
Julia y Tracy pasaron horas encerradas en el estudio, revisando carpetas, respaldos, correos, grabaciones. Era como preparar un juicio y un espectáculo al mismo tiempo.
—No basta con probar que tienes razón —dijo Julia, mientras abría un archivo tras otro—. Tenemos que ganar en el terreno que ella domina: la opinión pública.
Tracy asintió.
—Si quiere guerra, la tendrá. Pero esta vez, voy a decidir el campo de batalla.
Esa noche, sola en su departamento, Tracy revisó las redes. Vio su nombre repetido miles de veces, mezclado entre insultos, halagos y especulaciones. Sintió un vértigo extraño: miedo y adrenalina al mismo tiempo.
Pero debajo de todo eso, había una certeza: ya no era la mujer que se escondía detrás de bocetos y telas.
Ahora estaba en el centro del huracán… y no pensaba moverse.