El amanecer encontró a Tracy despierta, sentada en la mesa de su comedor, rodeada de tazas de café vacías y papeles dispersos. Afuera, la ciudad despertaba con su ruido habitual, pero en su cabeza solo había un zumbido constante: el reloj corriendo en contra.
Julia llegó temprano, con una bolsa de croissants que dejó intacta sobre la mesa.
—Ya contacté a dos fotógrafos documentales, una periodista independiente y una exeditora que odia cordialmente a Alba —dijo, dejando caer un fajo de tarjetas de presentación—. Todos dispuestos… pero todos con la misma pregunta: ¿vale la pena arriesgarse?
Tracy levantó la mirada.
—Solo si dejamos claro que esto no es una venganza, es un registro histórico. Algo que no pueda ser enterrado con un comunicado.
La idea crecía en su mente como un patrón que se repite sobre la tela: una exposición viva, donde las mujeres que habían sido silenciadas pudieran contar su historia frente a cámara, sin edición, sin cortes, sin miedo. Sería moda, sí, pero también testimonio.
El primer paso fue llamar a cada una de las colaboradoras que habían participado en su última colección. Algunas contestaron de inmediato, entusiasmadas; otras tardaron días en decidirse; y no faltó quien colgó sin decir palabra, temerosa de represalias.
En una videollamada grupal, Tracy les explicó el concepto:
—No quiero que esto sea solo un desfile. Quiero que sea un archivo vivo. Que cada prenda tenga al lado la voz de quien la inspiró. Que la gente vea el diseño… y escuche la verdad detrás de él.
Un silencio cargado siguió a sus palabras. Finalmente, una de las mujeres, Clara, habló:
—Si tú te expones, nosotras también podemos hacerlo. Pero tienes que prometernos algo: que no vas a retroceder.
Tracy sostuvo la mirada, aunque fuera a través de una pantalla.
—No vine hasta aquí para retroceder.
Los días siguientes fueron un torbellino: alquiler de un viejo galpón industrial en el barrio más ecléctico de la ciudad, reuniones con productores de streaming, negociaciones con un colectivo de artistas urbanos que pintaría murales gigantes como telón de fondo.
Julia, implacable, organizaba un cronograma de grabaciones:
—Tenemos tres semanas para entrevistar a todas, montar la colección, coordinar la iluminación y difundir el evento. Alba ya empezó a mover abogados para bloquearlo, así que más vale que lo tengamos todo registrado y respaldado en mil servidores.
Tracy, por su parte, pasaba noches enteras diseñando piezas nuevas, cada una con un elemento simbólico: costuras visibles que representaban cicatrices, telas recicladas para hablar de resiliencia, bordados que ocultaban frases en hilos casi invisibles.
Pero el verdadero desafío llegó cuando intentó convencer a una de las voces más importantes: Marina Ledesma, una diseñadora legendaria retirada tras un conflicto turbio con Alba.
Marina escuchó todo el plan en silencio, luego encendió un cigarrillo y dijo:
—No sabes en qué terreno te estás metiendo, niña. Alba no pierde… y cuando parece que pierde, en realidad ya ganó.
Tracy no se movió.
—Entonces habrá una primera vez.
La veterana la miró largo rato, y luego sonrió con un dejo de amargura.
—Te voy a ayudar. No porque crea que vas a ganar… sino porque alguien tiene que intentarlo.
A medida que el proyecto avanzaba, la tensión también crecía. Un día, al llegar al galpón, encontraron pintadas en la puerta: “Mentiras de pasarela”, “Oportunista”, “Moda de segunda mano”.
Julia quería llamar a la policía, pero Tracy decidió dejarlas.
—Que las cámaras las graben. Es parte de la historia.
El último ensayo general fue caótico: focos que se apagaban, modelos que discutían por la presión, una cámara que se cayó y casi destroza un vestido. Tracy, agotada pero firme, reunió a todos en medio del galpón.
—Esto no es solo moda. Es resistencia. Si mañana tenemos miedo, Alba ya ganó. Y yo no vine a perder.
El silencio que siguió no fue de duda… fue de alianza. Todos sabían que al día siguiente, al abrir esas puertas y encender las cámaras, no habría vuelta atrás.
Tracy, sin decirlo, también sabía que después de esto, su vida no sería la misma.
El día amaneció con un cielo gris plomo, como si la ciudad entera se hubiera vestido de neutralidad para no tomar partido. Tracy llegó al galpón antes de que el sol terminara de levantarse. El olor a pintura fresca y cables calientes llenaba el aire. Técnicos, modelos y asistentes iban y venían como un enjambre, cada uno con una urgencia distinta.
Julia apareció con dos cafés en la mano y la mandíbula tensa.
—La prensa ya está afuera. Y no hablo de bloggers de moda. Hay periodistas de investigación, canales de televisión, incluso una cadena extranjera. Alba no va a dejar esto sin respuesta.
Tracy tomó el café sin apartar la vista del escenario: un corredor de cemento pulido flanqueado por enormes murales, cada uno pintado por artistas que habían escuchado las historias de las mujeres y las habían transformado en colores y formas casi violentas. En las paredes colgaban pantallas que, cuando empezara el desfile, mostrarían en vivo las entrevistas grabadas: los testimonios, las pausas, las lágrimas.
Minutos antes de abrir las puertas, Tracy reunió al equipo en círculo.
—Hoy no vendemos ropa —dijo, con voz firme—. Hoy mostramos lo que nos quisieron ocultar. Si alguien se siente inseguro, puede irse ahora. Pero si se quedan, sepan que estamos grabando algo que no podrán borrar.
Nadie se movió. Incluso las modelos más jóvenes, que hasta hacía unas horas temblaban por el miedo a perder contratos, permanecieron de pie. Julia sonrió apenas; era la confirmación de que habían cruzado un punto sin retorno.
A las siete en punto, las puertas se abrieron. El primer golpe fue sonoro: los clics de las cámaras, las luces de flashes como descargas eléctricas. Entre el público, Tracy distinguió a figuras clave: editores de revistas, críticos temidos, influencers con millones de seguidores… y, en una esquina, la inconfundible silueta de Alba, con gafas oscuras y un gesto tan controlado que resultaba insoportable.
El desfile comenzó. Cada modelo caminaba al ritmo de una pista suave, pero sobre la música se superponía una voz en off: fragmentos de las entrevistas.
—"Me dijeron que si hablaba, mi carrera se acababa"…
—"Firmé el contrato llorando, porque no había otra opción"…
—"Usaron mi diseño y lo pusieron a otro nombre"…
El público reaccionaba en oleadas: murmullos, miradas rápidas, algunos sacaban sus teléfonos para grabar. Cada vestido, cada conjunto estaba cargado de símbolos: costuras abiertas, telas con cortes abruptos, mensajes bordados en hilos metálicos que brillaban fugazmente bajo la luz.
En la tercera salida, la pantalla proyectó la entrevista de Marina Ledesma. La veterana, sentada frente a la cámara, encendía un cigarrillo y decía:
—Lo que hicieron conmigo no fue un accidente, fue un plan. Y Alba lo firmó.
La cámara captó a Alba en tiempo real. Ni siquiera se inmutó… pero su asistente sí, sacando el teléfono y enviando mensajes frenéticos. Julia, desde el backstage, vio la escena y murmuró:
—Está moviendo ficha.
A mitad del evento, algo cambió: una de las pantallas parpadeó y la imagen se cortó. Los técnicos corrieron, pero Tracy se acercó y, sin perder la calma, tomó un micrófono.
—Si intentan silenciar una voz, la vamos a repetir hasta que todos la escuchen —dijo, y con un gesto, encendió los altavoces del pasillo. El audio de la entrevista volvió, esta vez más fuerte que nunca. El público estalló en aplausos.
Ese momento marcó el tono del resto de la noche. Las reacciones eran intensas: algunos lloraban, otros filmaban compulsivamente, un par de críticos tomaban notas sin levantar la vista. Y, en un rincón, una periodista extranjera pedía una entrevista urgente con Tracy.
El cierre fue una explosión de luz: todas las modelos juntas en la pasarela, las pantallas proyectando simultáneamente fragmentos de todas las entrevistas, superpuestas en un coro imposible de ignorar.
El último vestido, una pieza blanca con bordados rojos como cicatrices abiertas, lo llevaba Clara, quien al llegar al final de la pasarela levantó la vista y dijo, directamente al micrófono:
—No tenemos miedo.
El público se puso de pie. Los aplausos resonaron como un trueno, y por un instante, Tracy sintió que todo —los meses de trabajo, las amenazas, las noches sin dormir— había valido la pena.
Pero en la última fila, Alba se levantó lentamente, aplaudiendo con una sonrisa que no prometía nada bueno. Al pasar junto a la salida, dejó que su voz se oyera lo justo para que Tracy alcanzara a escuchar:
—Muy bonito espectáculo. Ahora vamos a ver cuánto te cuesta.
Tracy no respondió. Sabía que la batalla apenas comenzaba… pero por primera vez en mucho tiempo, sentía que ya no estaba sola.