CAPÍTULO 10

1195 Words
No recordaba cuándo fue la última vez que Tracy y su hermano se sentaron a hablar de verdad. No a intercambiar frases prácticas sobre la casa, la tienda o la abuela. No a fingir normalidad. Sino a mirarse con la incomodidad honesta que se siente cuando uno se da cuenta de que tiene un familiar… al que en realidad no conoce bien. A veces eso pasaba con los hermanos: se crecía en la misma casa, con las mismas paredes, bajo los mismos techos... pero en mundos completamente distintos. --- Esa mañana, Tracy bajó a desayunar. Su madre no estaba, y la abuela aún dormía. Pero él sí: estaba en la cocina, descalzo, con una taza de café humeante entre las manos. El sonido de la cafetera eléctrica, el goteo insistente del agua caliente, y ese olor a hogar artificial que tantas veces pasaba desapercibido... pero hoy no. Su hermano la miró apenas. No dijo nada. Ella se sirvió un vaso de agua. Se quedó de pie junto a la nevera. Dudando. Luego se sentó frente a él. —¿Tienes un minuto? Él asintió. —Siempre lo he tenido. Tracy tragó saliva. Esa respuesta le dolió más de lo que esperaba. Porque tenía razón. Él siempre había estado ahí… pero ella nunca le había dado espacio. —Ayer hablé con mamá —comenzó—. Como realmente se habla con alguien. Y… no sé. Sentí que por primera vez dejé de huir. Su hermano asintió con suavidad. —¿Y cómo se siente eso? —Como desgarrarse. Pero también como respirar distinto. Él sonrió de lado. —Te hacía falta. A las dos. Aunque no lo admitan, son iguales. Tracy bufó. —No me insultes tan temprano. Ambos rieron. Y por primera vez en mucho tiempo, esa risa no fue incómoda. No fue un acto de defensa. Fue real. Liviana. Silencio. Luego, él la miró. —¿Sabes qué era lo que más me dolía de ti? Ella arqueó una ceja. —¿Que siempre creías que eras la única que sufría aquí? Eso la tomó desprevenida. —Yo... —Lo sé —la interrumpió, sin dureza—. Todos tenemos formas distintas de cargar el dolor. A ti te dio por encerrarte, a mí por hacerme el invisible que no estorba. Pero eso no significa que no sintiera. Perdimos al mismo papá. Vivimos bajo las mismas normas. Y aun así parecías no vernos. Como si tu batalla fuera la única que importara. Tracy bajó la mirada. Y por primera vez no sintió culpa, sino comprensión. —Nunca lo vi así —susurró. —Lo sé. Por eso te lo digo ahora. Porque ya no quiero seguir siendo el espectador de tu guerra interna. No quiero verte cayendo sola… ni siendo la única que levanta esta casa. Tracy lo miró. Sus ojos eran los mismos de cuando jugaban a escondidas en la sala, cuando ella dibujaba en la pared y él mentía para cubrirla. Los mismos de cuando se sentaban en silencio a esperar que mamá dejara de gritar porque “todo tenía que estar perfecto”. —Yo tampoco quiero seguir sola —dijo, por fin—. Y sé que no te lo digo, pero… gracias por no irte. Él sonrió, esta vez más cálido. —No lo hice porque te necesitaba tanto como tú a mí. Solo que ninguno de los dos supo decirlo en voz alta. Ese día no se abrazaron. No lloraron. Pero compartieron café. Y un silencio distinto. Uno que no pesaba. Uno que tejía. Esa tarde, Tracy volvió al taller. No para trabajar. Solo para estar. Se sentó frente al lienzo de sus diseños. Y en la esquina de un nuevo boceto, dibujó dos figuras caminando lado a lado. Sin máscaras. Sin perfección. Solo acompañamiento. El día comenzó con normalidad. Un lunes cualquiera. Café amargo, agenda saturada, bocetos sobre la mesa. Pero algo no encajaba. Tracy se sentía más agotada de lo habitual. No era físico, no era mental. Era una fatiga profunda, densa, como si cada célula estuviera pidiendo auxilio. Lo ignoró, como solía hacer. Ya estaba acostumbrada a la sensación de estar al límite. A media mañana, se encontraba revisando unas telas cuando todo comenzó a girar. Primero lento. Luego más rápido. La vista se le nubló, las piernas le flaquearon y un pitido agudo le taladró el oído izquierdo. Apoyó una mano sobre la mesa, pero no logró sostenerse. Cayó. Oscuridad. Silencio. Despertó en una camilla. El frío metálico del hospital le recordaba a su adolescencia. A todas esas veces que su cuerpo colapsó y nadie supo bien por qué. La enfermedad sin nombre. Los síntomas errantes. Las miradas incómodas. Y la culpa. —¿Tracy? —la voz de su madre sonaba contenida, como si se obligara a sonar fuerte—. ¿Puedes oírme? Parpadeó. Apenas podía mover los labios. —Estoy… bien —susurró. Su madre negó con la cabeza. —No, no estás. Y hace rato que no lo estás. Un médico entró. No era el doctor Clauz. Este era más joven, más distante. —Tracy, presentaste una fuerte crisis neuromuscular, probablemente derivada del estrés. Pero hay algo más… tus análisis muestran alteraciones que debemos estudiar con más detalle. Ella apenas asintió. Sabía lo que venía: exámenes, más preguntas, más diagnósticos a medias. Otra ronda de pruebas invasivas. Otra temporada de incertidumbre. Cuando se quedó sola en la habitación, una lágrima le resbaló por la sien. No por miedo. Sino por rabia. Rabia de tener que pausar la vida justo cuando por fin había empezado a vivirla con honestidad. —¿Ahora qué se supone que haga? —murmuró al techo blanco—. ¿Pido permiso para existir? En la noche, su hermano entró en silencio, con una bolsa de panecillos de la cafetería del hospital. Se sentó junto a ella. —Pensé que no vendrías —dijo Tracy, sin mirarlo. —No pensaba hacerlo. Pero mamá casi derriba la recepción, así que me tocó venir a calmarla. Tracy sonrió con una mueca. —¿Cómo está ella? —Igual que tú: fingiendo que puede con todo. Silencio. Luego, él sacó algo del bolsillo: una hoja doblada con torpeza. —Esto lo encontré en el taller. Es tuyo, ¿cierto? Ella lo tomó. Era un boceto inconcluso. Uno que había empezado después del desfile. Una figura encorvada, casi deshecha, renaciendo entre capas de tela como si su piel fuera nueva. —No lo terminé —dijo. —Tal vez es momento de hacerlo. Ella lo miró. Y por primera vez en mucho tiempo, no se sintió sola en su dolor. Las siguientes 48 horas fueron duras. Tracy sufrió otra recaída. Dolores musculares. Mareos. Insomnio. Su madre dormía en el sillón. Su hermano la cuidaba en los turnos de la tarde. Y ella, entre fiebres y delirios, empezó a escribir en su cuaderno. Palabras sueltas. Frases inconexas. Ideas para una colección que hablara del cuerpo roto pero digno. Del alma fracturada pero aún artista. De la mujer que aún podía crear belleza, incluso cuando el mundo se le caía encima. El cuerpo hablaba. Y Tracy, por fin, empezaba a escucharlo.
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