CAPÍTULO 9

1480 Words
El problema con Elías era que veía demasiado. No necesitaba preguntar para notar el cansancio en los hombros de Tracy, o el temblor apenas visible en sus manos cuando discutían algo demasiado íntimo. Él tenía esa extraña capacidad de observar sin invadir… …y aun así, a veces, eso dolía más que cualquier confrontación. La relación entre ambos se había ido tejiendo con paciencia, con silencios respetados y ritmos compartidos. Pero esa noche, algo en la tensión del aire anunció que el hilo estaba por reventar. Habían quedado en cenar juntos. Tracy canceló a último minuto, por tercera vez en la semana. Le escribió un mensaje escueto: “Hoy no. Estoy saturada. No insistas.” Elías no respondió. En cambio, fue directamente al taller. Entró sin hacer ruido, como había hecho muchas veces antes. Tracy estaba ahí, frente al maniquí, con una nueva prenda a medio terminar. No lo notó al principio. Tenía los audífonos puestos. Música a todo volumen. Movimientos torpes, tensos. El ceño fruncido. Una rabia muda envuelta en seda negra. Cuando por fin lo vio, se congeló. —¿Qué haces aquí? —Vine a verte. Me preocupé —dijo él, con suavidad—. Te estás haciendo mierda otra vez. Tracy frunció los labios. —No necesito que me vigiles. —No te estoy vigilando. Estoy... preocupado, Tracy. Ya casi no duermes. Apenas comes. Te estás exigiendo como si tu valor dependiera de no fallar nunca. —¿Y qué sabes tú de eso? —espetó ella, con una frialdad que ni ella misma reconocía. —Sé que cuando alguien no se permite el descanso, no es por amor al trabajo, sino por miedo al silencio. —Se acercó un paso—. ¿A quién estás tratando de callar? Ese fue el golpe. No el reproche. No el tono. Sino el hecho de que Elías no hablaba desde el juicio, sino desde la comprensión. Y Tracy no estaba lista para eso. —No necesito que me analices. No eres mi terapeuta. —No. Pero soy alguien que te quiere. Y estás empezando a encerrarte de nuevo. Ella lo miró, los ojos húmedos sin permiso. Y entonces explotó. —¡¿Y qué esperas de mí?! ¿Que sea perfecta incluso en mis emociones? ¿Que te abra cada g****a y te dé el pase libre a mis heridas? —No. Solo quiero que me dejes entrar cuando ya estás cayendo. No quiero verte rompiéndote sola otra vez. Silencio. Tracy desvió la mirada. —No sé cómo amar sin destruir —murmuró—. No sé cómo no arrastrar a otro conmigo. —No quiero que sepas cómo. Solo quiero que me permitas quedarme, aunque no sepas qué hacer conmigo. Pero ella retrocedió. Un paso. Dos. Elías entendió. No porque ella lo dijera, sino porque el miedo era más fuerte que la voluntad. —Necesito espacio —susurró ella, casi en un ruego. Él asintió. Sin dramatismos. Sin lágrimas. —Entonces me voy. Pero no voy a borrarme, Tracy. No soy una cicatriz más para que ocultes bajo tus capas de tela. Y se fue. Esa noche, el taller quedó en silencio. Tracy no trabajó. No tocó el maniquí. No encendió la música. Solo se sentó en el suelo, abrazando sus piernas, sintiendo cómo la ausencia ocupaba el lugar de la costumbre. No lloró. O no como suele pensarse. Lloró por dentro, en esos pliegues invisibles donde se acumulan los miedos antiguos, donde su padre aún pesaba, donde su madre seguía exigiendo más, y donde ella misma aún no sabía perdonarse. Los días siguientes fueron grises. Volvió a trabajar como autómata. Trazos precisos. Diseños funcionales. Pero sin alma. Sus amigas lo notaron. Su abuela preguntó sin palabras. Su hermano, que rara vez intervenía, le dejó una nota en el espejo: “No todo lo que te abraza va a herirte, Tracy.” Y ella pensó en Elías. En cómo no le pedía que sanara. Solo que dejara de esconderse. Una noche, revisando su bloc de dibujos, encontró una hoja que él había garabateado sin que ella lo notara. Un dibujo feo, infantil. Dos figuras palitos sentadas en una banca. Un globo que decía: “Sin presión. Sin final. Solo estar.” Tracy sintió que algo dentro de su pecho, tan fuertemente blindado, empezaba a aflojar. No lo llamó esa noche. Ni la siguiente. Pero sí la tercera. Y cuando él contestó, ella no supo qué decir. Solo respiró. —No sé si puedo darte todo lo que mereces —susurró. Elías guardó silencio. Luego respondió: —Solo quiero que no sigas creyendo que mereces quedarte sola. El reencuentro fue torpe, lento, incómodo. Como coser a mano una prenda rasgada. Puntada por puntada. Sin garantía de que no vuelva a romperse. Pero por primera vez, Tracy quería intentarlo. Y eso, para ella, ya era una revolución. El silencio en casa era tan espeso que parecía tener textura. Como si el aire se hubiese solidificado entre las paredes, formando un muro invisible entre Tracy y su madre. Afuera llovía con violencia, como si el cielo estuviera harto de contener tanto. Tracy cerró la puerta de su habitación con más fuerza de la necesaria. Venía del estudio, con el maquillaje corrido, los ojos rojos y la garganta ardiendo. Llevaba horas repitiéndose que no le dolía, que no importaba. Pero dolía. Doler importaba. Sentía que algo en ella se había quebrado después de la discusión con Gael. No solo por lo que él había dicho. Sino porque por primera vez en mucho tiempo, se había permitido sentir, desbordarse, mostrar que no podía sola... y fue rechazado. No estaba acostumbrada a sentirse tan... humana. Tan necesitada. Y esa palabra, esa sensación, esa rabia —necesidad— la llevó de nuevo a su madre. La encontró en la cocina, en silencio, removiendo café sin tomarlo. La televisión encendida mostraba un programa que nadie miraba. —¿Podemos hablar? —dijo Tracy, con la voz áspera, tensa. La madre levantó la vista. Había algo casi resignado en su expresión. Como si supiera que ese momento llegaría tarde o temprano. —¿Otra vez? —preguntó sin dureza, pero sin ternura tampoco. Tracy se cruzó de brazos. —Sí. Otra vez. Pero esta vez... no voy a tragarme lo que tengo que decir. —Entonces dilo. —¿Por qué me hiciste creer que estar rota era vergonzoso? —disparó Tracy, sin rodeos. El silencio fue más brutal que una respuesta. Su madre parpadeó, como si no hubiera entendido del todo. —¿Perdón? —¡Me pasé la vida tratando de ser perfecta! Porque cada vez que mostraba que algo me dolía, que estaba mal, que no podía más, tú me mirabas como si estuviera fallando. Como si sentir fuera una debilidad. —Tracy, no fue así... —¡Sí fue así! ¡Fue exactamente así! —la interrumpió, la voz al borde del llanto—. Nunca lloraste conmigo. Nunca me abrazaste sin darme un consejo. Nunca te sentaste a decirme “está bien no estar bien”. Siempre fue: “ponte de pie”, “no hagas escándalo”, “las cosas se superan con fuerza”. La madre bajó la mirada. Se quedó quieta. Luego, muy despacio, dijo: —Porque si yo me derrumbaba, nadie nos sostenía. Esas palabras fueron como una bofetada. Frías. Dolorosas. Humanas. —Tú no tuviste que ser madre y padre al mismo tiempo, Tracy. Yo sí. Y no podía darme el lujo de quebrarme. —¡Pero yo sí lo hice! Yo sí me quebré, y no encontré a nadie. Ni siquiera a ti. Solo encontré una casa llena de expectativas y silencios. ¡Y ahora que por fin empiezo a reconstruirme, me siento más sola que nunca! Su madre no dijo nada. Solo la miró. Pero esta vez, con ojos diferentes. Tracy respiró con fuerza, temblando. Se acercó a la mesa, y apoyó las manos como si le faltara equilibrio. —Leí la carta de papá —dijo, con tono bajo—. ¿Tú la leíste? La mujer negó lentamente con la cabeza. —No tuve valor. —Pues deberías. Porque dice cosas que tú nunca dijiste. Cosas que yo necesitaba escuchar, aunque vinieran de alguien que no estuvo. Y duele. Duele que haya sido él quien me habló del amor que tú siempre ocultaste. El rostro de su madre se rompió, finalmente. Lágrimas silenciosas empezaron a descender por sus mejillas. Pero no se excusó. No se defendió. Solo dijo: —Lo siento. No sabía cómo ser madre sin volverme invisible. Y terminé haciéndote sentir invisible a ti. Tracy se quedó quieta. Luego caminó lentamente, y se sentó frente a ella. No se abrazaron. No se pidieron perdón. Pero por primera vez, compartieron el mismo dolor sin disfrazarlo. Y ese fue el primer paso hacia algo parecido a la reconciliación.
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