CAPÍTULO 8

1487 Words
Dicen que uno no cambia de un día para otro. Que las heridas no cierran con una carta ni con una colección. Y, sin embargo, cuando Tracy se vio en el reflejo del ascensor de su edificio, con una carpeta bajo el brazo y ojeras mal disimuladas, notó algo extraño: sus ojos ya no evitaban el espejo. Era como si hubiera dejado de pelearse con su propia imagen. No era redención. No era alivio. Era una aceptación agria. Pero real. Desde la exposición, había recibido correos, mensajes, incluso propuestas de colaboración. Algunas marcas querían que reinterpretara la colección “Desde el Olvido” en clave comercial. Otras simplemente querían usar su historia como bandera de inclusión, de superación, de esas palabras grandes que tanto asfixian a quien las vive. Tracy borró más de una de esas propuestas sin siquiera abrirlas. Porque no quería ser un símbolo. Quería ser una persona. Diseñar desde la entraña, no desde el marketing. En casa, las cosas también habían cambiado. No hubo reconciliación mágica con su madre después del enfrentamiento. Pero sí silencio. Y en esa pausa, un tipo distinto de comunicación se instaló. —Tu café está en la mesa —dijo su madre una mañana, sin mirarla. Tracy se sentó frente a ella, en pijama, con el pelo desordenado. Tomó el café, dio un sorbo. —Gracias. Ese “gracias” no era automático. Era un gesto. Pequeño. Brutal. Necesario. Ambas sabían que no estaba agradeciendo solo la bebida. Agradecía la intención. El cuidado silencioso de alguien que no sabía amar sin controlar. Y su madre, por primera vez, no respondió con juicio ni con instrucciones. Solo asintió, como quien también empieza a soltar. En el estudio, Tracy cambió las reglas. Dejó que su equipo propusiera sin filtros. No revisó cada detalle como si el mínimo error fuera un ataque personal. No gritó cuando un patrón salió mal. No se encerró cuando una idea no funcionó. —¿Qué te pasó? —le dijo Sara, su asistente, un día—. Antes eras una dictadora. Ahora… pareces una jefa de verdad. Tracy soltó una risa, honesta y sin sarcasmo. —Leí una carta —respondió simplemente. Y eso bastó. No todo el equipo sabía lo que había detrás. Pero lo sentían. La energía había cambiado. Su voz ya no temblaba entre el control y el miedo. Ahora hablaba desde el dolor trabajado. Desde la posibilidad de crear sin esconderse. En sus diseños, Tracy se volvió más íntima. Abandonó el n***o por completo. No porque ya no doliera, sino porque ya no necesitaba camuflarlo. Usó tejidos imperfectos, bordados con hilos desiguales. Costuras visibles. Etapas del proceso marcadas como cicatrices hermosas. Las prendas tenían fallos voluntarios. Simetrías rotas. Como si estuviera contando su historia a través de imperfecciones. Y por primera vez, la prensa entendió sin tener que explicar. Un crítico escribió: “Tracy Otero no está diseñando ropa. Está documentando el duelo de existir. Y lo hace con una honestidad que incomoda y fascina”. Con su abuela, el cambio fue más sutil. Ella no entendía del todo lo que pasaba, pero veía que Tracy hablaba más. Que no se encerraba todo el día. Que salía a caminar, que visitaba tiendas de telas solo por placer, sin presión. Una tarde, mientras tejía en su mecedora, la miró y dijo: —Tu padre tenía esa misma forma de sentarse. Con el cuerpo cansado, pero la mente girando sin parar. Tracy no supo qué responder. Solo sonrió. La herida ya no escocía como antes. Ahora tenía nombre. Tenía historia. Y aunque el perdón aún fuera un camino largo, ya no era imposible de imaginar. Esa noche, Tracy se sentó a escribir. No para un catálogo, ni para un cliente. Escribió para sí misma. Sobre la pérdida. Sobre las palabras que su padre nunca pudo decirle en voz alta. Sobre cómo una carta pudo romper un muro más fuerte que el silencio. Y al final del cuaderno, escribió una frase que luego bordaría en una prenda: “No se trata de cerrar heridas, sino de vivir con ellas abiertas… sin que nos impidan abrazar.” Tracy no creía en el amor. O al menos, no en el amor como lo pintaban los libros baratos ni las películas que su abuela veía entre tardes de crochet. No creía en las promesas eternas. Ni en los “para siempre” que no sobrevivían a una enfermedad, a un abandono, a un padre ausente. Lo que sí creía era en las miradas que no te invadían. En los silencios compartidos. En esa calma extraña que aparece cuando alguien no quiere arreglarte, sino acompañarte. Y así era Elías. Lo había conocido meses atrás, en una galería donde ambos llegaron por error: él creyó que era una expo de arte sonoro; ella buscaba un contacto para telas experimentales. Terminaron bebiendo vino barato junto a una instalación absurda de luces que parpadeaban con los latidos del público. —Esto es una estupidez gloriosa —dijo él, sin filtro. —Lo sé. Por eso no me he ido —respondió ella. No hubo fuegos artificiales. Ni chispazos de “esto es destino”. Solo una conversación honesta. Rara. Cómoda. Desde entonces, se habían cruzado varias veces. Cafés que se alargaban. Caminatas nocturnas sin plan. Un mensaje de “¿estás bien?” cuando ella posteó algo críptico. Un “no tienes que responder” cuando no lo hizo. Y ahora, estaban ahí. Sentados en la cocina de Tracy, entre bocetos a medio hacer y tazas de té frías. No eran pareja. No habían definido nada. Pero el aire empezaba a pesar diferente. —Vi tu colección —dijo Elías, jugando con la cucharilla entre los dedos—. Me tocó más de lo que esperaba. —No es ropa para tocar —respondió ella—. Es ropa para incomodar. —¿Y tú? —preguntó él—. ¿Sigues incomodada contigo misma? Tracy lo miró. Largo. No porque la pregunta la sorprendiera, sino porque sabía que la merecía. —No tanto como antes. Pero aún me cuesta dejar entrar a alguien. Silencio. Él no intentó llenarlo. Solo asintió. Como quien acepta el lugar que le ofrecen. Después de un rato, él se levantó, tomó su abrigo, y caminó hacia la puerta. Antes de salir, se volvió: —Cuando quieras compañía, sin explicaciones… solo dilo. No voy a correr. Pero tampoco voy a empujar la puerta. Y se fue. Esa noche, Tracy no durmió. No por ansiedad. Ni por confusión. Sino por algo más extraño: esperanza. Un espacio nuevo se abría dentro, y no sabía si coserlo o dejarlo libre. Releyó la carta de su padre. Pensó en los silencios con su madre. En las miradas de su abuela. En la risa de Elías cuando se burló de los zapatos imposibles que ella diseñó. Y entonces lo entendió: Nunca había tenido miedo de estar sola. Lo que le aterraba era que alguien la viera de verdad… y decidiera quedarse. Días después, Elías volvió. Sin aviso. Con dos cafés en la mano y un libro de diseño japonés que creyó que a Tracy le gustaría. Ella estaba en bata, el cabello hecho un nido, las manos manchadas de tinta. Él sonrió al verla. —¿Interrumpo? —Sí —dijo ella—. Pero… puedes quedarte. Y esa fue la primera vez que Tracy abrió la puerta sin disfrazarse. El tiempo con él era raro. Lento. Diferente. No hablaban todos los días. A veces pasaban semanas sin verse. Pero cuando se encontraban, todo tenía peso. Él no opinaba sobre sus diseños. No le pedía explicaciones emocionales. No intentaba salvarla. Solo le traía libros, canciones extrañas, lugares poco turísticos. Le mostraba cosas sin decirle cómo debía sentirlas. Y Tracy se encontró deseando algo nuevo: No tener que luchar por merecer amor. Una noche, después de haber terminado una nueva muestra experimental para su marca, Tracy lo invitó a su taller. Encendió las luces, le mostró una prenda inspirada en su carta, en la enfermedad, en la rabia. Elías no dijo nada por un minuto. Solo tocó la tela. —Esto duele —murmuró. —Sí. —Pero también abraza. Ella tragó saliva. Y en ese momento, lo besó. No fue fuego. Ni vértigo. Fue calma. Como meter los pies en un lago después de un incendio. No hicieron promesas. Ni etiquetas. Siguieron viéndose a su ritmo. Aprendiendo los códigos del otro. Chocando a veces. Cuidándose otras. Pero por primera vez, Tracy entendía que el amor no era la meta, ni el premio, ni la redención. Era una forma de acompañar la herida. Y de dejar que alguien más la mirara sin pedir que la cerrara. Una noche antes de dormir, Elías le dijo al oído: —No quiero ser tu historia de salvación. Quiero ser tu testigo. Y Tracy, con los ojos cerrados, sintió que algo dentro dejaba de resistirse.
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