CAPÍTULO 7

1453 Words
El espacio era un galpón abandonado en el barrio industrial, reconvertido por Tracy y su equipo en una pasarela cruda, sin ornamentos. Paredes de ladrillo expuesto, luces blancas que parecían quirófanos. Nada de flores. Nada de lujo. Esto no era glamour. Era autopsia emocional. Y todos estaban ahí para verla. La colección se llamaba “Cicatriz”. Y desde la primera prenda, quedó claro que no era solo ropa: era una confesión pública. Un manifiesto íntimo. Un acto de guerra. La primera modelo salió con un abrigo de líneas asimétricas, costuras visibles como heridas que no ocultaban su origen. La tela parecía piel desgarrada, pero suave. Había parches con texto bordado: frases fragmentadas, como pensamientos arrancados de un diario. “No soy lo que esperan.” “La falla también es diseño.” “Madurar es sobrevivir sin que se note.” La música era baja, casi imperceptible. Solo un ritmo pulsante, como un corazón latiendo con ansiedad. Entre el público, los murmullos eran de asombro. Algunos confundidos. Otros, visiblemente emocionados. Los críticos sacaban sus libretas con manos inquietas. —¿Quién es esta chica? —susurró una editora de moda a su colega—. Esto parece más terapia que pasarela. —Precisamente por eso funciona —respondió otra—. No busca agradar, busca confrontar. A mitad del desfile, las luces cambiaron. Un vestido n***o apareció en escena, hecho de retazos aparentemente inconexos, unidos por grandes puntadas blancas como si alguien hubiera cosido pedazos de sí mismo. La modelo caminaba con dificultad. No era torpeza. Era intención. Era peso emocional. Y entonces ocurrió. En la pantalla de fondo, apareció un video pregrabado. Una voz. La de Tracy. “Dicen que para ser fuerte hay que callar. Pero yo estoy cansada de tragarme palabras como clavos. Esta colección no es para gustar. Es para gritar. Si te incomoda, es porque funciona. Si te toca, es porque alguna vez también te rompiste.” La sala se quedó en silencio. Como si todos tuvieran algo atorado en la garganta. En la última pasada, Tracy salió. No vestía algo elegante. Llevaba uno de sus propios diseños: un overol desestructurado, con manchas de tinta, telas cosidas a mano y un cinturón de cuero que decía en letras bordadas: “Yo también tuve miedo.” El aplauso fue lento al principio. Pero creció. Como una ola que empieza en la orilla. Su madre estaba al fondo. No aplaudía. Pero sus ojos estaban rojos. Eso bastaba. Su hermano la miraba con una sonrisa que mezclaba orgullo y culpa. Sabía que muchas de esas frases bordadas también eran de él. Y ella no lo había excluido. Lo había hecho parte. Después, en el cóctel improvisado con vino barato y luces tenues, la gente no paraba de hablar. —Tu colección me hizo llorar —le dijo una modelo con voz entrecortada—. Sentí que me estaban contando mi propia historia. Un periodista de una revista alternativa la abordó con urgencia. —Necesito una entrevista contigo. Esto no es moda, es un manifiesto generacional. ¿Quién eres, Tracy? ¿Qué estás haciendo? Y por primera vez, ella no se encogió. No dudó. Solo respondió: —Estoy dejando de esconderme. Más tarde, sola en el rincón del galpón, Tracy revisó su teléfono. Un mensaje nuevo. De una figura clave en su carrera. Lucía Riveros, una diseñadora con peso internacional que había sido su mentora años atrás. Se habían distanciado por diferencias de enfoque, pero Tracy le había enviado la invitación, sin esperar respuesta. *“Tracy. Lo vi todo. Esto no es una colección. Es una revolución. Cuando estés lista para mostrarlo en Berlín, sabes dónde encontrarme.”* Tracy sonrió. No como quien triunfa. Sino como quien sobrevive… y todavía respira. De regreso en casa, se desmaquilló sin apuro. Se sentó en su cama, con la carta de su padre aún sin terminar de leer sobre la mesa de noche. La miró un momento. La tocó. Y decidió abrirla. Por fin. El siguiente capítulo empezaría con la voz de su padre, por primera vez en quince años. La habitación estaba en silencio. Las luces apagadas. Solo el murmullo lejano del tráfico y el latido débil de una ciudad que nunca duerme. Tracy sostenía la carta como si fuera un artefacto radiactivo. La había evitado durante años. Y ahora, después del desfile, después de exponerse entera frente al mundo… Ya no tenía excusas. La abrió con manos firmes, pero el corazón hecho polvo. El papel estaba un poco amarillento. La tinta, negra y precisa. Reconocía esa letra. Su padre siempre había tenido una caligrafía clara. Ordenada. Como si hasta sus palabras necesitaran simetría. Leyó. “A mi hija Tracy, Si estás leyendo esto, es porque finalmente decidiste enfrentarte al eco de mi ausencia. Sé que no tengo derecho a tu tiempo. Pero igual lo pido.”_ Y de inmediato, algo se rompió. Flashback. Tracy con 6 años. El padre le enseñaba a usar una regla T en el suelo del taller. —Todo diseño necesita estructura, Trac. Las ideas flotan, pero el trazo las amarra. Ella lo miraba como si fuera un mago. Volvió al presente con los ojos empañados. Siguió leyendo. “Sé que te hice daño. Que mi silencio fue violencia. Pero no fue por falta de amor. Fue por miedo. A veces los adultos huimos porque no sabemos cómo quedarnos. Y eso no es excusa, lo sé. Pero es la verdad.” Tracy apretó los labios. ¿Eso era todo? ¿Miedo? Ella tuvo que crecer con un agujero en el pecho y un monstruo en la cabeza que siempre le decía: “Si tu padre se fue, fue por tu culpa.” Siguió leyendo. Necesitaba entender. “No fuiste tú. Jamás lo fuiste. Me fui porque era un cobarde. Porque estaba roto y no sabía cómo ser padre. Porque me sentía inútil al ver lo brillante que eras, incluso de pequeña. No podía soportar la idea de fallarte. Así que fallé huyendo.” Flashback. Tracy con 11 años. Esperaba en la escalera de la escuela. Todos los padres habían recogido a sus hijos. El suyo no llegó. Su madre tampoco. El portero la llevó en taxi. Nunca más volvió a pedir que alguien la fuera a ver a una presentación escolar. “Tu madre… Ella intentó todo. Pero yo ya me había ido incluso antes de cruzar la puerta. No le guardes rencor por lo que no pudo darte. No sabíamos cómo criar a alguien como tú: fuerte, sensible, exigente, brutalmente honesta. No venías con manual.” Una risa amarga se escapó de los labios de Tracy. —¿Y ustedes tampoco traían instrucciones? —murmuró con sarcasmo. Pero sabía que, en el fondo, esa línea le había tocado una fibra que no quería admitir: su rabia era legítima, pero también era dolor. Y detrás del dolor, seguía el amor. Flashback. Tracy con 15 años. Dibujando compulsivamente en un cuaderno mientras lloraba en silencio. Era la primera vez que su madre había roto uno de sus diseños gritándole que “eso no la iba a sacar de la realidad”. Fue la primera vez que quiso desaparecer. Y la primera vez que usó la moda como escudo. “He seguido tu camino desde lejos. Sé de T&H. Leí sobre tu desfile. Lo vi en internet. No tienes idea de cuánto orgullo sentí. No por el éxito. Sino porque lograste algo que yo jamás pude: ser honesta con tu dolor frente al mundo.” Tracy tragó saliva. Tenía la carta apoyada sobre las piernas. Ya no lloraba. Solo sentía un vacío profundo que empezaba a llenarse de algo nuevo. _“Si algún día decides perdonarme, no será porque me lo merezca. Sino porque tú lo necesitas. Porque cargar con mi fantasma no es justo para ti. Esta carta no es un puente. Es una lápida. Mi muerte no fue accidental. Me fui porque no podía más. Y esto es mi forma de no dejarte sin respuestas. Pero prométeme una cosa, Tracy: No me sigas por ese camino. Cose tus heridas. Pero no te conviertas en ellas.”_ Tracy cerró los ojos. No podía moverse. No podía respirar del todo. Pero algo dentro de ella sí. Algo que llevaba muerto mucho tiempo… estaba respirando otra vez. Horas después, se levantó. Fue al estudio. Sacó un lienzo en blanco. Un trozo de tela color hueso. Y comenzó a escribir, con tinta negra, palabras suyas. Ya no las de su padre. “Te quise, pero te dolió quedarte. Hoy me quedo yo. Aunque duela.” Colgó la tela en la pared. No como homenaje. Ni como perdón. Como testimonio. De que el silencio había terminado.
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