Lulú, me contó una historia que no era inverosímil.
Aparentemente su madre, enamorada de mí, no pudo deshacerse de nuestro retoño así que la conservó lejos de mí y nunca dijo nada. Pero la joven, se había tomado el trabajo de investigar. También admitió que de seguir casado nunca se hubiera atrevido a acercarse, pero motivada por mi reciente viudez y una pelea con su madre se arriesgó a contactarme.
Me dijo que quería conocerme, y también a mi hijo, su hermano.
Yo lo tomé con cautela, pues no quería caer en las garras de una arribista... aunque finalmente acepté el encuentro con ella.
Decidí encontrarme en un café, y a pesar de todo, confieso que tenía mariposas en el estómago como cuando me enamoré por primera vez.
Fue fácil darme cuenta de su llegada porque todos se dieron vuelta a mirarla. Era una rubia infernal con un cuerpo para el pecado, y cuando la vi de cerca recordé porqué había caído con tanta facilidad en las redes de su madre, pues la joven en vivo y directo era su clon. Una rubia de cabello largo ondulado muy claro y mirada sensual, con unos labios que gritaban pecado a los cuatro vientos y me sonreían a mí, como si fuera la olla de oro al final del arcoíris.
— Hola Alex, soy Lulú — me dijo para aclarar cualquier duda. Traía puesto un pantalón de jean que le marcaba muy bien cada curva con un crop top minúsculo, que dejaba ver su ombligo con un piercing y unas sandalias que hacían ver sus piernas más largas. Traté de esquivar la mirada de su escote prominente, pues, si todo era cierto podría ser efectivamente producto de mi simiente, aunque claro, deberíamos hacernos una prueba de ADN primero.
Ella estuvo de acuerdo, lo único que me pidió a cambio fue un lugar donde quedarse momentáneamente.
Me admitió que no había podido seguir pagando la universidad y que estaba enemistada con su madre.
Al principio, una especie de instinto me dijo que rechazara su propuesta.
Pero la culpa por los pensamientos nada paternales que cruzaron por mi mente al verla me llevaron a finalmente aceptar su propuesta.
Me dijo que se estaba quedando "con una amiga" y la llevé a buscar sus cosas.
La verdad, que después de ver ese barrio de mala muerte, no me arrepentí en lo absoluto de llevarla para mi casa...
Unas horas después volvió mi hijo Dalton de la playa y nos encontró charlando en la cocina de forma animada.
Ella ya había sido ubicada en uno de los cuartos de visita de nuestra gran casa en San Francisco para ese entonces.