— DALTON, qué gusto finalmente conocerte — le dijo antes de correr a abrazarlo, para incredulidad de mi hijo que me miró sin entender nada... Yo ya le había comentado algo, pero él siempre parecía muy despreocupado aun así me puso mala cara mientras ella no observaba. Evidentemente la situación no era de su agrado, aunque no así la de su posible hermana que miró sin ningún tipo de disimulo cuando se fue a servir un vaso de agua del refrigerador.
Recuerdo que cenamos pizza, pedimos al lugar que sabía era el preferido de mi hijo y nos reímos cuando con Lulú coincidimos con los gustos... Fue agradable, luego de lo que había perdido, pasar ese momento en familia, aunque no es lo que tengo más presente de esa noche.
Luego de levantar todo, Lulú se fue a bañar antes de ir a la cama. Momento en el que mi hijo aprovechó para interrogarme sobre ella, sobre su estancia en la casa y todo lo que se le ocurrió en ese momento. Respondí lo que sabía, y hasta donde pude... a pesar de todo Dalton no parecía muy convencido de qué Lulú se quedara en nuestro hogar.
— ¿NO te parece demasiada coincidencia el que aparezca así de la nada??? — interrogó alzando una ceja con suspicacia.
Recuerdo haberme encogido de hombros.
— ¿Qué es lo peor que puede pasar? — le dije despreocupado sin saber siquiera que esto recién comenzaba.
Estábamos hablando y apareció ella envuelta en una toalla que parecía demasiado pequeña para ella, apenas tapaba sus pezones y sus piernas. Tenía el cabello rubio mojado y gotas chorreando por su cuerpo exquisito, de una piel cremosa inmaculada.
Dalton y yo nos quedamos de una pieza al verla.
— Ay perdón — dijo ella — Es que no encuentro el secador de pelo — se justificó mientras se acomodaba la toalla que parecía que iba a dejar escapar sus pechos en cualquier momento.
— Si claro, ven que te muestro — le respondí carraspeando con nerviosismo e incómodo por la situación sin poder evitarlo.
La acompañé al baño y busqué en las gavetas hasta encontrar el maldito secador en el mueble del baño... No pude evitar mirar el desorden, la ropa hecha un estropajo y unas braguitas ínfimas de color rosa ahí tiradas en el suelo.
— Discúlpame el desorden — dijo en apariencia apesadumbrada y se agachó para recoger la ropa. Lo hizo de tal forma que me dio un primer plano de su culo desnudo. Era redondo y parado, no recordaba haber visto uno así en mucho tiempo y tuve que recordarme que esa joven tal vez era sangre de mi sangre para desviar la mirada. Así que me hice el desentendido y abandoné el baño.