POV: BRISA.
[Tres años después...]
Brisa Soriano Rivera, ese es mi nombre. Si, Brisa. Mi madre siempre tuvo una fijación con la Naturaleza y si hubiese nacido varón, mi nombre hoy sería Etereo, Bonifacio o peor aún Sabino. "Cosas de madres, supongo".
¿Que podría decir de mi vida? Pues, no mucho. Me crié en el seno de una familia de clase de baja, mi mamá fue madre soltera y tuvo que arreglarselas para hacerse cargo de mi de la mejor manera que pudo, ya que, mi padre nos abandonó cuando apenas yo era una bebé y jamás lo conocí. Desafortunadamente la vida fue cruel con nosotras pues, mí mamá, falleció cuando yo tenía trece años dejándome sola en este mundo, aunque en ese momento creí que también todo había terminado para mí, no fue así. Todavía tenía personas a mi lado que me querían, como mi madrina Clara que me abrió las puertas de su casa para que ya no estuviera sola. Fue así como entonces dejé mi casa, mis amigos y mi país para venir a vivir junto a ella y su hija Maya en la tierra de las oportunidades.
Durante el tiempo que llevo viviendo en este país, no pasó nada trascendental a mi alrededor, no podría decir que fui completamente feliz, aunque tampoco podría decir que fuí infeliz ya que a decir verdad me sentía estancada en la vida que vivía, nunca anhelé alcanzar demásiado, hasta que un día, por esas casualidades de la vida, todo cambió.
.
.
.
— ¡Excelente trabajo, Bris! — Dijo mi corpulento jefe caminando hacia mí, mientras que yo limpiaba el exhibidor de productos del supermercado donde trabajo.
— Gracias, señor Greenwood. — Respondí con forzada hipocresía quitando el polvo de mis manos con el delantal.
— ¿Cuando termines tu turno, puedes pasar por mi oficina?.
Los últimos dos años que llevo trabajando en el Wallys Mark, mi jefe "Bruno Greenwood" ha estado lanzando indirectas hacía mí, con la intensión de liarse conmigo. Desdichadamente no ha captado mi sutil rechazo y tampoco he tenido el coraje de ser desagradable con él, por lo general soy muy buena evitandolo, así que de inicio me maldije por no oírlo entrar al pasillo.
— En realidad tengo una cita con mi dentista y ya voy retrasada, lo siento.
— ¡Oh, vamos, Bris! Siempre estás ocupada. — Replicó y cuando me giré, ahí estaba su mirada lasciva que no se apartaba de mis senos.
Tuve que controlar la urgencia de no salir corriendo.
"Sé amable, Bris".
— En otra ocasión, tal vez. — Dije moviéndome fuera de la esquina donde me tenía literalmente acorralada. Pues, tenía mi espalda a la pared y en la otra esquina había un par de anaqueles.
— El dentista puede esperar. — habló, siempre el optimista incansable. "Quizás si no respondo, él entenderá la indirecta". Me volví en dirección hacia otro pasillo con la intensión de marcharme, fingiendo no escuchar su petición pero me detuvo.
— ¿Bris? ¿Que dices? — Insiste de nuevo, al parecer la suerte hoy no iba a cooperar conmigo. — Que tal si te prometo que voy a darte una buena noticia. — Me guiñó un ojo.
Su persistencia me estaba incomodando a tal punto que terminé por aceptar.
— De acuerdo, señor Greenwood, pasaré por su oficina dentro de unos minutos.
— ¡Excelente! Y no me llames "Señor" tu puedes llamarme Bruno. Te lo he dicho muchas veces. — Me contestó ansiosamente antes de marcharse, sin reconocer el hecho de que había estado negándome a su cercanía infinidades de veces.
Debí mantenerme firme y decir que no. ¡Joder!.
Aunque mi jefe era un hombre de buen aspecto, no sentía ninguna atracción por él, me parecía una persona incomoda, pesada y muy fastidiosa.
Después de darle tantas vueltas al asunto decidí pasar por la oficina de Greenwood, toque un par de veces la puerta pensando en que aún estaba a tiempo de irme.
— ¡Adelante!. — escuche la voz del otro lado y desde el primer momento que pisé la oficina, tuve un mal presentimiento. — Oh, preciosa Bris. ¡Vamos, toma asiento!. — Hizo un gento con su mano hacia la silla frente a su escritorio.
— Gracias, Señor Green... Es decir, Bruno.
— ¿Quieres algo de beber?
— Un vaso con agua. — Le pedí y procedió a servirme, cuando tome el vaso entre mis manos me aferre a el para poder controlar mis nervios.
— De seguro te preguntarás ¿por qué te cité a mi oficina?. — Yo asentí nerviosa. — La razón es porque quisiera invitarte a cenar. Tengo una botella de Romanée en mi departamento, podemos charlar, disfrutar un poco y pues... Lo demás lo dejo a tu imaginación.
Sabes a lo que me refiero eh, pasarla bien. — Se lamió los labios y acercó su mano para tocarme un seno pero me moví hacia atras.
— ¿Que?
— Que eres una mujer muy atractiva, estoy seguro que si tú quisieras podríamos desordenar un poco este escritorio. — Me estaba devorando con sus ojos el muy cerdo. — Voy a pagarte muy bien si me complaces, incluso puedo darte un cargo permanente, jamás tendrías que tomar un trapeador de nuevo. — Me obligué a reprimir mi repulsión mientras lo veía desabrochar su pantalón, todo lo que tenía para sobrevivir era este empleo. Ya teníamos dos meses de atraso en el alquiler, tres meses de atraso en la factura de la electricidad más los gastos de mi diario, apenas y alcanzaba para comer dos veces al día.
Podía hacer lo que este idiota quería, y conservar mi trabajo. No tomaría tanto tiempo. Algunos minutos desagradables como mucho.
Pero no importa lo desesperada que estaba, eso nunca iba a suceder. No de esta manera. No con este tipejo.
Me levanté para salir corriendo de ahi, pero antes vacíe todo el contenido del vaso sobre su rostro.
— ¡Puta! — Gritó, pero lo dejé sentado con los pantalones abajo y su pequeña polla colgando sobre la cremallera.
Bajé las escaleras y tomé el pasillo central, quería irme de allí para tomar el autobús y volver a casa pero justo cuando mi escape parecía ser todo un exito impacté fuertemente con un anaquel de comida y todas las latas cayeron sobre mi.
¡Zas!
El dolor atravesó mi cráneo en un estallido feroz y los puntos de colores salpicaron mi vision. Agarré mi cabeza con ambas manos en un intento por detener el sonido metálico que hacía eco en mis tímpanos.
¡Mal-di-ta-sea!
Mi ojo derecho me estaba matando, creo que se hincharía rápido, me sentía un poco tonta así que mire a mi alrededor para asegurarme de que nadie estuviera viendo pero entonces ví mi teléfono del otro lado del pasillo.
¡Por favor, que no esté rota la pantalla!
Repetí la súplica y si, efectivamente estaba rota.
— ¡Por qué a mí! —Exclamé en voz alta, mirando las grietas tipo telaraña en el cristal.
— ¿Estás bien? — Sentí una cálida mano en mi hombro y al voltear mis ojos hacia arriba observe a un hombre de edad avanzada con baston, su voz era suave y segura mientras intentaba inclinarse para ayudarme.
— La verdad, es que nada está bien. — Contesté y me fue imposible retener las lágrimas.
Bajé la mirada de nuevo a mi blusa, no solo me habia golpeado la cabeza, sino que también mi ropa estaba hecha un desastre.
— Por favor permítame ayudarla — Me ofreció amablemente, no sabía si podía estar en pie después de semejante caída. Tomé su mano extendida y me levanté con cuidado, aún tenía un agarre fuerte a pesar de su edad.
— ¿Señorita, cuál es su nombre? — Preguntó pero mi vista se centro en el señor Greenwood, ahora tenía sus pantalones húmedos y cerrados pero venía acompañado de dos hombres de seguridad y estaban revisando pasillo por pasillo.
¡Seguramente vienen por mi!
— ¿Me ha escuchado? Le pregunté su nombre.
— Estoy bien, pero ya debo irme. — Hablé con rapidez ya que estaba angustiada y sobretodo aterrada.
— Bien, yo la acompaño a la salida.
—No, no, no se preocupe. — Me quise negar pero el anciano insistió.
— Le acompaño. — tenía una expresión de preocupación en su rostro.
Finalmente nos alejamos del lugar, en realidad huir habría sido una descripción más precisa. Llegamos a un parque cercano de la zona y cuando pude sentarme en una banca estallé, ya no resistía más.
Acabo de perder mi empleo. ¿Que voy hacer? Me sentía sola y desamparada, estaba tan inmersa en mis desgracias que olvidé que tenía compañía.
— Lamento mucho eso. — Dije de manera nerviosa y extendí mi mano para presentarme. — Mi nombre es Brisa Soriano, gracias por ayudarme allá adentro.
— No es nada niña, lo importante es que no te hayas roto un hueso. — Mencionó siguiendo mi mirada. — ¿Puedo preguntar algo? — Yo asentí distraídamente. — ¿Que sucedió exactamente hace unos minutos? ¿De quién o que estabas huyendo? — Se me apretó el corazón al recordar.
— Bueno, eh...— Titubeo un poco por la indecisión entre hablar o no.
— Tranquila, puedes hablar con confianza. — me alentó para hablar y decidí confiar en el.
— Mi jefe, el señor Bruno Greenwood... — Hice una pausa. — Me agredió sexualmente, por eso tenía que huir de ese lugar, pero ahora no puedo regresar y al estar sin empleo no podré pagar mis deudas, van a echarme a la calle. Yo no sé que hacer... — Traté de controlar mi respiración para no caer de nuevo en el llanto.
— No te preocupes, pequeña, el tendrá que enfrentar las consecuencias de lo que hi... — Dejó de hablar de repente para llevar su mano hasta el corazon, sus labios estaban cambiando de color.
— ¿Que le sucede? ¿Se siente bien? — Pregunté asustada pero el asintió, mientras registraba sus bolsillos
— Estoy bien, pero deje mis pastillas en el auto. — Me levanté rápidamente para intentar buscarlas.
— ¿Dónde está su auto? ¡Yo iré por ellas! — El hombre señaló hacía la izquierda pero no alcanzó a decir las palabras, pues no resistió y cayó al suelo.
— ¡Ay, Dios mío! ¡Auxilio! ¡Ayuda por favor! — Comencé a gritar mientras sostenía al pobre anciano.
No podía asimilar por qué me estaba sucediendo todo esto.
.
.
.
— ¿Disculpe señorita? El señor Igor, desea hablar con usted. — Una enfermera se acercó a mi y le agradecí amablemente.
Tenía casi una hora esperando en la emergencia de este viejo hospital.
Cuando llegue junto al señor Igor, ni siquiera sabía su nombre, así que no podía proporcionar ningún dato sobre él, ni mucho menos sobre el medicamento que toma para su corazon, afortunadamente despertó y pudo facilitar toda la información necesaria. Resultó ser que aquel hombre no era nada más y nada menos que Igor Blackwell, presidente del clan Blackwell y por ende dueño de la cadena de supermercado Wallys Mark en la cual trabajo.
— Pasa querida, de no ser por ti hubiera muerto. — Dijo en voz alta, estirando su mano en mi dirección. — Estoy en deuda contigo, se que no la has pasado nada bien el día de hoy, y pienso cambiar eso... — Añadió en forma de promesa, yo coloqué una de mis manos sobre la suya.
— No me debe nada, fue usted quien me ayudó en primer lugar. ¿Lo recuerda? — Ambos sonreímos calmadamente. Aunque necesitaba mucho el dinero, no podía aceptarlo. Ya se me ocurrirá algo para solventar mi situación.
— ¡Oiga ya le dije que no puede entrar así! — Se oyó el grito en forma de protesta de una enfermera, seguido a esto la puerta de la habitación es abierta abruptamente.
— Voy a demandar este hospital, y a todos sus empleados también. — Farfulló un hombre disgustado.
Se veía que no era un tipo cualquiera con traje. Este hombre era atractivo, muy atractivo. Posiblemente no pase de los 32 años, tenía un rostro deslumbrante, perfectamente cincelado con una línea de mandíbula cuadrada, alto y unos ojos grises...
Un momento. Esto no puede estar pasando.
¿Acaso es mi príncipe azul?
Capté su mirada mientras se acercaba con aire de confianza y gracia, irradiando poder. Por supuesto que era él con la diferencia de que ahora no se veía tan amable como en el pasado, sino intimidante.
Pero aún asi pensé que podía reconocerme. "Ese fue mi primer error".
— ¡Abuelo mírate! Casi mueres en la calle.
Voy a sacarte de aquí, y te llevaré al mejor centro clínico del país en dónde te atenderán tal como lo mereces. — Las líneas de preocupación se extendían perfectamente en su rostro.
— ¿Abuelo? — Repetí sorprendida de que el príncipe fuera nieto de este dulce ancianito y fue allí donde por primera vez se fijó en mi.
— Disculpa, abuelo. ¿Pero que hace una indigente en tu habitación?. — Preguntó sin apartar la midara de mí recordándome el humillante estado deplorable en que me encontraba.
Mi camisa estaba húmeda, sucia y pegada a mi torso, al igual que mi cabello desalineado, sentí un vergonzoso rubor subir por mi cuello.
¡Contrólate Brisa! Quería gritarle en el rostro.
Me caí. ¿Y que? Gran cosa, los accidentes ocurren. Pero lo que salió de mi boca fue...
— ¿Cómo.. ha.. dicho? — Agg...! Soy una idiota tartamuda.
— ¡No seas irrespetuoso Ben! Ella es Brisa Soriano, la dulce chica que me salvó. — El señor Igor salió en mi defensa.
— Oh, lo siento. Bueno. — Sacó su billetera. — Ten, esto bastará para cubrir tus servicios. — Sacó un fajo de billetes y me los ofreció.
— No, yo no...
— ¿Ah, no es suficiente para ti? ¿Quieres más? — Levantó su mano para silenciarme, luego sacó más dinero, humillandome cómo si fuera una oportunista y al ver que no lo tomaba los Lanzó muy cerca de mí.
— ¡Deja de ser un maldito imbécil! ¿Acaso te volviste loco? — El abuelo Igor se alteró por el comportamiento grosero de su nieto, lo que dió inicio a una terrible discusión entre ellos.
Comencé a retroceder lentamente con precaución era el momento de marcharse y debía hacerlo rápido, ya no podía pensar con claridad, me sentía mortificada pero antes de llegar a la puerta el patán me dió una mirada hipnotizante, con una sonrisa de chico malo formándose en los bordes de sus labios.
.
.
.
"¡Por todos los cielos, es un hombre cruel!".