Capítulo 1: Hassam, preguntas y respuestas.

1005 Words
Debía comenzar en el primer día de la universidad, estaba más nerviosa que nunca y llena de miedos. Había crecido la mayor parte de mi vida en una burbuja controlada por mis padres, cuidaban mis pasos, mis amistades y mis salidas. Entrar a la universidad era un salto más en mi vida como mujer, entraba finalmente al mundo real. Sheyla había sido mi compañía la mayor parte de el tiempo y había vivido grandes cosas a través de ella. No me cansaba de oírla hablar de sus salidas importantes, reuniones o chicos a los que se ligaba. Ella era la arriesgada, libre y extrovertida, todo lo que yo quería y tenía miedo de ser. Por mi parte, pasé la mayor parte del tiempo con miedo a incumplir aquellas normas y reglas de mis padres. Era poco el dinero que teníamos, las cosas lujosas y caras estaban totalmente fuera de nuestro alcance, y era algo más que tenía contrario a Sheyla. Al ser una Venezolana con descendencia Asiática, su familia, al igual que sus padres, tenían empresas dentro y fuera de la ciudad, fue así que me dió a entender sobre Hassam. Podíamos pasar horas enteras tratando de comprender lo que pasaba en su mundo. Él era un hombre apuesto de quizás unos 20 años, llevaba un tiempo estudiando en aquella misma universidad mientras pasaba el resto de sus horas en una oficina tomando el mando de la empresa de transporte de su padre, al final del día, lo cerraba con una chica del instituto u otra de su oficina. Era extraño aquel sistema que Hassam llevaba, las chicas hablaban sinfín de lograr ir con él a la cama, y cuando finalmente lo hacían, ya no habían más palabras. Muchas ni siquiera pronunciaban su nombre. ¿Tan malo era en la cama? Pero no, supongo que entendería por completo toda aquella historia el día que fui una de esas chicas que regresó del instituto con él. Sheyla no había ido a clases y era mi única manera de regresar a casa, era de noche, un camino lejos y baldío. Sin importar los riegos, tomé mis pertenencias y salí del instituto con capucha y las llaves en mis manos, en caso de que tuviese que usarlo para defenderme. Pero pasadas unas cuadras, un automóvil deportivo de vidrios polarizados se detendría a mi lado. Por alguna extraña razón, sabía que de él se trataba. Bajó su vidrio lentamente, me miró de arriba abajo y sin decir ni una palabra, señaló dentro del auto con su mirada. Un acto que me decía, «sube.» Pasé de largo aquello que solo suponía y seguí caminando, pero al igual que mis pasos, su automóvil seguía a mi lado. —¿Qué quieres? ¿Quién eres?—Pregunté haciéndome la confundida. Pero sabía todo de él gracias a Sheyla, y después de pasar horas mirando sus fotografías, sabía inclusive el lunar que tenía en su hombro izquierdo. —Ya, ambos sabemos que sabes quién soy a la perfección. Sube, es peligroso caminar tan tarde.—Ordenó.—Y mira, va a llover.—Acabada aquella frase, las gotas de la noche fría y vacía comenzaron a caer sobre mis hombros. Mierda. Tapé mi cabeza una vez más con la capucha y subí al automóvil. Él no dijo nada una vez más, subió los vidrios, puso la radio y aceleró a altas velocidades. Mis manos sudaban y mi pecho subía y bajaba sin control. Eso se sentía estar junto al hombre que todos desean, y que por alguna extraña razón, sigue siendo tan misterioso. —Dilo.—Habló de la nada sin despegar su mirada de la fría carretera.—Di eso que estás pensando.—Continuó. —No estoy pensando nada.—Dije firme aunque mis manos temblaran y mi voz tambaleara. —¿Y tú mejor amiga? ¿Sheyla? La hija del socio de papá.—Avisó. —¿Cómo sabes que es mi mejor amiga?—Pregunté sin cuidado. Él en serio daba muchísimo miedo. —Todo se sabe y todo se ve, Layla. Eso también lo sé, ¿Te preocupa?—Preguntó una vez más. Negué y respiré hondo. Estaba más que nerviosa, y a su vez, cautivada.—¿Por qué todas mueren por ir contigo a la cama y ya luego no dicen nada?—Pregunté sin pensar.—Digo, luego de haber pasado tan genial noche se piensa que no dejarían de hablar de ello.—Continué. —Eres algo intrépida, Layla.—Se defendió.—Pero se llama «privacidad.» Lo que ocurre entre dos, se queda entre dos. ¿No lo crees?—Preguntó sin dudar. No hice más que mirar por la ventana y asentir. Él tenía razón. —Pero hay algo más que las detiene, lo sé.—Susurré casi inaudible. Él rió y apretó el volante con fuerza.—¿Quieres saber más? ¿En serio quieres saber más sobre eso? Digo, es la primera vez que hablamos, te subo a mi automóvil y solo hablas de sexo, vaya que eres una sorpresa, Layla.—Continuó. —Solo busco entender.—Continué. —Muchas cosas se entienden solo practicándolas, y no creo que seas así. No creo que aguantes.—Reprochó con sarcasmo. —¿Aguantar? ¿Aguantar qué?—Pregunté de manera repetidas. Pero él detuvo el automóvil y abrió mi puerta sin decir ni una sola palabra más.—Llegamos, sana y salva en casa, señorita Layla.—Fue lo único que dijo. Confundida, bajé del automóvil y antes de cerrar la puerta, volví a preguntar.—¿Cómo sabes dónde vivo? —El mundo es muy pequeño, Layla. Y la ciudad aún más. Descansa, hasta luego. Espero haber respondido un poco de tus inquietudes, y recuerda, «lo que ocurre entre dos, queda entre dos.» Y arrancó a altas velocidades. Quedé allí boquiabierta. Recibir respuestas de Hassam solo traían más preguntas. Y moría por ver a Sheyla y contarle de lo que había sido una noche fuera de control para mí.
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