Martin Salí de la casa lo más rápido que mis piernas me lo permitieron. Cada segundo que pasaba en su hogar, una enorme necesidad de darme media vuelta me atravesaba el pecho. Volver con ella. No dejarla ir a ninguna parte. Era lo que más anhelaba en ese momento, pero lo prometimos. Que la necesidad no iba a ser más grande que todo lo demás. Que no podíamos dejarnos ganar por ese sentimiento. Lo sabía. Estaba tomando la peor decisión de mi vida. Dejarla ir era un acto de fe enorme. La amaba tanto y, por la misma razón, deseaba con todas mis fuerzas que fuera feliz. Que lograra todas esas cosas con las que soñaba desde niña y que no dejaba de contarme mientras crecíamos. Pero dolía. Rayos, cómo dolía. Saber que, si se iba, era muy probable que no volviera. Que la perdería para siempre. C

