Un minuto con mi pequeño antes del viaje...

1781 Words
Al salir de la oficina de Margareth ya sabía lo que debía hacer. Tenía la agenda del día apretada, cada hora medida como si fuera un reloj suizo. Primero debía pasar por el salón de belleza. Me urgía un cambio de look, un corte de cabello, y Margareth ya lo había dispuesto: nada de improvisaciones, nada de caprichos personales. —Recuerda, Bree, la imagen lo es todo —me dijo antes de dejarme ir, con esa voz que siempre mezclaba orden y amenaza. Yo asentí, aunque por dentro solo pensaba en Mateo. Quería pasar con él las poquitas horas que quedaban antes del viaje. Necesitaba sentir su manita tibia en la mía, escuchar su risa chillona, mirarlo dormir con ese rostro inocente que me devolvía fuerzas. Pero el protocolo era irrefutable. Con Margareth no había escapatoria. —Primero el spa, después el corte, luego las uñas, y al final… —enumeró ella, sacando cuentas en su libreta—. Te quiero fresca, descansada, sin distracciones. Resoplé, cansada. —¿No puedo ir al hospital, aunque sea un rato? Margareth me miró por encima de sus lentes. —No. Mateo ya tiene a la enfermera que contraté. Tú dedícate a lo tuyo. ¿Quieres que tu hermano viva? Entonces concéntrate. Ese golpe bajo me hizo callar de inmediato. Me mordí los labios, tragándome las ganas de gritarle que mi hermano no era un juguete que podía dejarse en manos de una desconocida. El día pasó entre aromas de cremas, manos que me peinaban y voces que no me decían nada. En el spa me hicieron masajes con aceites tibios, y aunque debía relajarme, mi mente se escapaba una y otra vez hacia Mateo. Me preguntaba si estaría comiendo bien, si la enfermera le contaría un cuento antes de dormir, si se asustaría al no verme al despertar. Cuando terminé todo el protocolo, me dirigí a mi habitación de hotel asignada, donde encontraría mi equipaje nuevo. Maletas grandes, elegantes, con etiquetas doradas. Margareth me notificó que había hecho llegar ropa para toda ocasión: vestidos de gala, trajes casuales, pijamas de seda, zapatos que seguramente costaban más que todo lo que había tenido en mi vida. Ni siquiera me molesté en revisar cada cosa. Confiaba en que ella lo había organizado todo. Al fin y al cabo, ese control obsesivo era lo que la convertía en la dueña de un imperio de mujeres como yo. Sobre la cama, aparte del equipaje, había un conjunto cuidadosamente doblado. El atuendo que debía usar para conocer a James. Un vestido sencillo, n***o, de tela ligera, acompañado de unos tacones discretos. Nada exagerado, nada vulgar. Un aire de elegancia sobria que, según Margareth, era lo que ese hombre esperaba. Lo toqué con la punta de los dedos y se me puso la piel de gallina. Sentía nervios, sí, pero también una extraña mezcla de curiosidad y miedo. Después de todo, James estaba claro de lo que yo era. —Una prostituta —me dije en voz baja, mirándome al espejo. No importaba cuántos masajes me hicieran, ni cuántos vestidos de diseñador llenaran mi equipaje improvisado. Al final, lo que él vería era eso: una mujer pagada para complacerlo. Me abracé a mí misma, luchando contra las lágrimas. Mateo merecía vivir, y si este era el precio que debía pagar, lo aceptaría. Miré el reloj y sentí un vacío en el estómago. La cita con ese hombre sería en cuarenta y cinco minutos. Si administraba bien el tiempo, podría robarme unos quince minutos para despedirme de Mateo. No lo pensé más. Me alisté de prisa, tomé el primer bolso que encontré y salí corriendo a la calle. Levanté la mano y paré un taxi. El hospital quedaba a unas cuantas cuadras, pero cada semáforo me parecía eterno. Me mordía las uñas con desesperación. Solo quería verlo, abrazarlo, asegurarme de que supiera cuánto lo amaba. Apenas bajé del taxi y entré por la recepción, me encontré con la pediatra de Mateo. —¡Doctora! —exclamé con alivio. Ella sonrió al verme. —¿Vienes a ver al pequeño Mateo? Ha estado pidiendo que vengas. Perdí tu número y confiaba en que pronto regresarías. Me apreté los labios, avergonzada. —He tenido… mucho trabajo —mentí a medias, bajando la mirada—. Pero ya estoy aquí, aunque debo confesarte que voy a ausentarme por más de un mes. Me salió un trabajo en el exterior, y es el dinero que necesitamos para pagar los estudios de Mateo. La pediatra me miró con ternura, como si pudiera leer mi cansancio y mis miedos. —Amas mucho a ese bebé. Sé que vamos a conseguir la cura, te lo prometo. Sonreí débilmente. —Eso espero, doctora… eso espero. ¿Puedo ir a verlo? Me hizo un gesto con la cabeza y caminé hasta la habitación. Apenas crucé la puerta, sentí que el corazón se me arrugaba. Los brotes habían empeorado, cubrían su carita y sus pequeñas manos con esas llagas dolorosas que parecían quemarlo vivo. No era lupus ni nada que hubieran podido catalogar con certeza. Solo una enfermedad extraña que nadie sabía cómo curar. —¡Bree! —gritó Mateo con emoción, dejando a un lado un osito de peluche raído. Corrí hacia él y lo abracé con cuidado, como si fuera de cristal. —¿Te duele, mi bebé? —pregunté, acariciando sus cabellos. Él sonrió, esa sonrisa que podía iluminar cualquier oscuridad. —Solo a veces… pero ahora tengo mi propia doctora —dijo señalando a una joven de pie junto a la cama. Levanté la vista y saludé con educación. —Mucho gusto, doctora. Ella negó suavemente. —No, soy la enfermera que Margareth contrató. Estoy aquí para cuidarlo. —Ah… —mi voz se quebró un poco, pero asentí—. Gracias por estar con él. —Es un niño maravilloso, créeme, ya me hice su amiga —respondió ella con una sonrisa cálida. Mi tristeza se hizo más pesada, como si alguien me hubiera puesto cadenas. Saqué unos dinosaurios nuevos y unas galletas que llevaba en el bolso. Mateo chilló de emoción, y yo aproveché para darle mi número a la enfermera. —Por favor, cuídalo como si fuera tu hijo. Y mantenme informada de todo. —Lo haré, puedes confiar en mí —prometió ella con firmeza. Me agaché a la altura de la cama y tomé la carita de Mateo entre mis manos. —Voy a viajar, mi amor, pero nos veremos por videollamada. ¿Sí? Él hizo un puchero que me partió el alma, pero luego dijo: —Está bien… pero no me olvides. Besé su frente, sus mejillas, sus manos lastimadas. —Nunca podría olvidarte, Mateo. Porque tú eres mi amor verdadero. Él abrió los ojos como platos. —¿De verdad? ¿Estás segura que solo yo soy tu amor? —Solo tú, mi pequeño caramelo. Mateo rio, pese al dolor que sabía que sentía en los labios. Me dio un beso torpe, suave, pero lleno de ternura. —Qué beso más espectacular —le dije, luchando por no quebrarme—. Prométeme que tampoco me vas a olvidar. Él cruzó los deditos en el aire. —Te lo prometo, flaca. Sentí las lágrimas quemándome los ojos, pero me obligué a sonreír. Lo abracé una vez más, apretando fuerte, y salí de la habitación antes de que él pudiera verme llorar. Tomé otro taxi con el corazón hecho pedazos. En el camino dejé escapar algunas lágrimas, apenas unos minutos de desahogo, antes de obligarme a limpiar el rostro. Saqué el maquillaje y me retocaba frente al espejito de mano. Miré el reloj. Faltaban quince minutos todavía. Era un alivio. Pero cuando bajé del taxi frente al hotel, la respiración se me cortó. Ahí estaba Margareth, en la entrada, con los brazos cruzados y cara de pocos amigos. —¿Se puede saber a dónde demonios te fuiste? —me espetó, señalando una limusina estacionada—. Tienen media hora esperándote. ¡Media hora! Me quedé helada. —Pero mi equipaje está en la habitación… —No, ya está en el auto. Ahora súbete y pórtate bien, por favor, Bree. Tragué saliva y caminé hacia la limusina, con las piernas temblorosas. Parecía que el verdadero infierno apenas iba a comenzar. El chofer abrió la puerta de la limusina y me hizo un gesto para que entrara. Respiré hondo antes de subir. —Buen día… —saludé apenas crucé el umbral, pero mi voz sonó débil, más nerviosa que cordial. Nadie respondió. El chofer cerró la puerta con un golpe seco y entonces me encontré atrapada en ese espacio amplio, silencioso y frío. A mi lado estaba él. James. El mismísimo magnate del que había visto fotos en revistas, el hombre que todas decían que podía desatar fantasías con solo mirar. Y tenían razón. Su porte era intimidante, un monumento de hombre con el ceño fruncido y los ojos verdes más penetrantes que había visto en mi vida. Tragaba saliva cada dos segundos como si tuviera una espina atorada en la garganta. —Perdón por la demora… —alcancé a excusarme, con un hilo de voz. Todo lo que siguió fue silencio. Ni un asentimiento, ni una palabra. Nada. Sentí que mis dedos temblaban sobre el vestido. Me obligué a mirar hacia adelante, pero de pronto, sin previo aviso, él giró el rostro y me recorrió de arriba abajo con esa mirada afilada, como si me estuviera desnudando con los ojos o, peor aún, juzgando cada pliegue de mi piel. —¿Vas a algún entierro? —soltó de pronto, con una voz grave, cargada de sarcasmo. —¿O quizá a un funeral? Me quedé muda. El corazón me dio un vuelco tan fuerte que pensé que me desmayaría. Parpadeé varias veces, como si eso me diera tiempo de reaccionar. Al final, apenas logré balbucear: —Si… si no te gusta… puedo cambiarme. Él no contestó enseguida. Solo me sostuvo la mirada, con los labios apretados, hasta que finalmente asintió despacio, casi con desprecio. —Bien. Tragué saliva de nuevo, intentando no dejarme hundir por la vergüenza. —¿Qué color debería usar? —pregunté con la voz lo más delicada que pude, como quien camina sobre vidrios rotos. James arqueó una ceja y su tono fue frío, casi indiferente: —Uno normal. Que no parezca que intentas esconder algo. Me encogí un poco sobre el asiento, sin saber si lo decía por el n***o de mi vestido o por el maquillaje con el que intentaba ocultar las ojeras del cansancio. Aparté la vista, sintiéndome de pronto expuesta, como si ese hombre pudiera ver más de lo que yo quería mostrar.
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