La primera impresión

1094 Words
El conductor encendió el motor y la limusina comenzó a moverse. Yo respiraba hondo, tratando de convencerme de que podría sobrevivir a un mes entero al lado de ese ser que parecía hecho de hielo y arrogancia. En el aeropuerto, el murmullo de las personas y el sonido metálico de las maletas rodando llenaban el ambiente. El chófer, un hombre alto, de porte elegante y sonrisa serena, se adelantó con naturalidad para tomar mi equipaje. Sin hacer demasiadas preguntas, me condujo hacia los baños más cercanos, con la misma formalidad con la que habría escoltado a una reina. —Mucho gusto, señorita —se presentó con voz amable—. Soy Mauricio. Yo los acompañaré hasta aquí. Por eso, si me permite, le daría un consejo. Entonces arqueé una ceja, aún confundida por el silencio incómodo que había reinado en la limusina y por la frialdad del hombre que me había recibido allí. —¿Consejo? —pregunté, sujetando con nerviosismo el asa de mi bolso. —Sí —respondió él con calma—. Elija un traje blanco o crema. Esos colores le quedarían preciosos. Fue allí cuando lo observé con suspicacia, tratando de adivinar si realmente hablaba en serio o si solo intentaba ser diplomático. —¿Y crees que al jefe gruñón le guste? —pregunté al fin, con un dejo de ironía en mi voz. Mauricio asintió con firmeza, casi sin pensarlo. —Esos son sus colores favoritos. Odia el n***o en todas sus presentaciones. Casi no pude creer lo que oía y fruncí el ceño de inmediato. —¿Cómo puede alguien odiar un color tan perfecto? —susurré, más para mí misma que para él, mientras comenzaba a abrir una de las valijas. Revisé prenda por prenda hasta encontrar lo que buscaba. Entre blusas, vestidos y accesorios, lo único blanco que Margareth había incluido era un conjunto de Chanel, de pantalón y chaqueta. Dudé unos segundos, pero la voz de Mauricio resonó en mi mente: “blanco o crema”. Con un suspiro resignado, me puse el conjunto. El tejido caía con elegancia sobre mi figura y, cuando me miré al espejo, no pude evitar sonreír. Aquello no solo me hacía lucir distinta, sino también sofisticada. Tomé unos tacones blancos para complementar el atuendo y elegí un bolso del mismo tono. Me incliné frente al espejo para retocar el labial, delineando con cuidado el contorno de mis labios. Mi cabello, ahora teñido de un castaño cálido, caía en ondas suaves sobre mis hombros, enmarcando un rostro que había decidido mostrar muy segura, aunque por dentro sintiera un mar de dudas. Cuando salí del baño, caminé con pasos firmes hacia Mauricio, quien me esperaba con el equipaje. El hombre me miró de arriba abajo y sonrió satisfecho. —Le dije que ese era su color, señorita. Ahora sí se ve lista para enfrentarse al jefe. Solo pude sonreír con cierta timidez, aunque por dentro me sentía poderosa. Ese traje, esa imagen, me hacían sentir hermosa. —Pues espero que valga la pena —susurré, mientras me colgaba el bolso del hombro y volvía a sostener la mirada de mi acompañante. El juego apenas comenzaba, y ya intuía que cada detalle, hasta el más mínimo, contaba. Me encaminé hacia donde él estaba, el eco de mis tacones resonaba en el suelo del aeropuerto. El blanco de mi traje brillaba bajo la luz artificial y me hizo sentir segura de mi aspecto. Avancé hasta donde James me esperaba, erguido como un monumento viviente. Él no disimuló, me recorrió con la mirada de arriba a abajo, lento, evaluador, como si estuviera tasando una pieza en subasta. El rubor subió a mis mejillas al notar que no solo eran sus ojos los que la examinaban. Varias personas alrededor se habían detenido a mirarnos, algunos cuchicheaban, y juraría que uno o dos flashes capturaron la escena. Me mordí el labio, incómoda, como si el traje blanco me hubiera convertido en un espectáculo. —¿Crees que ahora sí estoy presentable para conocer a tu familia? —pregunté con voz baja, intentando sonar segura aunque mis manos temblaban dentro del bolso. James no respondió de inmediato. Se limitó a colocarse unos lentes oscuros con parsimonia y luego asintió, seco, sin más palabras. Minutos después, la voz metálica del altavoz anunció el embarque de los pasajeros con destino a Londres. James giró hacia Mauricio para despedirse. —La mansión queda a tu cargo. Asegúrate de que los perros tengan suficiente comida y agua fresca hasta que regrese. Mauricio sonrió con calma, como si ya supiera lo que debía hacer. —No se aflija, señor. Yo mismo me encargaré de cuidarlos. Yo fui la primera en caminar hacia el mostrador. Entregué mi boleto y mi documento, intentando mantener el porte elegante que el traje me daba. El empleado revisó, estampó y me dio la orden de abordar. Lo primero que hice fue tomar aire, estaba emocionada. Era mi primer vuelo internacional. Mi corazón latía con fuerza, pero los nervios me traicionaron: el tacón se me enredó con el ruedo del pantalón y caí de rodillas frente a todos. El sonido seco del golpe y los murmullos de la gente me taladraron los oídos. Antes de que pudiera levantarme, escuché la voz áspera de James detrás de mí. —Perfecto… además de tener que cuidarme yo mismo, ahora debo asegurarme de que mi puta no se mate antes de llegar con mi familia. Las palabras fueron un látigo. De inmediato sentí que la sangre se me helaba. Yo sé lo que soy, no necesitaba recordatorios. Pero que él lo vociferara, con desprecio, como si él fuera intachable, me apretó el pecho de rabia y humillación. James se inclinó con gesto rápido, extendiéndome la mano. —Vamos, levántate. No pude evitarlo y levanté la mirada, con odio en los ojos. No aceptaría su ayuda. Me incorporé sola, sacudiendo el polvo de mi rodilla, y llena de vergüenza seguí caminando con la cabeza erguida. Dejé la mano de James suspendida en el aire, porque estaba ofendida. Avancé hacia la sala de abordaje sin mirar atrás. Respiré hondo al notar que, por lo menos, no nos habían asignado asientos juntos en ese instante. Al menos durante el vuelo tendría espacio para maldecirlo en silencio, para pensar en lo grosero e infantil que podía ser ese hombre que se creía dueño de todo. A partir de ese momento, entendí que el viaje a Londres iba a ser más que un simple encuentro con una familia desconocida: sería una prueba de resistencia.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD