Capítulo 1: El Aroma del Destino
La biblioteca de la Universidad de Saint-Jude siempre olía a papel viejo, café frío y algo que Auron no lograba identificar: una nota metálica, casi eléctrica, que le erizaba los vellos de la nuca cada vez que se sentaba en la mesa del rincón, cerca de los ventanales góticos.
Auron cerró su libro de historia medieval con un suspiro pesado. Tenía diecinueve años, ojeras que empezaban a parecer tatuajes y la extraña sensación de que el mundo, de repente, se había vuelto demasiado estrecho para él. Mientras guardaba sus cosas, sintió una mirada clavada en su espalda. No era la mirada casual de un compañero de clase; era algo pesado, una presión física que le recorría la columna vertebral.
Se giró lentamente. Al fondo del pasillo de literatura clásica, entre las sombras que las lámparas de luz tenue no lograban alcanzar, estaba él.
Antuan.
Incluso desde la distancia, Antuan emanaba una elegancia que resultaba insultante. Su piel era de un tono pálido casi traslúcido, como mármol pulido bajo la luna, y su cabello oscuro caía sobre su frente con una perfección antinatural. No parpadeaba. Simplemente observaba a Auron con unos ojos grises que parecían contener siglos de tormentas silenciosas.
Auron sintió un escalofrío. No era miedo exactamente, sino una fascinación primitiva que lo mantenía anclado al suelo. Intentó articular un "hola", pero la garganta se le secó. Antuan dio un paso hacia adelante, saliendo de la sombra, y el aire alrededor de Auron pareció descender varios grados.
—Deberías estar en casa, Auron —dijo Antuan. Su voz era un barítono suave, aterciopelado, pero con una autoridad que no admitía réplicas—. La noche en esta ciudad no es tan amable como tus libros de texto.
—Solo... solo estaba terminando un ensayo —logró balbucear Auron, apretando las correas de su mochila—. ¿Cómo sabes mi nombre?
Antuan esbozó una sonrisa mínima, una que no llegaba a sus ojos.
—Sé muchas cosas sobre ti. Cosas que tú mismo aún ignoras.
Antes de que Auron pudiera exigir una explicación, un ruido estruendoso provino de la entrada de la biblioteca. Las pesadas puertas de roble se abrieron de par en par, dejando entrar una ráfaga de aire cálido y húmedo que chocó violentamente contra la atmósfera gélida que Antuan había traído consigo.
Apareció Fausto.
Si Antuan era el invierno personificado, Fausto era el rugido de un incendio forestal. Llevaba una chaqueta de cuero desgastada y unos vaqueros rotos; su presencia llenaba el espacio de una energía vibrante, casi caótica. Su cabello castaño estaba revuelto y sus ojos, de un ámbar intenso, brillaron con una furia mal contenida al ver a Antuan tan cerca de Auron.
—Aléjate de él, parásito —gruñó Fausto. Su voz no era suave; era un trueno que parecía hacer vibrar las estanterías de madera.
Auron retrocedió, quedando atrapado entre los dos. La tensión entre el vampiro y el recién llegado era tan densa que se podía cortar con un cuchillo.
—Llegas tarde, chucho —respondió Antuan sin inmutarse, aunque sus dedos se crisparon sobre el lomo de un libro cercano—. Como siempre, el instinto te gana a la razón.
Fausto ignoró al vampiro y fijó su mirada en Auron. En un segundo, su expresión cambió de una rabia asesina a una preocupación feroz. Caminó hacia él con pasos pesados y seguros, reduciendo la distancia hasta que Auron pudo sentir el calor irradiando del cuerpo del otro chico. Olía a pino, a tierra mojada y a algo salvaje.
—Auron, escúchame bien —dijo Fausto, poniendo una mano grande y callosa sobre su hombro. El contacto quemaba, pero de una forma extrañamente reconfortante—. No confíes en nada de lo que este tipo te diga. Te llevará a un pozo del que no podrás salir.
—¡Basta! —exclamó Auron, zafándose del agarre de Fausto—. ¿Quiénes son ustedes? ¿Y por qué me siguen como si fuera un premio en una cacería?
Antuan dio un paso más, su figura deslizándose por el suelo con una gracia sobrenatural.
—Porque lo eres, Auron —susurró el vampiro, su voz ahora cargada de una melancolía que rompió el corazón del joven por un instante—. Eres el portador de la Sangre del Alba. La llave que ambos bandos necesitan para sobrevivir... o para ganar la guerra definitiva.
—No lo asustes con tus profecías de cementerio —intervino Fausto, interponiéndose físicamente entre Antuan y Auron—. Él es libre. No le pertenece a nadie, y menos a un c*****r que camina.
Auron sintió que el mundo le daba vueltas. Sangre del Alba. Guerra. Bandos. Todo sonaba a locura, a una pesadilla de la que no podía despertar. Sin embargo, en lo más profundo de su ser, una chispa de reconocimiento se encendió. Siempre se había sentido diferente, siempre había sentido que esperaba algo que nunca llegaba.
De repente, las luces de la biblioteca parpadearon y se apagaron. Un aullido lejano, pero no de un perro común, rompió el silencio de la noche exterior.
—Están aquí —dijo Antuan, y por primera vez, Auron detectó una nota de verdadera alarma en su voz perfecta—. Los Renegados han rastreado tu aroma, Auron. Tu linaje se ha activado.
Fausto se tensó, sus músculos hinchándose bajo la camiseta y sus uñas alargándose sutilmente, transformándose en garras que relucían bajo la luz de la luna que entraba por el ventanal.
—Si quieres vivir para ver el amanecer, tendrás que elegir con quién venir —dijo Fausto, extendiendo su mano hacia Auron. Sus ojos ámbar suplicaban una oportunidad.
—El bosque es peligroso y salvaje, Auron —añadió Antuan, extendiendo su propia mano, pálida y fría como el hielo—. Conmigo estarás en las sombras, oculto, protegido por muros que han resistido milenios.
Auron miró las dos manos. El calor abrasador de Fausto y el frío eterno de Antuan. Afuera, algo golpeaba las paredes del edificio con una fuerza inhumana. El cristal del ventanal comenzó a agrietarse.
Su vida normal había muerto en ese mismo instante. Lo que estaba por nacer era algo que Auron aún no comprendía, pero sabía que, fuera cual fuera su elección, el mundo nunca volvería a ser el mismo.
—No tengo tiempo para elegir —dijo Auron, sintiendo una extraña fuerza crecer en su pecho, una vibración que parecía responder al peligro—. Solo quiero salir de aquí con vida.
Fausto sonrió con ferocidad, mientras Antuan asintió con una seriedad mortal. Los dos enemigos se giraron hacia la puerta, formando un escudo improbable frente al humano.
La cacería había comenzado.