El suave resplandor de la mañana se filtraba a través de las cortinas bordadas de la sala de sanación del castillo, iluminando motas de polvo danzando en el aire. Miosotis parpadeó, sus párpados pesados como si hubiera dormido durante días. Una sensación de calidez y bienestar la envolvía, un contraste agradable con el frío y el miedo que había sentido en el bosque. Se movió ligeramente, notando el tacto suave de las sábanas de lino bajo sus dedos y el aroma sutil a hierbas medicinales que impregnaba el aire.
Despertar y Preguntas Inquietantes
Se incorporó con cuidado, una punzada de dolor en el brazo recordándole su encuentro con los bandidos. Su mente luchó por ordenar los recuerdos de la noche anterior: el terror, la bestia negra, los ojos rojos... Un escalofrío recorrió su espalda a pesar de la calidez de la habitación.
"¿Dónde... dónde estoy?", preguntó, su voz áspera por la falta de uso.
Una figura se movió en la penumbra de una esquina. Era una mujer de rostro amable, con arrugas finas alrededor de los ojos y manos que transmitían una sorprendente sensación de calma. Era la Sanadora Real, Agnes.
"Estás a salvo, querida", respondió Agnes con una sonrisa suave. "En la sala de sanación del castillo real. Has estado inconsciente durante casi un día entero."
Miosotis la observó, tratando de recordar cómo había llegado allí. La imagen de la bestia volviendo a su mente la hizo tensarse. "¿La... la criatura... el lobo n***o que me encontró en el bosque? ¿Dónde está? ¿Qué era?" El miedo teñía sus palabras.
Agnes se acercó, colocando una mano reconfortante en el brazo de Miosotis. "Cálmate, niña. No hay ninguna bestia aquí ahora. Fuiste traída por el Príncipe Ragnar."
"¿El Príncipe...?", Miosotis frunció el ceño, confundida. La bestia y la imagen vaga de un hombre se superpusieron en su mente. "¿Él... era la bestia?"
Agnes dudó por un instante, una sombra cruzando su rostro antes de volver a su expresión serena. "El Príncipe te encontró herida en el bosque durante su paseo nocturno. Te trajo aquí para que recibieras atención." Evadió la pregunta directa sobre la transformación. "Estabas muy débil y tenías una fiebre alta."
Mientras Agnes hablaba, Miosotis sintió una sensación extraña recorriéndola, un calor suave que comenzaba en su pecho y se extendía por sus extremidades. Era una fuerza desconocida, como si algo dentro de ella estuviera despertando. Se concentró en la sensación, cerrando los ojos por un momento. Era... reconfortante, como un sol interior irradiando calidez.
"Siento... algo", murmuró Miosotis, abriendo los ojos con sorpresa. "Una especie de calor... ¿qué es?"
Agnes observó a la joven con una mirada escrutadora, una chispa de asombro brillando en sus ojos. "Es posible... que tu cuerpo se esté recuperando, querida. Has pasado por mucho."
Miosotis no estaba convencida. Sentía que era más que eso. "Quiero ver al Príncipe Ragnar", dijo con firmeza. "Quiero agradecerle... y entender qué pasó realmente."
Agnes asintió. "Descansa un poco más y luego te llevaré a verlo. Todavía está débil."
"¿Débil?", preguntó Miosotis, preocupada. "¿Él también resultó herido?"
"Tuvo... un esfuerzo considerable al traerte hasta aquí", respondió Agnes evasivamente. "Necesita descanso."
Después de beber un caldo suave y recuperar un poco de fuerzas, Miosotis insistió en ver al Príncipe. Agnes, aunque reticente al principio, finalmente accedió. La llevó por los tranquilos pasillos del castillo hasta las aposentos reales, una suite opulenta pero con un aire de inquietud palpable.
Al entrar en la habitación, Miosotis vio a Ragnar tendido en una cama grande, pálido y con vendajes en varios lugares. Su respiración era superficial, y su rostro, desprovisto de su habitual vitalidad, parecía demacrado. La visión del príncipe en ese estado la sorprendió y despertó en ella una oleada de preocupación.
"Príncipe Ragnar...", susurró Miosotis, acercándose a la cama con cautela.
Agnes se acercó a ella. "Está descansando, querida. No lo molestes demasiado."
Pero Miosotis no podía apartar la mirada del príncipe. Su instinto, ahora intensificado por la extraña calidez que sentía en su interior, la impulsaba a acercarse. Vio una herida profunda en su costado, la gasa teñida de un rojo oscuro. Un dolor ajeno la atravesó, una necesidad visceral de aliviar su sufrimiento.
Sin pensarlo, extendió sus manos hacia la herida. La calidez en su interior se intensificó, concentrándose en sus palmas. Una tenue luz dorada comenzó a emanar de sus dedos, pulsando suavemente sobre el vendaje. Sintió una energía fluyendo de ella hacia el príncipe, una fuerza suave pero poderosa.
Mientras la luz danzaba sobre la herida, el color comenzó a regresar lentamente al rostro de Ragnar. Su respiración se hizo un poco más profunda, más regular. La sangre en el vendaje pareció retroceder, la tela aclarándose gradualmente.
Miosotis observó lo que estaba sucediendo con una mezcla de asombro y temor. ¿Qué era esta fuerza que emanaba de ella? Nunca antes había sentido algo así. Era como si una parte de ella que había permanecido dormida durante toda su vida finalmente hubiera despertado.
De repente, asustada por lo que estaba haciendo y por la naturaleza desconocida de su poder, retiró bruscamente las manos. La luz dorada se desvaneció, y la sensación de calor disminuyó.
Agnes, que había estado observando en silencio, dejó escapar un jadeo ahogado. Sus ojos estaban muy abiertos, llenos de incredulidad y una pizca de excitación.
"¡Por los Ancestros!", exclamó la sanadora, acercándose rápidamente a la cama. Examinó la herida de Ragnar, sus dedos temblorosos levantando el vendaje ahora casi limpio. "¡Es... es increíble! La herida está sanando a una velocidad asombrosa. Nunca he visto nada igual."
Se volvió hacia Miosotis, sus ojos brillando con una nueva luz. "Niña, ¿qué hiciste? ¿De dónde viene este poder?"
Miosotis negó con la cabeza, completamente confundida. "No lo sé... solo sentí que tenía que ayudarlo. Sentí este calor... y una luz salió de mis manos."
Agnes la tomó de los brazos con firmeza, su rostro lleno de una seriedad inesperada. "Debes desarrollar este don, niña. Eres una sanadora con un poder y una fuerza que nunca he presenciado en todos mis años. Esto... esto podría cambiarlo todo."
En el lecho, Ragnar sintió una presencia suave y cálida cerca de él. Incluso en la bruma del despertar, reconoció la fragancia dulce y embriagadora que lo había atraído en el bosque. Fresas y crema. Su bestia interior, aún adormecida pero siempre vigilante, se agitó con una sensación de profunda calma, una tranquilidad que no había experimentado desde antes de la maldición. Era como si una melodía suave silenciara los rugidos salvajes dentro de él.
Abrió los ojos lentamente, sus pupilas luchando por enfocarse. Vio un rostro delicado inclinado sobre él, con ojos del color del cielo y cabello dorado enmarcando su rostro. Miosotis. Su corazón latió con fuerza, una atracción instantánea y poderosa que lo tomó por sorpresa. No era solo la belleza de la omega lo que lo cautivaba, sino la sensación de paz y bienestar que emanaba de ella, envolviéndolo como una manta suave.
"¿Estás... estás bien?", preguntó Ragnar, su voz aún áspera.
Miosotis se sobresaltó al oír su voz, retrocediendo un paso. "Príncipe Ragnar... está despierto."
Sus ojos se encontraron, y una chispa invisible danzó entre ellos. Ragnar sintió una necesidad intensa de protegerla, de mantenerla a su lado para siempre. Un instinto primario y posesivo surgió en su interior, un deseo de reclamarla como suya.
En ese momento, la puerta se abrió y el Rey Theron y la Reina Elara entraron en la habitación, sus rostros marcados por la preocupación. Al ver a Ragnar despierto y a una joven desconocida junto a su cama, sus expresiones cambiaron a sorpresa e intriga.
"¡Ragnar!", exclamó la Reina, corriendo hacia su hijo. "¡Estás despierto! Agnes nos dijo..." Su mirada se posó en Miosotis, interrogativa.
Agnes se adelantó. "Majestades, esta es la joven a la que el Príncipe trajo del bosque. Su nombre es Miosotis."
El Rey observó a Miosotis con curiosidad. "¿Eres tú la que encontró a mi hijo herido?"
"No, Majestad", respondió Miosotis con una reverencia. "Fue el Príncipe... bueno, la criatura... quien me encontró a mí. Unos bandidos me atacaron en el bosque..."
Con voz temblorosa, Miosotis les relató su huida de la Manada Luna Plateada, el rechazo de Kieran y el ataque de los bandidos. Ragnar escuchó su relato en silencio, su corazón sintiendo una punzada de dolor por el sufrimiento de la joven omega. Pero en algún rincón oscuro de su ser, también sintió una punzada egoísta de alivio de que hubiera sido rechazada, que estuviera ahora allí, a su lado.
"Lo siento mucho, niña", dijo la Reina con genuina tristeza en su voz. "Nadie debería pasar por algo así."
Ragnar tomó la mano de Miosotis con suavidad, sus dedos fuertes contrastando con la delicadeza de los de ella. "No tienes que temer nada aquí, Miosotis. Estás a salvo." La miró a los ojos, y Miosotis sintió una corriente eléctrica recorrerla.
La conexión entre ellos era innegable, aunque ninguno de los dos comprendiera su profundidad. Se sentían atraídos el uno hacia el otro por una fuerza invisible, una necesidad mutua que trascendía la lógica. Ragnar sentía el impulso de protegerla, de cuidarla como si su propia vida dependiera de ello. Miosotis, a pesar de su inicial temor hacia la bestia, ahora sentía una profunda empatía y un deseo apremiante de aliviar el sufrimiento del príncipe, de calmar la criatura que habitaba en su interior.
Más tarde ese día, Ragnar habló con sus padres sobre sus intensos sentimientos hacia Miosotis. "Nunca he sentido algo así, Madre, Padre", confesó, su voz llena de asombro. "Siento la necesidad de protegerla, de tenerla cerca. Mi bestia... se calma en su presencia. Es como si una parte de la maldición... se desvaneciera cuando ella está cerca."
Los Reyes se miraron, sorprendidos por la intensidad de las palabras de su hijo. Nunca lo habían visto reaccionar así ante nadie.
Mientras tanto, en sus aposentos, Miosotis no podía dejar de pensar en el príncipe. Su mirada azul, la calidez de su mano, la sensación de seguridad que había experimentado brevemente en sus brazos... Deseaba verlo de nuevo, hablar con él, entender la extraña conexión que compartían. Su instinto de sanadora la impulsaba hacia él, una necesidad de aliviar el dolor que percibía en su aura.
En los días que siguieron, Miosotis y Ragnar tuvieron encuentros "fortuitos" en los pasillos del castillo, en los jardines tranquilos. Intercambiaban miradas furtivas, sonrisas tímidas, palabras suaves. Descubrieron una afinidad inesperada, intereses comunes y una comprensión tácita que florecía entre ellos. La atracción era innegable, un fuego silencioso que comenzaba a arder con intensidad.
Sin embargo, su creciente cercanía no pasó desapercibida. Los cortesanos, siempre ávidos de chismes y dramas palaciegos, pronto se dieron cuenta de la presencia de la misteriosa omega en el castillo. Los rumores comenzaron a circular como la pólvora.
"¿Viste a la omega con el Príncipe en los jardines ayer?", susurró una dama de la corte a su vecina durante el desayuno. "Parecían muy... íntimos."
"Se dice que fue rechazada por el hijo del Alfa de la Manada Silvermoon", respondió la otra con un tono condescendiente. "Una omega deshonrada. ¿Qué interés podría tener el Príncipe en alguien así?"
"Quizás la salvó de algo terrible en el bosque", aventuró un joven caballero.
"O quizás lo embrujó con alguna magia oscura", replicó una anciana noble con desconfianza. "Su llegada coincide con el extraño estado del Príncipe. Dicen que lo encontraron desmayado junto a las puertas, ¡algo nunca antes visto!"
Los murmullos se extendieron por los salones, las cocinas, los establos. La historia de la omega rechazada que había sido traída al castillo por el príncipe maldito se convirtió en el tema central de todas las conversaciones. Algunos sentían lástima por la joven, otros la veían con sospecha, y algunos pocos, que habían presenciado la extraña calma que emanaba de ella en presencia del Príncipe, comenzaban a preguntarse si había algo más en esta misteriosa recién llegada.
La llegada de Miosotis había perturbado el delicado equilibrio de la corte, sembrando curiosidad, especulación y una creciente sensación de que algo extraordinario estaba a punto de suceder. El destino, como siempre, tejía sus hilos invisibles, uniendo a la omega rechazada y al príncipe maldito en un tapiz de secretos, sanación y una atracción que desafiaría todas las expectativas.