Capítulo 3: El Encuentro del Destino

2240 Words
La noche era un manto frío y silencioso sobre los límites del Reino de Lykaios, una oscuridad que se sentía más densa que en los territorios conocidos. Miosotis yacía inconsciente bajo el anciano pino, su cuerpo tembloroso por la fiebre y el agotamiento. Sus sueños eran una mezcla confusa de la humillación de Kieran y el rostro de su abuela, susurrando palabras inaudibles. El bosque, que había sido su refugio, ahora se sentía como una prisión de sombras y peligros desconocidos. El silencio de la noche se rompió bruscamente. Miosotis, a pesar de su estado semi-inconsciente, sintió una vibración inquietante en el suelo, el crujido de hojas secas acercándose. Su instinto, dormido por el agotamiento, lanzó una señal de alarma. Sus ojos se abrieron con dificultad, borrosos al principio, hasta que distinguió cinco siluetas emergiendo de entre los árboles, moviéndose con una familiaridad demasiado casual en el bosque. Eran bandidos. Hombres rudos, con ropas mugrientas y rostros curtidos por el vicio. Sus ojos, bajo las sombras de sus capuchas, brillaban con una codicia alarmante al ver a la joven y delicada omega tendida en el suelo. Llevaban garrotes y cuchillos oxidados, y el aire se llenó con el hedor acre del alcohol y la suciedad. "¡Mira lo que la luna nos ha traído esta noche, muchachos!", gruñó uno de ellos, el más grande y de voz más áspera, con una cicatriz cruzándole el ojo izquierdo. Se arrodilló junto a Miosotis, su aliento fétido sobre su rostro. "Una flor silvestre, perdida y desprotegida. ¿No te escapaste de casa, dulce niña?" Miosotis intentó retroceder, arrastrándose lejos, pero su cuerpo no respondía. El dolor de su brazo herido se intensificó con el movimiento, y las ampollas en sus pies pulsaban. "Déjenme en paz," murmuró, su voz apenas un susurro. Otro bandido, delgado y con una risa cruel, la tomó del cabello, tirando de su cabeza hacia atrás. "¡No tan rápido! ¿Qué traes en esa mochila, eh? Y un vestido tan bonito... debe haber algo de valor en esta criatura." Un tercer hombre, más joven y con una mirada menos dura, se acercó, pero el grandote lo detuvo con un gruñido. "¡Quieto, Roldán! Primero nos divertiremos un poco. Después, veremos qué esconde." La desesperación invadió a Miosotis. Intentó gritar, pero su garganta estaba seca y adolorida. Luchó, pataleando débilmente, pero su fuerza era ínfima frente a la de esos hombres. El bandido corpulento le dio una bofetada en la mejilla, un golpe que resonó en el silencio del bosque y la dejó mareada. Un hilo de sangre brotó de su labio partido. La mochila fue arrancada de su lado, y sus pocas pertenencias se esparcieron por el suelo. Luego, el delgado bandido la pateó en el costado, haciéndola gemir de dolor y sentir que el aire se le escapaba de los pulmones. No era un ataque brutal con la intención de matarla de inmediato, sino de someterla, de humillarla, de robarle no solo sus bienes sino su dignidad. "¡No tienen que hacer esto!", logró exclamar, con lágrimas brotando de sus ojos. "Oh, claro que sí," se burló el líder, sacando un cuchillo. La hoja fría se posó en su cuello. "Ahora, sé una buena niña y dinos qué más tienes." A kilómetros de distancia, en la oscuridad del bosque fronterizo, el Príncipe Ragnar en su forma bestial se movía como una sombra poderosa, su pelaje oscuro apenas visible contra la noche. La transformación había sido particularmente violenta esta luna llena, el tormento de la maldición más agudo que nunca. Su mente humana era una vela parpadeante en un huracán de instintos primales. Pero incluso en la cúspide de su agonía, algo inusual perforó la niebla de su furia. Un olor. No el de sangre de caza, ni el de la tierra o el pino. Era un aroma dulce y delicado, como fresas recién cortadas mezcladas con crema de vainilla, una fragancia casi etérea que contrastaba brutalmente con el hedor a miedo y agresión humana que ahora lo acompañaba. Su bestia, usualmente solo impulsada por el hambre y el tormento, sintió una punzada de angustia y terror ajeno. Era una llamada, un grito silencioso que resonaba en lo más profundo de su ser. El lobo dentro de Ragnar, esa parte primal que había sido corrompida, ahora sentía una extraña atracción, un impulso protector que superaba su propia miseria. Los aullidos de angustia de la omega lejana eran un llamado irresistible. El instinto tomó el control. Su cuerpo bestial, desproporcionado y aterrador, se movió con una velocidad cegadora a través del bosque, siguiendo el rastro del miedo y el dulce perfume. Cuando irrumpió en el claro, el espectáculo que encontró hizo rugir a la bestia en su interior con una furia cegadora. Cinco figuras humanas estaban sobre una más pequeña y frágil, que luchaba débilmente. El olor a fresas y crema era abrumadoramente dulce ahora, mezclado con la sangre y el miedo. ¡Estaban atacando a una omega! No hubo vacilación. No había tiempo para la razón. Solo un instinto primitivo y protector. El Príncipe Ragnar, en la cúspide de su maldición y su tormento, se convirtió en un torbellino de garras y colmillos. El primer bandido, el de la cicatriz, apenas tuvo tiempo de registrar el rugido bestial antes de ser arrojado lejos con la fuerza de un rayo, estrellándose contra un árbol. Sus gritos fueron ahogados por la propia garganta al sentir sus huesos romperse. El lobo de Ragnar se lanzó sobre el segundo, sus colmillos atravesando carne y hueso con una eficiencia brutal. Los otros bandidos, paralizados por el terror ante la aparición de la criatura de pesadilla, apenas reaccionaron. El delgado bandido intentó huir, pero la cola de Ragnar lo envolvió y lo azotó contra el suelo, dejándolo inerte. Los dos restantes, con el terror en sus ojos, dejaron caer sus armas y se dispersaron en la oscuridad, huyendo tan rápido como sus piernas les permitían. Ragnar no los persiguió. Su atención estaba completamente fija en la pequeña figura tendida en el suelo, encogida, temblorosa, pero viva. La furia se desvaneció, reemplazada por una necesidad abrumadora. Se acercó a Miosotis, su enorme figura proyectando una sombra ominosa sobre ella. Miosotis, aún mareada y adolorida, levantó la vista. Lo que vio la dejó sin aliento. Una criatura de pesadilla, negra como la noche, con ojos carmesí que brillaban en la oscuridad, se cernía sobre ella. Sus garras eran largas y afiladas, y los colmillos sobresalían de su boca, teñidos con la sangre de los bandidos. Era aterrador, una encarnación de sus peores pesadillas. Su instinto le gritó que huyera, que se arrastrara lejos de esa bestia. Pero algo en los ojos rojos, un destello de inteligencia, de dolor, la detuvo. Y luego, el aroma. El mismo aroma salvaje del bosque que había sentido antes, pero ahora mezclado con una extraña calidez, una esencia casi… magnética. Y el olor a fresas y crema que emanaba de ella, una fragancia que no había sentido antes, parecía envolver a la bestia. Ragnar se inclinó, su cabeza enorme a pocos centímetros de la de ella. Un gruñido bajo escapó de su garganta, no de amenaza, sino de algo que Miosotis no pudo identificar. ¿Preocupación? ¿Tristeza? La bestia extendió una garra enorme, pero sorprendentemente delicada, hacia ella. Miosotis se encogió, esperando el golpe final. Pero la garra no la tocó; solo apartó suavemente un mechón de cabello de su rostro, dejando una caricia de aire a su paso. Una corriente, cálida y extraña, recorrió a Miosotis desde la punta de sus dedos hasta el corazón. Sintió una conexión palpable con esa criatura, una resonancia que no entendía. A pesar del miedo que le helaba la sangre, una voz en su interior le dijo que no estaba en peligro, que la bestia no la lastimaría. Era una verdad instintiva, irracional, pero innegable. Su corazón latía a un ritmo frenético, pero por primera vez desde el rechazo de Kieran, no era por humillación, sino por el asombro y el terror reverente. "¿Q-quién... qué eres?", Miosotis balbuceó, su voz temblorosa. “Yo me llamo Miosotis” El lobo-bestia la observó, sus ojos rojos fijos en los de ella. Un leve temblor recorrió su enorme cuerpo. Ragnar sentía una necesidad inmensa de proteger a esa omega, de envolverla en su abrazo y asegurarse de que ningún daño la tocara jamás. Su bestia aullaba con una emoción que nunca había sentido: atracción, posesividad, y una profunda calma que nunca creyó posible. El aroma a fresas y crema la envolvía, era un bálsamo para su alma atormentada, una promesa. La bestia de Ragnar bajó su cabeza, frotando suavemente su hocico contra el hombro de Miosotis. La suavidad de su pelaje, a pesar de su inmensidad, era extraña. Miosotis no huyó. Una parte de ella quería, pero otra, más profunda, se sentía hipnotizada, incapaz de romper ese contacto, aunque fuera solo por el roce. Ella sintió una punzada de lástima por la criatura. Había algo en sus ojos que le decía que no era un monstruo por elección. Ragnar se dio cuenta de que Miosotis estaba herida. Sus ojos rojos observaron la sangre en su labio, el corte en su brazo, y la delgadez de su cuerpo. Un gemido bajo, casi un lamento, escapó de su garganta. Se sintió triste y abatido al ver la fragilidad de esa omega, tan golpeada y sola. Su instinto protector se disparó. Con una delicadeza sorprendente para su tamaño, la bestia de Ragnar se agachó. Con su enorme pata, acunó suavemente el cuerpo de Miosotis. Ella no opuso resistencia, demasiado débil y asombrada. Él la levantó, sosteniéndola tiernamente en su regazo, como si fuera el objeto más preciado del mundo. Miosotis apoyó la cabeza contra su pelaje, y, a pesar de la sangre y el olor salvaje, sintió una extraña seguridad. Con Miosotis acunada en su regazo, la bestia de Ragnar se movió a través del bosque. No hacia su guarida, no hacia las profundidades salvajes, sino en dirección al castillo, hacia la única protección que conocía. Cada paso era impulsado por la necesidad de llevarla a un lugar seguro, de cuidarla. La fragilidad de Miosotis era un ancla para su mente bestial, un faro en la oscuridad de su maldición. El dulce aroma a fresas y crema la envolvía, actuando como un bálsamo que calmaba los rugidos internos y los impulsos destructivos. Era una sensación de paz que no había experimentado desde antes de la maldición. A medida que se acercaban a los muros del castillo, la bestia de Ragnar sentía una calma profunda que nunca antes había conocido. Era una paz inmensa, dulce, como si una herida antigua en su alma comenzara a cerrarse. La presencia de Miosotis en sus brazos era el antídoto que su cuerpo y su mente habían anhelado. Con esa calma, sin embargo, vino un debilitamiento repentino de la maldición. La energía que lo mantenía en su forma bestial comenzó a drenarse, y el cansancio acumulado de la transformación se hizo abrumador. Los guardias de la muralla, alertados por el sonido del movimiento y el aura inusual que emanaba del bosque, observaron con horror cómo una gigantesca bestia se acercaba a las puertas, llevando una figura pequeña y desvalida. Estaban a punto de sonar las alarmas y lanzar una lluvia de flechas cuando la bestia se detuvo justo fuera del alcance de los arcos, y entonces sucedió lo impensable. Ante sus ojos, en un destello de luz tenue y un sonido de huesos reacomodándose, la criatura comenzó a encogerse. El pelaje n***o se desvaneció, y en su lugar apareció la figura del Príncipe Ragnar. Con Miosotis aún acunada en sus brazos, el Príncipe se tambaleó, sus ojos azules, recién restaurados, se posaron por un momento en el rostro inconsciente de la omega. Una sonrisa fugaz y apenas perceptible se dibujó en sus labios, una mezcla de alivio y una profunda conexión. "Miosotis...", murmuró su nombre, la primera palabra humana que articulaba desde el inicio de la transformación. Entonces, con un último suspiro, el Príncipe Ragnar se desmayó, cayendo al suelo junto a las puertas del castillo, aún sosteniendo a Miosotis protectivamente. Los guardias corrieron hacia ellos, conmocionados. Al ver al Príncipe inconsciente y la delicada omega herida, el capitán de la guardia dio órdenes urgentes. "¡Rápido! ¡Lleven al Príncipe a sus aposentos! ¡Y esta joven... llámen a la Sanadora Real de inmediato! ¡Y nadie hable de esto fuera de estos muros!" Miosotis fue levantada con sumo cuidado del regazo de Ragnar y llevada de inmediato a la sala de sanación del castillo. Allí, bajo la tenue luz de las velas y el aroma a hierbas medicinales, la Sanadora Real, una mujer anciana y de manos suaves, comenzó a examinar sus heridas. El corte en su brazo, el labio partido, los moretones en su cuerpo, todo fue tratado con ungüentos y vendajes limpios. La Sanadora, con una mirada perspicaz, notó la extraña serenidad en el rostro de la omega, a pesar de la agonía. Mientras la Sanadora trabajaba, Miosotis, aún en la nebulosa de la fiebre, sintió una extraña calma extenderse por su cuerpo. Ya no estaba sola. Y aunque no entendía cómo, la bestia de la que había escapado, y el príncipe maldito que ahora descansaba, habían sido su salvación, y el inicio de algo mucho más grande de lo que jamás hubiera imaginado.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD