Capítulo 2

925 Words
Chloe’s POV «No me coges como me coge Sylvia». Esas palabras retumbaban como un eco estridente en mi cabeza. Me quedé helada. Intenté hilar palabras, pero la voz no me salía. Mi cerebro era incapaz de procesar lo que acababa de escuchar. Las lágrimas me rodaban sin control por la cara. —Siempre lo hice exactamente como tú querías —dije con un hilo de voz—. ¿Y aun así preferiste destruirme... y con mi mejor amiga? —A ver, shhh, ya estuvo bueno de tanta cantaleta. Como verás, estábamos ocupados cuando entraste como Pedro por su casa y todavía no terminamos. Así que lárgate, escuincle ridícula —dijo Sylvia sonriendo mientras se dirigía a la puerta, aún completamente en cueros, con las tetas rebotándole de lado a lado. Ladeó la cabeza y sus ojos brillaron con pura malicia. —Por ahí se sale —añadió señalando la puerta. Jack se cruzó de brazos, de pie junto a la cama, con una sonrisa cruel en los labios. —Ya la oíste, mi reina. Con permiso, retírate. Dí un paso atrás tambaleándome. Me dolía hasta el último rincón del cuerpo. Solté un sollozo desgarrador. —Yo te amaba, Jack. —Lo sé —dijo Sylvia con voz fingidamente dulce mientras se acercaba a mí. Se estiró y me acomodó un mechón de pelo detrás de la oreja con una sonrisa falsa. Me mataba por dentro ver cómo la persona a la que llamaba mi mejor amiga me hacía esto. —Jack, por favor, dime que todo lo que vivimos no fue mentira. Dile a Sylvia que a la única que amas es a mí —suplicaba entre sollozos fuera de mí. Jack ni se inmutó; me veía llorar deshecha y se quedaba tan campante. Ahí supe que lo había perdido todo. Sylvia regresó con él, le agarró el paquete y empezó a sobárselo de nuevo, pasándose mi dolor por el arco del triunfo. Y el muy infeliz no pudo evitar soltar un gemido fuerte. Le manoseó las tetas y empezaron a besarse y a cachondear salvajemente mientras caían en la cama. Algo dentro de mí se rompió por completo. Salí tambaleándome de la habitación mientras me limpiaba las lágrimas, sin ser consciente de cómo me movía. Caminé bajo la lluvia por una calle solitaria, con un viento helado que me calaba hasta los huesos, pero me daba igual. Todo se sentía... vacío. Pensé que me pondría a gritar, pero no lo hice; no me salía. El silencio pesaba más. Me puse a pensar en cómo éramos antes. Ni siquiera sabía a dónde iba, pero mis pies me llevaban hacia las afueras del pueblo. —¡Que se vaya al carajo! —murmuré con rabia. —¡Otra! —exigí. El barman no dudó ni un segundo en servirme otra ronda de shots. Me lo tomé de un trago, sintiendo cómo el alcohol me quemaba la garganta. Solté una risita amarga. Me empiné otro shot. Y fue justo ahí cuando lo vi: sentado en una esquina, con un vaso de whisky en la mano, envuelto en penumbras pero destacando como un dios. Alto, de espaldas anchas. Tenía una mandíbula bien marcada, cubierta por una barba de tres días. Sus ojos, penetrantes e indescifrables, se clavaron en los míos. Me limpié la boca con el dorso de la mano. —Servidor, otra —exigí, pero no obtuve respuesta porque, al levantar la mirada, el barman ya no estaba. —Vánse todos al carajo —siseé. No sabía qué buscaba, pero me encaminé hacia él. Tal vez era la rabia, tal vez la traición, el vacío en el pecho o tal vez, simplemente, no quería seguir sintiéndome como una bazofia. A pesar de que la música retumbaba a todo volumen, podía escuchar los latidos acelerados de mi propio corazón resonándome en los oídos. Me limpié los ojos una vez más, pero ya no estaba ahí. Había desaparecido. Justo en ese momento, un tipo en traje azul se me acercó... —El señor Drake quiere hablar con usted. —¿Y quién carajos es el señor Drake? —arrastré las palabras—. Dile al güey que te mandó que venga él mismo a buscarme. —Pff —se burló el tipo—. Mire, señorita, camínele rápido, que al señor Drake no le gusta que lo hagan esperar. —¡Ajá! ¿Acaso te quieres morir o qué? —exclamé. Antes de que pudiera pronunciar otra palabra, el sujeto me agarró del brazo. —¡Óyeme! ¡Tienes hasta la cuenta de tres para soltarme o verás! —grité furiosa. Pero el tipo ya me estaba jalando a la fuerza. Sin pensarlo dos veces, le solté una patada bien dada en los huevos; pegó un grito desgarrador y me soltó. Salí hecha la mocha de inmediato. Volteé mientras corría y vi que el troglodita ese venía pisándome los talones. —¡Mierda! ¿En qué pedo me vine a meter? —murmuré para mis adentros. Llegué al pasillo del lugar y empecé a probar las puertas de los cuartos para ver si alguna estaba abierta. —¡Parate ahí, bruja! —me gritó el tipo, que ya casi me alcanzaba. Para mi buena suerte, empujé una puerta a mi derecha que decía «VIP» y cedió. Me metí de un brinco y le pasé el seguro de volada. —Uff, de la que me salvé —respiré aliviada. —¿Qué carajos haces ahí? Mueve el trasero para acá de una vez, que no me caracteriza la paciencia.
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