Capítulo 5

868 Words
Chloe’s POV El corazón me retumbaba en el pecho al sostenerle la mirada. Su rostro se endureció al instante, mientras una tormenta se gestaba tras sus ojos. Me miraba como si el suelo se le hubiera movido bajo los pies, como si acabara de estrellarse contra algo para lo que no estaba listo. Por un momento, nadie dijo una sola palabra. El mundo se congeló, el sonido y el movimiento se apagaron, hasta que el amigo de Jack rompió el silencio, sonriendo como si nada pasara. —Chloe, qué gusto verte. Vaya, ni me enteré de que andabas con nosotros. Jack no dijo ni pío. Jack se puso rígido a su lado, apretando la mandíbula. Su voz sonó como un latigazo. —Cállate. Le clavé la mirada, dejando salir toda la amargura que me burbujeaba por dentro. —Obvio no iba a decir nada. Ya terminamos. Supongo que tampoco te contó eso. ¿Para qué lo haría? Decir la verdad no es lo suyo. La cara de Jack se ensombreció mientras se me acercaba, bajando la voz como si todavía pudiera dominarme. —No me hagas un pancho aquí, Chloe. Solté una risa amarga, un sonido seco y vacío. —¿Hacerte un pancho? El ridículo lo hiciste tú solito cuando te acostaste con mi mejor amiga. Su amigo se quedó helado y la sonrisa se le borró de golpe. Se le desencajaron los ojos al caer en la cuenta. —Espérate... ¿qué? Jack, ¿es en serio? El ambiente se volvió asfixiante. Todas las miradas cayeron sobre Jack, quien tragó grueso pero no lo negó. La mirada del desconocido se clavó en Jack como una navaja, apretando la mandíbula con tal fuerza que pensé que se le rompería. Luego, lentamente, volvió a mirarme. Había sorpresa en sus ojos, sí, pero debajo de eso, había algo más. Algo más oscuro. Un deseo puro y sin rodeos chispeaba en su mirada como una llama peligrosa que no podía ocultar. Jack intentó salvar el pellejo agarrándome del brazo. —Vamos a hablar a solas. Le zafé el brazo de un jalón, con voz fría y cortante. —Ni me toques, esto se acabó. No quiero saber nada más de ti. Y entonces, me giré hacia el desconocido. La rabia en mi interior se suavizó, reemplazada por algo aterradoramente real, algo que ya no podía contener. Me temblaba la voz, pero mis palabras llevaban una convicción absoluta. —No quiero a Jack. Ya no. Me traicionó. Me rompió el corazón. Pero tú... —se me cerró la garganta al sostenerle la mirada—. A ti sí te quiero. Su pecho subía y bajaba con una respiración pesada y agitada. Su rostro se ensombreció, como si cada palabra mía lo estuviera despedazando por dentro. —No sabes lo que estás diciendo —murmuró con voz baja y peligrosa. Pero no me eché para atrás. No podía. —Sé perfectamente lo que estoy diciendo —insistí, soltando las palabras como fuego—. Jamás me había sentido como me sentí contigo esa noche. No me lo puedo sacar de la cabeza. Me importa un carajo qué seas de Jack. Me importa un carajo todo lo demás. Te quiero a ti. El amigo de Jack se quedó con la boca abierta del shock. Jack, por su parte, explotó, pasándose la mano por la cara mientras maldecía a todo volumen. —¿Te volviste loca, Chloe? —gritó—. ¡Ese es Drake, mi papá! ¡Ah! Conque se llama Drake. Me giré hacia él, con el pecho agitado y la voz encendida. —Pues hubieras pensado bien lo que hacías con Sylvia antes de perderme. Porque me perdiste. Él se dirigió a su amigo: —No le creas nada de lo que dice. Está alucinando porque le terminé. No está bien de la cabeza. Luego se giró hacia mí: —Chloe, entiendo que estés despechada y por eso digas pendejadas, pero mídete con lo que dices. Drake no me quitaba los ojos de encima. Durante un segundo eterno y denso, nadie dijo nada. Éramos solo él y yo, parados en medio de una tormenta capaz de destruirlo todo. Finalmente, su voz rompió el silencio, ronca y tensa. —Esto... esto no puede pasar. Pero me acerqué un paso más, temblando, pero firme en mi decisión. —Ya pasó. Jack pensaba que yo estaba alucinando, jamás se le pasó por la cabeza que yo tuviera algo que ver con su papá. Pero se equivocó rotundamente, porque yo ya me había acostado con él. Más tarde esa noche, no podía pegar el ojo. Me daba vueltas en la cama con las sábanas hechas un nudo a mi alrededor. Tenía el cuerpo inquieto y la mente no se me apagaba. Cada vez que cerraba los ojos, lo veía a él. Sus ojos. Su voz. El hambre con la que me miraba, como si me deseara y se odiara a sí mismo por eso al mismo tiempo. Por eso, cuando mi celular vibró y vi iluminarse la pantalla con un número desconocido, se me cortó la respiración. Un solo mensaje: Ven al hotel. Habitación 406. No lo dudé ni un segundo. Sabía que era él.
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