Jared se encontraba de pie en el altar, con las manos crispadas a los costados y el corazón latiendo con fuerza, pero no de emoción… sino de inquietud. Había mirado ya por milésima vez su reloj de muñeca, viendo los minutos pasar, preguntándose por qué no aparecía Yia. A su alrededor, los murmullos empezaban a crecer entre los invitados, como un susurro de viento antes de la tormenta. Los músicos repetían la misma melodía suave para mantener la calma, pero hasta ellos sabían que algo estaba fuera de lugar. Jared levantó la vista y buscó con urgencia a Sol, Susan y Luna, alineadas junto a los arreglos florales como damas de honor. Las tres intercambiaron miradas tensas y se encogieron de hombros. Ellas también estaban desconcertadas. Después de que Yia les pidiera quedarse sola, habían as

