La noche había caído suavemente sobre el cielo, como un velo de terciopelo lleno de estrellas. El aire aún conservaba los suspiros y los aplausos de una ceremonia que quedaría en la memoria de todos los presentes, pero ahora, en la intimidad de la habitación iluminada por velas y aromas dulces, solo existían ellos dos: Yia y Jared. El vestido de novia yacía doblado con delicadeza sobre una silla, como un testigo silente de todo lo vivido ese día. Yia estaba frente a la gran ventana, con un camisón blanco de seda que acariciaba su piel con cada movimiento, como si supiera que esa noche debía recordar cada roce, cada emoción, cada suspiro. Jared se acercó a ella desde atrás, envolviéndola con sus brazos fuertes y seguros, apoyando su mentón sobre su hombro. —Estás hermosa —susurró, y ella
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