El sonido de la puerta cerrándose fue como un eco que resonó en el pecho de Yia. Se quedó de pie en medio de la sala, abrazándose a sí misma, sintiendo el peso de todo, de sus lágrimas, del amor de James, de su loba susurrándole su nombre una y otra vez: Jared… Jared… Y ella negaba con la cabeza, porque no debía… porque no podía. No después de todo. Pero entonces, otro sonido rompió el silencio. Una respiración contenida. Una presencia que hizo que su piel se erizara al instante. Yia levantó la vista y allí estaba él. Jared. Apoyado en el marco de la puerta que James había cerrado apenas unos segundos antes. No supo cómo había llegado ahí, si la había seguido, si la había sentido, o si simplemente porque los lobos siempre vuelven a casa. Pero estaba ahí. Su cabello un poco desorde

