El roce del glande en su entrada hizo que Susan mordiera su labio inferior, dominada por un deseo que la hacía temblar. Lentamente, Ian fue empujándose dentro de ella, y el cuerpo de la Omega se estremeció mientras sus uñas se clavaban en la espalda del hombre, buscando algo en qué aferrarse mientras el dolor la atravesaba. —¡Ah!... Mierda, Ian... —gimió entre lágrimas— D-duele... Las lágrimas rodaban por sus mejillas, y cada centímetro que la llenaba parecía arder, pero Susan no quería que se detuviera. Confiaba en él. —Joder, Susan... —gruñó Ian, jadeante— Eres tan estrecha... La estrechez con la que su cuerpo lo envolvía hacía que cada movimiento fuera una mezcla entre el más puro deseo y la necesidad de controlarse para no lastimarla. Todavía no la había penetrado por completo, así

