La cena había terminado, y aunque los Vasco todavía no estaban del todo a favor de esa relación, amaban a su hijo y lo apoyarían, incluso si eso iba en contra de su propio legado. Sol, al ver la unión tan sólida que tenía esa familia, bajó la cabeza. El recuerdo de sus padres pidiéndole perdón regresó a su memoria como una punzada en el pecho. —Y dinos, Sol... ¿tienes hermanos? —la voz de la señora Vasco atrapó la atención del Omega. —Sí, una hermanita de nueve años —sonrió con ternura al recordarla; hacía mucho que no la veía. —¿De verdad? ¿Cómo se llama? —preguntó entusiasmado el pequeño Noah. —Jennie. —¿Y puedo conocerla? —su sonrisa deslumbraba, y a la Omega le parecía muy tierno. —Está en Londres —respondió con una sonrisa melancólica. —Mami... ¿puedo ir a Londres? —todos se s

