4.

1766 Words
Despertó con un sobresalto. Tendida sobre la cama, con la ropa de la noche anterior y sin cobijarse. Se volteó lentamente. La cama estaba vacía y los sucesos de unas horas antes la golpearon con fuerza. Se cubrió el rostro, mientras tomaba profundas respiraciones. Era muy temprano aún, pero sabía que no podría conciliar el sueño de nuevo, así que dejó la cama, se dio un baño y se puso ropa holgada y caliente. Bajó a la primera planta y preparó el café. Su mirada permanecía fija en el líquido oscuro que caía en el recipiente, el vapor tibio y aromático le reconfortó tan solo un poco. No alzó la mirada cuando escuchó pasos que bajaban la escalinata, ni se movió cuando sintió su presencia en la entrada de la cocina. - Estás aquí – dijo Javier con un suspiro. - ¿Creíste que empacaría mis cosas y me iría en medio de la noche? – su tono era más duro de lo que había esperado. Tomó dos tazas de la alacena y sirvió la bebida. - Sinceramente… sí, lo creí por un momento – respondió el hombre y le escuchó acercarse. - No podía dejar a los niños solos. Hoy tienes inspección en el terreno, ¿no es así? – Hasta entonces, se volteó y le tendió la taza. Aun así, no se atrevió a mirarlo a los ojos. No creía tener el valor para hacerlo. - No, tú no podrías irte y dejarlos así sin más… Tú no eres así – respondió él con tono cálido, lo que le provocó a la joven un nudo en la garganta – Mira, Adriana, obviamente no era así como querías que te enteraras. Ni siquiera sé qué dije anoche… ¿Podrías esperar a que vuelva esta noche? Creo que tenemos que sentarnos y hablar con calma – Con un esfuerzo, ella lo miró a los ojos. Su mirada era cálida y suplicante, sus labios leventemente fruncidos, como solía hacer Esteban cuando trataba de salirse con la suya. Se limitó a asentir y Javier sonrió, aliviado. - Gracias – se inclinó y besó su mejilla – Te prometo que volveré temprano. No te preocupes por la cena. Yo me encargo – Sin esperar su respuesta, se dio media vuelta y volvió a la planta alta. Ella permaneció en la cocina, tratando de aliviar con el calor del café el frío que sentía en su interior. Esa sensación de pesadez que le impedía moverse. Solo reaccionó cuando escuchó a Esteban llamarla y se apresuró a ir con el niño. Javier salió sin despedirse y Adriana lo prefirió así. Tenía tan solo unas horas y mucho que hacer, así que no había tiempo que perder. - 0- Él cumplió su promesa, tenía que concederle eso. No había anochecido cuando escuchó el ruido de su auto. Los niños corrieron a su encuentro, felices de verlo y más felices aún cuando vieron la caja de pizza. En tácito acuerdo, ambos se enfocaron en los niños. Luego de dar cuenta a sendas porciones de pizza, Adriana llevó los niños a la cama. Permaneció con ellos algo más de tiempo, como si su presencia pudiera protegerla de lo que le esperaba. Besó por milésima vez la frente de Mariana y se incorporó. ¿De qué valía seguir ocultándose? Ya sabía lo que sucedía. Permanecer allí no lo cambiaría. Javier la esperaba en la cocina, un vaso de agua frente a él y la mirada fija en un punto invisible en la encimera. - ¿Todo está bien? Demorabas – dijo en cuanto la vio acercarse. No creyó necesario responder. - ¿Quieres beber algo? – Adriana negó y buscó una carpeta que había dejado a un lado. La deslizó hasta él y tomó asiento. - Hablé con la agencia de niñeras. Hay dos personas que me parecen adecuadas para cuidar de los niños. Ambas tienen amplia experiencia, sus atestados y recomendaciones son las mejores. Ambas están dispuestas a trabajar tiempo completo y a iniciar de inmediato – El hombre no ocultó su sorpresa y ojeó los documentos, desconcertado. - Tal vez puedas hablar con ellas mañana, así, en un par de días yo pueda mudarme – - ¿Mudarte? Adriana, pero… - le miró desconcertado y ella aguardó que acabara la frase. Él ordenó sus pensamientos y preguntó: - ¿Volverás a casa de tus padres? – - Sí… no – se corrigió rápidamente – Buscaré un lugar para mí – - No tienes que mudarte de inmediato – la joven iba a replicar, pero él la detuvo con un gesto – No hay prisa. No tienes que volver a casa de tus padres – tomó sus manos – Puedes quedarte aquí el tiempo que desees… - No, no puedo Javier – ella retiró las manos y las colocó en su regazo – No cuando quieres iniciar una relación con otra persona – - Bueno, no es como que Mónica se vaya a mudar de inmediato – replicó con tono ligero. - De todas formas, no creo correcto quedarme aquí – - Será difícil explicar a los niños que te vas – su rostro se ensombreció. - Encontraré la manera – susurró Adriana. - Te reitero que no hay prisa para que te mudes, pero si así lo quieres… Tengo algunos apartamentos de la empresa libre. Puedes escoger cualquiera de ellos y permanecer allí el tiempo que desees… no tendrás que preocuparte por el alquiler o el pago de servicios… - No es necesario – le detuvo con un gesto – Buscaré un lugar para mí, no necesito demasiado y empezaré de inmediato a buscar trabajo – - Déjame ayudar, Adriana… es lo mínimo que puedo hacer… Quiero decir, no tienes trabajo, ni donde vivir… Algo en sus palabras o tal vez fuera el tono que usó le molestó profundamente. Tal vez solo era orgullo, aunque lo que había dicho era verdad. - Así es, Javier. Dejé mi trabajo, mi hogar por venir aquí. Para estar contigo y con los niños… y ahora debo empezar de nuevo – - Lo siento, yo… - No te disculpes – su tono tomó más calor – No te lo reprocho. Sabía lo que hacía. Fue mi decisión, pero ahora las cosas han cambiado – - Yo no lo planeé así. Ha sido una sorpresa para mí… Tú eres increíble… Cuidaste de mí y de los niños, pero… solo sucedió – Adriana lo observó un momento. No dudaba de sus palabras. Pero escucharlo no le hacía sentir mejor. - Así es, simplemente sucedió – se aclaró la garganta – Simplemente conociste a una mujer que te hizo sentir cosas que yo no… Que te enamoró en unos pocos días – - Adriana, yo… - No tienes que darme explicaciones – exhaló un suspiro – Supongo que así debía ser… - paseó la mirada por la cocina hasta volver a posarla en las líneas grisáceas que surcaban la superficie de mármol de la encimera - ¿Sabes de qué me di cuenta mientras empacaba mi ropa? – Javier le miró algo confundido y negó con la cabeza. - Me di cuenta que luego de dos años, no hay nada mío en esta casa – su tono era apagado – Una vez que desocupé las gavetas del guardarropa y tomé mis cosméticos del baño, la habitación lucía exactamente igual que como lo hacía cuando te conocí – extendió el brazo y señaló el espacio a su alrededor – No hay nada en ningún otro aposento que quiera llevarme conmigo. Nada que me pertenezca… - No digas eso, este ha sido tu hogar todo este tiempo… Sacudió la cabeza. - Creo que, a pesar de los meses juntos, nunca dejé de ser un huésped – - Eso es muy injusto, Adriana – protestó Javier, irguiéndose. - No, simplemente es la verdad. Fuimos compañeros, cohabitábamos… dormíamos en la misma cama, pero nunca me viste como tu pareja, ¿no es así? No me veías como tu pareja, como la mujer que amabas… No nos veías juntos a largo plazo… Por eso nunca permitiste que los niños me llamaran mamá – Javier oprimió los labios. No lo negó, no trató de convencerla que era un error y sintió que su corazón se quebraba un poco más. Habría deseado que él se opusiera y la convenciera que la había amado, que había imaginado un futuro con ella, aunque fuera por un poco tiempo. - Cuando nos conocimos – continuó tratando de que su voz no se quebrara. Al menos, podría ser honesta consigo misma y con él – La muerte de Laura era reciente y sabía que tu mente y tu corazón no estaban en encontrar una nueva pareja. En ese momento, ante todo, necesitabas una mano amiga que te acompañara en tu duelo y fuera un apoyo mientras volvías a poner los pies en la tierra y te hacías cargo de tus niños. Y fui respetuosa de tu dolor y te di tiempo y espacio para sanar, para tratar de recuperar el control de tu vida luego de una pérdida tan devastadora y luego… la cercanía, la convivencia creó esa ilusión de que podría haber algo más… Esperaba que poco a poco, la amistad y la camaradería dieran paso a algo más… - tomó una profunda respiración. - Yo… lo pensé así – dijo Javier lentamente – Creí que si había alguien con quien podía rehacer mi vida, si había alguien que podía amar y cuidar a Esteban y Mariana como suyos, eras tú. Entre nosotros todo era tan natural y sencillo, que simplemente sucedería, pero… luego de conocer a Mónica me di cuenta que entre nosotros… algo faltaba – Adriana asintió y se puso de pie. - Es lo que es. Habla con las candidatas, para que alguna de ellas inicie cuanto antes. Yo dormiré en el cuarto de huéspedes, pero no me quedaré aquí más que un par de días – - Adriana – él también se puso de pie y fue hacia ella. La tomó por los brazos, haciendo una leve presión para que ella lo mirara – Eres una gran amiga. Jamás podré agradecerte lo suficiente lo que hiciste por mí y por mis hijos. Ellos te adoran y sé que en este momento no quieres saber nada de mí, pero espero que puedas perdonarme y nos mantengamos como amigos. Realmente aprecio y valoro tu amistad, Adriana – Una sonrisa amarga asomó en sus labios - Ya veremos. Por ahora tú tienes que dedicarle tiempo a tu nueva relación y yo necesito tiempo para mí. Buenas noches, Javier –
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