Salvador la hizo incorporarse con mano firme y la empujó unos pasos. Tomó sus manos y las levantó por sobre la cabeza. Un sonido metálico y algo parecido a un tintineo llamó su atención. Ahora sus brazos estaban inmovilizados y pendían en lo alto. Tanteó sigilosamente, pero no podía bajarlos. Las manos de Salvador acariciaron sus caderas y tomó el borde de la pantaleta. La deslizó suavemente y dio un golpecito en su pierna para que ella levantara el pie y poder sacarla por completo. Su mano recorrió la parte interior de su pierna hasta sus muslos, continuó hasta sus nalgas y las separó. Abrió las piernas para darle mejor acceso y para poder mantener un mayor equilibrio. Salvador debía estar arrodillado tras ella, porque no tardó en sentir su dedo rodeando su ano y luego su lengua.

