La primera reacción de mi amigo fue saltarle encima, pero lo frené a tiempo, por lo que nadie lo notó.
Matías caminó con paso seguro y dejó su mochila en una de las mesas. De inmediato fue hacia donde se econtraban las guitarras, pero el profesor lo detuvo. Creo que fue recién ahí, cuando se dió cuenta de que un pequeño grupo observaba sus movimientos.
-Podrías presentarte...- Dijo el profesor.
Sus ojos recorrieron al grupo, compuesto por el docente, Fabián, Aurora, una chica de primer año que toca el violín, el recién llegado Alonso y yo. Cuando sus ojos se posaron en mí, sonrió de manera arrogante, levantando una comisura de sus labios.
Yo le borraba esa sonrisa con una patada en...
-Soy Matías. Matías Asturiano.- Apartó su mirada de mí, pero su sonrisa perduró.- Estudio medicina, voy en tercer año, me gusta tocar la guitarra y cantar. No sé qué más puedo agregar...
-¡Hey, Nicol!- Me dijo el señor Díaz.- Uno que hace lo mismo que tú.- Apenas sonreí, miré el piso y asentí despacio.- Bueno hijo, la sala de música está a tu disposición. Alonso te indicará todo. Fabián, ¿Podrías venir un momento?
-Voy.- Mi amigo , quien obviamente ya sabía quién era el nuevo integrante, fue hacia el profesor, no sin antes dedicarle una mirada de advertencia. Cosa que él respondió con una media sonrisa. Aurora iba a volver a lo suyo, por lo que me dispuse a hacer lo mismo.
Al cabo de un rato, estaba tocando guitarra y tarareando una canción cuando vuelvo a sentirme observada. Igual que siempre. La misma sensación de sentirme transparente bajo aquella mirada que me impacientaba.
Me revolví incómoda, dejé de hacer lo que hacía y levanté la vista, encontrándome con sus ojos.
Matías me miraba fijamente y la sensación seguía. Supe entonces que siempre fue él quien me miraba cuando me sentía así. Podía ser inmune a muchas miradas, pero al parecer, no a la de él.
Muchas personas me habían mirado antes, pues había subido a escenarios y cantado en actos, pero ninguna de esas veces, sentí vergüenza o nervios. Tal como me sentía en ese momento: nerviosa.
-Y éste es el sector de las guitarras.- Dijo Alonso cuando ambos llegaron a mi lado. Intenté volver a hacer lo que hacía, pero me era imposible, mis dedos parecían de gelatina y no servían ni siquiera para sujetar el instrumento. Por lo que preferí dejarlo en el atril, antes de que se cayese.- ¿Dónde vas?
-A buscar mis cosas, me debo ir.
-Te llevo.
-No es necesario, estás aquí con tu amigo, puedo irme sola.
-Insisto, déjame buscar mis cosas y vuelvo.- Se fue antes de que pudiera negarme, dejándonos solos a Matías y a mí. Tomé mi mochila para matar el tiempo.
-¿No me saludas?Cielito.- Me tensé.
-Estaba borracha, cariñito.- En vez de cortar el juego de palabras, como debí haber hecho, lo continué.
-Los borrachos siempre dicen la verdad.
-Siempre hay excepciones.
-No es tu caso.- ¿Por qué estábamos discutiendo por esto?
-Lo que digas... ¿Siempre eres tan...
-¿Hermoso? Sí, cielo.
-...arrogante?
-Por favor, lo que tú tienes de humilde, lo tengo yo de Miss Universo.- Rodé los ojos.
-Entonces me declaro la persona más humilde de este planeta.
Cuando comprendí sus plabaras, me ruboricé. ¿Me ruboricé?
Sí, me ruboricé, a pesar de estar conciente de que él lo dijo para molestarme. Por suerte para mí, justo en ese momento, llegó Alonso.
-¿Nos vamos?- Asentí y afirmé mi mochila.- Adiós Matías, hablamos.
Nos subimos a su auto. Jugué con la radio hasta dar con una canción buena. A los segundos, Alonso habló.
-¿Cómo se conocieron?
-¿Ah?- Dije sólo para hacer tiempo y buscar alguna respuesta, pues ya sabía a lo que se refería, es más, desde que nos subimos al coche, estuve esperando que me preguntara algo al respecto.
-Matías y tú, ¿Cómo se conocieron?- Dije lo primero que pensé.
-En la biblioteca.
-Dije cómo, no dónde.- Se rió.
-Ah, claro, ehh. Es que yo iba a devolver un libro atrasado y él justo llegó a pedirlo. Eso, sí.- Asentí para darle mayor énfasis.
-¿Y por eso se llevan mal?
-Hubo un intercambio poco amigable de palabras, es todo, nada importante.
-Curioso, él me dijo lo contrario. Que había sido importante.
-¿Cómo?- Pregunté confundida.
-Dijo que había sido un idiota contigo, y que se arrepentía. No mencionó la biblioteca en ningún momento.
-Lo debió haber olvidado.- Me encogí de hombros para quitarle importancia al asunto.- Aquí a la derecha.- Le indiqué. Después de repartir indicaciones, llegamos.- Gracias, te debo una.
-No es nada.- Nos bajamos del auto.- Emm, oye, por lo del ensayo... el miércoles nos pondremos las pilas, hasta ahora no hemos ensayado y la presentación se va acercando.- Asentí.
-Claro, ya lo veremos el miércoles.- Le hice un gesto con la mano, despidiéndolo.
Entré a mi casa y comencé a ordenar un poco, pues no lo había hecho en mucho tiempo, terminé agotada, pero para evitar pensar en todo lo que me pasaba justo ahora, decidí mantenerme ocupada y cociné para todos los días que quedaban de la semana.
El sudor en mi espalda y mi agarre en las sábanas, hizo que me despertara de golpe. Las pesadillas me estaba aburriendo, pero por mucho que lo deseara, no podía hacer nada para evitarlas. Por lo mismo, permanecía agotada por despertarme de madrugada y no poder volver a descansar.
Por raro que fuera, en lo primero que pensaba, era en ojos verdes, y por más raro que fuera aún, eso me calmaba hasta cierto punto.
Me percaté de que en realidad, le estaba dedicando mucho de mi tiempo y pensamientos, a él.
Esto era extraño.
Estaba confundida, y por lo mismo, decidí levantarme y dejar de pensar en bobadas, aunque sabía que tarde o temprano, tendría que hacerlo.
El miércoles, obligada a verlo, me fui a la sala de música, donde Alonso me abordó de inmediato para el ensayo. Por mí bien, pues así evadía conversar con cierta persona de ojos verdes, quien, a pesar de estar hablandoando con más gente, no dejaba de mirarme. Era la misma sensación de antes, esa sensación que me ponía nerviosa, más aún ahora, al saber a quién pertenecía.
Poco dispuesta a tolerar su personalidad egocéntrica, salí del lugar unos minutos antes, procurando no crear posibles espacios de sociabilización, excusándome tras un argumento poco creíble.
El viernes fue lo mismo, sólo que Fabián me fue a buscar, nos encontramos con Carol y su tutor, Antonio, y fuimos los cuatro al cine, inclinándonos por un video animado.
Era sábado y comenzaba a hacer un poco de frío por las tardes, por lo que conseguí un chocolate caliente mientras hacía mi turno en la librería. De pronto, sonó mi celular, arrancándome de mi intento de no pensar en algo. O alguien.
-¿Diga?
-¡Hola!
-¡Franco! ¿Cómo estás?- Franco era mi hermano pequeño, nos llevábamos por diez años. Acostumbraba a llamarlo 'gol de último minuto' o cosas así, pues cuando mi madre se enteró de que estaba embarazada, no lo tenía planeado. Ella nunca pensó que volvería a cambiar pañales y cosas así.
Éramos muy unidos, siempre lo extrañaba, debido a que me alegraba el día con su mera presencia. Eso era de lo único que me arrepentía de haber decidido irme de la casa, no poder verlo cuando llegaba de la librería, o de las clases. Fuera de eso, no me arrepentía en absoluto.
-Bien, en el colegio me están dando mucha tarea.- Se quejó.
-Oh, que mal, ya te quiero ver en la universidad, gol de último minuto. Eso del colegio en un juego de niños.- Me burlé.
-Ya te quiero ver resolviendo operaciones con fracciones.- Dijo y me reí.
-No tienes idea, cielo.- No obstante, enseguida me puse seria.- ¿Necesitas ayuda con eso?
-No, puedo solo. Recuerda que ya estoy pasando a la pubertad.- Comentó orgulloso.
-Bien, hombretote. Cualquier cosa me dices.
-Ya, te tengo que dejar, mamá me va a retar.
-Está bien, te quiero, besos.
-¡Yo te quiero más!
-No, yo te quiero aún más.- Le seguí el juego, felíz de querer tanto a mi hermanito.
-Sabes que no.
-Sabes que sí.
-Bueno, me tengo que ir.
-Adiós, bebé.- No le gustaba que le dijeran así. Casi pude oír su gruñido.- Te quiero.
Colgué antes de que me respondiera, y riéndome, guardé el celular en el bolsillo de mi polerón, Uno bastante amplio y abrigador, junto a unos jeans negros y unas zapatillas, habían sido elegidas como la ropa de hoy. Cómoda y abrigadora.
-Quizás deberías decirle a tu novio que tienes clientes esperando, y quizás, sólo quizás, no debería llamarte en tu horario de trabajo.
Levanté la vista hacia su voz y me preparé mentalmente antes de llegar a ver el rostro de Matías. Se veía... Uff.
Llevaba un sweater marrón, jeans obscuros, unos botines marrones también, una bufanda, y en la mano, un humeante café. Sus ojos parecían más transparentes si eso era posible y su cabello largo y claro, le hacían ver... bien. Mejor que bien.
-¿Qué haces aquí?- Pregunté seria, ignorando su, realmente idiota, frase anterior.
-Es una librería.- Indicó los materiales.- Creo que puedo pasar, si es que quiero.
-Claro, siempre y cuando, compres algo.
-Quiero un destacador rosado.- Me aguanté la risa.
-¿Uno rosado? ¿En serio?- Una comisura de mi labio de alzó.
-Sí, megusta ese color. Aunque no sea para mí.- La imagen de la barbie llamada Francia, cruzó por mi cabeza y me puse seria. Sorprendente...
-Voy a buscarlo.
Lo busqué, lo pasé por la caja, lo eché en una bolsa y se lo entregué. Él lo pagó y guardó en su bolsillo.
-¿En serio has venido por un destacador rosado?- Pregunté. La librería no era la más central, seguramente habían muchas más librerías cerca de su casa, que ésta.
-Bien, me has pillado.- Sonrió.- No he venido por el destacador rosado.
-¿Entonces?
-Me he enterado de que trabajabas aquí.
-¿Y?- Pregunté un poco nerviosa.
-Y... y que he venido a invitarte a salir.