Una semana Había pasado una semana desde aquel incidente. Una semana en la que no había hablado con mis padres. Sólo con mi amiga para decirle que tomara aputes por mí en clases, porque yo no iría a la Universidad.
No dormía nada, y si lo hacía, solo tenía pesadillas. Las cuales consistenían en ... yo amarrada, dos hombres, unos intensos ojos verdes y nuevamente yo, pero esta vez sangrando. En mi sueño, buscaba la herida, pero no la pensaba, tocaba todo mi cuerpo en busca del origen de la sangre, y cuando estaba por morir desangrada, despertaba sudando y jadendo. Apretaba las cobijas de mi cama hasta tranquilizarme.
Pero había decidido que ya era suficiente. Ya no más de ocultarme al mundo, ya no podría seguir así, después de todo ... los ladrones, aparte de lo obvio, buscan intimidar ¿No? Y yo no les iba a dar en el gusto. Todavía me daban miedo las noches, pues había días que salía cuando ya estaba oscuro, pero tenía que aprender que me pasaba una vez, no significaba que me iba a pasar siempre. O eso esperaba.
Era domingo por la tarde y estaba preparando el bolso para el día siguiente. Ví el libro de 'Bases bioquímicas' sobre mi escritorio y grabar que debí haber devuelto hace tres días. Clarita, la bibliotecaria, iba a matarme. Era un libro muy solicitado, por lo que tenía entendido. Por suerte, ella era algo parecido a una amiga para mí, a pesar de llevarnos por varios años. Guardé el tomo en mi bolso y yo dirigí a mi cama. Ahora venía lo más complicado.
Dormir
Mis manos estaba atadas, intentaba soltarme, pero me era imposible. Un hombre joven y de ojos verdes estaba parado al frente mío. Llevaba algo en la mano. Un cuchillo Se acercó, más aún, a mí, ya pesar de que pasamontañas, supe que estaba sonriendo. La punta del cuchillo se acercaba cada vez más a mi cuerpo, y cuando iba a rozar mi piel ... ya no estaba atada. Pero estaba en una habitación con paredes y suelo blanco. Miré mis brazos y piernas, estaba cubierta de sangre. El color rojo intenso contrarrestaba con el blanco de la habitación. Con mis manos intentaba buscar la herida, pero la sangre era demasiada, y no me permitía observar con claridad. Ya no tenía fuerzas, mi cuerpo estaba débil, tirado en el piso. Sentía la pérdida de cada gota de sangre en mí, mis ojos estaban cerrando por la falta de energía, eso era todo, era mi fin. Mi visión se nubló con un color rojo y desperté. Lágrimas grabaron mis mejillas y las cobijas estaba desordenadas en el suelo. Sentía el sudor en mi esplada y la presón que ejercían mis manos en las sábanas. Respiré profundo.
Es sólo un sueño.
Tras varios minutos repirando para tranquilizarme, miré la hora en la pantalla del celular. 06:02 am. Me faltaba casi una hora para que el despertador sonara a la hora de siempre. A sabiendas que no podría volver a conciliar el sueño, me levanté de la cama y me fui a duchar. Una vez terminada la ducha, me posicioné en frente del espejo que devolvía la imagen de todo mi cuerpo. Con la mirada recorrí cada parte de él.
Mis piernas medianamente largas, mi cadera, y la curva que formaba junto a mi cintura, mis brazos, mi largo cuello. Mis ojos cafés que me devolvían la mirada en el espejo, mis rosados labios, largas pestañas, nariz respingada. Mis facciones de adulta. Sí, ya no eran de pequeña, ahora eran de adulta. Y debía comportarme como tal. No podía amedrentarme. Tenía que salir a la calle y demostrar que no estaba afectada por nada. Que mi vida no había cambiado en nada, que era capaz de controlar mis emociones, sentimientos y miedos, sobre todo miedos.
Con esa determinación, me vestí y salí del cuarto de baño. Tenía que afrontar un nuevo día, tal y como lo había hecho siempre.
Falté a varias pruebas esta semana, por lo menos a tres, así que llegar antes a la Universidad me venía bien, para hablar con los profesores e intentar convencerlos de que me dieran otra oportunidad.
Abrí la puerta de la casa sintiendo la brisa matutina en mi rostro. No había salido en toda la semana, tenía los suministros necesarios, por lo cual no tenía motivos para hacerlo tampoco.
Ya estaba definitivamente afuera, no fue tan difícil como imaginé.
Recogí mi linda bicicleta y me fui a la Universidad. Más tarde tendría que justificar mi inasistencia a trabajar en la librería. No creo que les haya hecho gracia contar con una vendedora menos. Sobre todo un sábado, donde se llenaba de niños pidiendo distintos materiales, cuadernos, hojas de oficio, lápices de colores, entre otras cosas.
Sin darme cuenta ya había llegado a mi destino, por suerte no vivía lejos. Aseguré mi bicicleta en el mismo poste de siempre y me encaminé a la sala de profesores.
Primer propósito: Profesor de Genética. Superado.
Segundo propósito: Profesor de Bioquímica: Superado.
Tercer propósito: Preofesora de Inglés avanzado. No tan superado. Pero igual, dos de tres, no estaba para nada mal. La profesora no accedió a evaluarme otra vez, pero como mis notas con ella eran altas, no me preocupaba. No corría el riesgo de reprobar.
Tenía que hacer hora hasta las nueve de la mañana. Y eran las ocho. Qué mejor que... ¿Estudiar? Pasé a la cafetería por mi desayno y como no quería ir a la biblioteca, pues vería a Clarita, me pediría el libro y debía seguir estudiándolo, me fui a una pequeña plazuela con áreas verdes que se encontraba dentro de los territorios de la Universidad. Como estaba un poco apartada, casi siempre estaba vacía. Por lo mismo iba, porque me brindaba la tranquilidad que me gustaba y necesitaba para concentrarme.
Entre clase y clase fue mi mañana, lamentablemente hoy no coincidía en ninguna con Carol o Fabián, mis mejores amigos, algo así como mis hermanos, aunque no era hija única. Pero estaba segura que los vería ahora, en la hora de almuerzo. Siempre comíamos juntos, pero no hablábamos de las clases, todo lo contrario, conversábamos de nuestros días, anécdotas o cosas así. No se cómo se tomarían lo del robo. Cada vez que pensaba en eso, la imagen del hombre viejo guardándose la cadenita en el bolsillo, venía a mi mente. Mis ojos se llenaban de lágrimas y mis piernas temblaban.
-¿Estás bien? ¿Por qué faltaste una semana?- Reconciendo la voz de Fabián me giré para verlo. Estaba con los brazos cruzados sobre su pecho, mirándome. Y al lado estaba Carol. En la misma postura. Pero a diferencia de Fabián, llevaba montones de hojas y cuadernos. Sospechaba que eran mis apuntes. Materia para las proximas pruebas. Y eran muchas hojas, muchos apuntes, muchas materias y muchas pruebas. Sonaba alentador.
-Hola, sí, estoy mejor. Tengo mucho que contarles.- Hicimos la fila para recoger las bandejas con nuestros almuerzos y nos dirigimos a la misma mesa de todos los días.
Nerviosa, les conté todo lo ocurrido. Para cuando terminé, mis ojos estaba llorosos y Carol sujetaba mis manos.
-¿Y por qué no me dijiste todo lo currido cuando hablamos por teléfono ese día?- Exigió Carol.
-No quería hablar de ello. Sinceramente aún me cuesta hacerlo.
-¿Y no dejaste denuncia?- Preguntó Fabián.
-No, no tiene sentido, ya pasó y todos sabemos que la policía no es de lo que se dice eficaz en éste lugar.- Mis amigos asintieron. No quería seguir conversando de eso. Aún podía sentir la presión de las sogas capturando mis bazos. Y mi cuerpo volvía a estremecerce. Pasamos a temas menos pesados.
Al volver a clases, tuve que dar la prueba para la que estuve estudiando con el libro de 'Bases biquímicas'. La respondí toda, y sentí un gran alivio. Una prueba menos que rendir.
Dicen que la vida de un universitario se basa en estudiar las 24 horas del día. Pero en mi caso no era así. Tenía tiempo para todo. Tan así que pertenecía a un pequeño taller de música, donde tocaba guitarra y cantaba. El profesor decía que yo era muy buena, y por eso había ido a distintas presentaciones musicales, con distintos motivos. Y además de eso, tenía trabajo en una librería los días sábados y algunos días de la semana cuando me necesitaban. Ése trabajo me permitía pagar el alquiler de la casa en la que vivía y solventar mis necesidades. Mis padres me daban una mensualidad, pero yo me negaba a ocuparla, así que la ahorraba en caso de emergencia.
Antes de pasar a la biblioteca a entregar el libro, me fui al aula en donde nos juntábamos para practicar las canciones. Éramos un grupo de al menos quince estudiantes, de todos los años, distintas carreras. Siempre se unían algunos y se iban otros. Me llevaba bien con todos. Excepto uno... Alonso. Era un buen tipo, pero muy insistente. Deja clara sus intenciones conmigo, me toma de la cintura, se acerca demasiado, pero yo intento no darle mucha importancia al asunto y pasar de él mientras sea posible. Pero por eso no figuraba dentro de los que me caían bien. Lo soportaba, sí, pero nada más.
Abrí la puerta del aula tras escuchar el 'Adelante' del profesor.
-Permiso.
-Adelante Nicol, te extrañamos ésta semana. ¿Por qué faltaste?- Preguntó mi profesor.
-Motivos personales.- Me limité a contestar. El profesor Díaz podía ser muy amable, gracioso, e inspirar confianza y simpatía con su cabeza pelada, su cuerpo rechoncho, pero a la vez era muy preguntón y entrometido.
-Ya... recuerda que tenemos presentación en unos meses. Y cantarás es un dúo con Alonso.
Pero que bella mi suerte. En ese minuto, y como si lo hubiesen llamado, Alonso apareció detrás de mí. Besó mi mejilla y se quedó allí por más tiempo de lo normal. Me aparté, incómoda y volví a mirar al docente.
-Le recordaba a Nicol la presentación, pero no es necesario que ensayen de aquí a la fecha, a toda hora, con que lo hagan tres días a la semana, está perfecto. Parten pasado mañana.
-En ese caso, veo que no me necesitan aquí, permiso.- Digo con el ademán de irme.
-Te llevo.- Intervino Alonso.
-No.- Respondí.- Debo hacer otras cosas.
-Bien, nos vemos el miércoles entonces.
Fui derechito a la cafetería y compré un chocolate, luego hacia la biblioteca. Cuando Clarita me vió, junté las palmas de mi mano al frente de mi rostro.
-Lo siento, lo siento.- Dije, antes de que ella me retara, con una gran sonrisa.
-Más vale que tengas una buena explicación, muchacha.- Negué con la cabeza, no le iba a contar y hacerme la víctima. Dejé el dulce en su mesón.
-No la tengo, sólo descuido.
-Sabes que es un libro muy solicitado.- Dijo como si fuera un gran problema para ella.
Todos tenemos nuestros problemas, y un robo, en la intimidad de mi vivienda, no creo que sea comparable con el retraso en la entrega de un libro por tres días.
Rodé los ojos y le dejé el libro sobre su escritorio con una sonrisa medianamente forzada.
-Lo sé.- Dije un poco arrepentida. Ella abrió el chocolate y comenzó a consumirlo. Sabía que le gustaban los dulces, pero ése tipo en especial. ¿Y a quién no? Yo soy adica al chocolate.
-Muchos me lo pidieron, sobre todo los de tercer año. Vienen todos los días a pedírmelo.
-Diculpame con ellos, entonces.- Le cerré un ojo, dispuesta a terminar la conversación.
-Puedes hacerlo tú misma. Ahí viene uno.- Sonreí.
-Clarita, ¿Llegó el libro?
Algo andaba mal.
Ésa voz... la tenía grabada en mi cabeza. Pero me negaba a creer que el mundo fuese tan pequeño.
-Sí. Aquí la responsable del retraso, mi niño.
Me giré lentamente para corroborar lo que ya era un hecho.
Esos ojos eran inconfundibles.
Y esto era recién el primer día.