Los días pasaban tranquilamente, Nina comenzó a menstruar, y Henrique la rodeaba todo el tiempo. La sangre para él no era un problema. —¿Por qué usaste el cerrojo de la puerta? —Para impedir tu entrada. —No me quieres aquí. No era una pregunta, sino una afirmación. Nina miró a su marido y lo percibió herido. —¿Henrique? —Sí, cariño. —¿Estás enojado conmigo? —Nunca me enojaría, no contigo, eres todo mi corazón. Pero no sé cómo manejar la distancia que me impusiste en los últimos tres días. Ni siquiera puedo bañarme contigo. —Estoy menstruando. —Lo sé, pero no puedo entender por qué necesito mantenerme distante. —No estamos distanciados, solo no estamos haciendo el amor. —No me dejas ir a la ducha contigo, ni siquiera me dejas tocarte. Deseo tocarte, ¿tienes miedo de mí? —No, s

