En la madrugada, Estefano velaba el sueño de Helena cuando ella se despertó llorando incontrolablemente. Él se levantó del sillón en el que estaba y la abrazó. —Llora, pequeña, estoy aquí para ti. Él olvidó su propio dolor. Necesitaba confortarla. Una enfermera entró con una jeringa. —¿Qué es eso? —Un calmante. —No. —Fue recetado por la médica. —No pregunté, no lo vas a aplicar. Helena continuaba trémula y llorando en sus brazos. Ella necesitaba desahogar el dolor, ocultar los sentimientos la haría caer en depresión y no quería que su esposa perdiera el brillo que había adquirido en el último año. Le permitió llorar. Helena lloró por la pérdida de sus padres, la verdad dolía, pero lo prefería a seguir engañada. Lloró por la pérdida del niño, todo ese llanto representaba su duelo.

