Había pasado una semana desde que Helena había perdido al bebé. Estefano a veces escuchaba su risa divertida por la casa, en otros momentos la encontraba llorando en el cuarto o acostada en el regazo de Potira. En esos momentos, él la tomaba en brazos y se sentaba con ella en el jardín. La calmaba. Era un momento de los dos, de alguna manera ella siempre terminaba sonriendo, y Estefano sentía que su mundo se iluminaba. Helena tenía el poder de hacer que su mente flotara en calma, mientras su corazón siempre despertaba ante ella. Tener un niño en la casa también le hacía bien. Y ver a Rudá en la hamaca que Estefano había comprado para el chico gruñón le alegraba, el chico no era un niño angelical, estaba muy lejos de eso, pero era afable con ella y no decía palabrotas, no que ella lo oyera

