Dentro del coche, Helena comenzó a entrar en pánico. No debería haberlo abofeteado, mucho menos delante de los soldados, pero él tampoco debería haberla besado. Cuando el coche se detuvo en el garaje, ella quería correr, pero sabía que no tenía a dónde ir. Cuando Estefano bajó, tuvo la esperanza de que él rompiera todos los muebles de la casa, como había hecho en el cuarto. Pero, en vez de eso, él la sacó del asiento del pasajero, y ella comenzó a suplicar. Con Otávio, eso no serviría de nada, pero tal vez con Estefano sirviera para calmarlo. —¿Le diste una bofetada al idiota de Otávio? —preguntó él, sacudiéndola. —¡Responde, Helena! ¿Alguna vez lo abofeteaste? Helena se vio obligada a responder: —No, nunca. —¿Y por qué diablos crees que puedes abofetearme en la cara siempre que te da

