El lunes a primera hora comenzaron el plan pergeñado por la hermandad, llamada operación: «Cazando al gato rastrero...» Valery no era la autora del nombre, por supuesto, y tampoco le parecía buena idea llevar a cabo el mismo. Mas bien estaba aterrada y segura de que estaban por cometer una locura. Sin embargo, sus amigas estaban determinadas a lograrlo y a primera hora de la mañana, aparecieron para arrastrarla a saber Dios dónde. Cuando el carruaje se detuvo en la calle más elegante de Bow Street, ella se volvió a mirarlas con gesto confundido. —¿Qué hacemos aquí? Mi guardarropa está completo y no pienso gastar ni un penique del dinero que me dio Victor; y menos usar su nombre como crédito —advirtió Valery cruzándose de brazos enfurruñada. —¿En dónde estabas cuando explicamos todo el plan

