Lucía conducía por la carretera, el sonido del motor de su coche el único acompañante en la fría y solitaria noche. El camino parecía interminable, un trazado recto que se extendía bajo la luz tenue de las farolas dispersas a lo largo de la ruta. Había estado manejando durante más de una hora, intentando alejarse de la ciudad y de las emociones que la atormentaban. Sabía que se sentía vacía, pero las largas horas de conducción le ofrecían una especie de desconexión que la hacía sentir algo de paz, aunque solo fuera temporal.
Mientras sus pensamientos vagaban, recordó haber revisado el pronóstico del tiempo en su celular antes de salir. No había señales de tormenta. El clima estaba tranquilo, como había esperado. Sin embargo, ahora, a medida que avanzaba por la carretera, una sensación extraña comenzaba a recorrer su cuerpo. El aire se sentía más pesado de lo normal, y una brisa fría rozaba su rostro.
De repente, la primera gota de lluvia cayó sobre el parabrisas. Al principio, Lucía pensó que era una coincidencia, tal vez un remanente de alguna nube pasajera. Pero pronto, la lluvia comenzó a intensificarse. En cuestión de segundos, el cielo se oscureció completamente, y las gotas de agua chocaron violentamente contra el vidrio, haciendo que la visibilidad disminuyera drásticamente.
Lucía frunció el ceño, preocupada. El pronóstico decía que no habría lluvia. Pero ahí estaba, la tormenta cayendo sobre ella sin previo aviso. Las luces de los faros del coche apenas penetraban la cortina de agua que se formaba a su alrededor. No podía ver más allá de unos pocos metros, y las gotas se deslizaban rápidamente por el vidrio, cubriéndolo casi por completo.
A pesar de la incomodidad, Lucía decidió seguir adelante. Había conducido tantas veces bajo la lluvia, no pensó que esto fuera algo que no pudiera manejar. Sin embargo, al mismo tiempo, algo en su interior le decía que debía tener más cuidado, que algo no estaba bien. Pero, ¿qué podía hacer? La carretera estaba vacía, y ella ya estaba demasiado lejos de cualquier refugio cercano.
Intentó concentrarse en el camino, pero la visión era casi nula, el agua golpeaba el parabrisas sin cesar, y las ruedas del coche zumbaban sobre el asfalto mojado. La tensión se acumulaba en su cuerpo, y la ansiedad comenzaba a apoderarse de ella. Manejaba a una velocidad más baja, temerosa de perder el control del vehículo debido a las condiciones de la carretera.
Entonces, de repente, sin previo aviso, un golpe seco y fuerte sacudió el coche. Lucía se estremeció violentamente, su cuerpo se tensó al instante. El sonido del choque, el estrépito de metal contra metal, resonó en sus oídos. Un choque brusco, inesperado. En un segundo, todo parecía desmoronarse.
Sus manos se aferraron al volante con fuerza mientras trataba de mantener el control del vehículo. La lluvia seguía cayendo con fuerza, y las luces de su coche se reflejaban en el agua acumulada sobre el pavimento, creando una visión surrealista.
¿Qué había pasado?
Lucía sentía cómo el impacto del choque la sacudía una vez más. El auto detrás de ella había vuelto a golpear el suyo, un golpe más fuerte que el anterior, que hizo que el coche de Lucía se deslizara peligrosamente hacia el borde del puente. El sonido del metal retumbando contra el metal le hizo retorcerse de miedo, y su respiración se aceleró al darse cuenta de lo que estaba sucediendo.
Con el corazón latiendo desbocado, Lucía apretó el freno con todas sus fuerzas. Pero para su desesperación, el pedal no respondía. El coche no se detenía. El freno estaba atascado, y eso solo aumentó el pánico en su pecho. El auto continuaba deslizándose hacia el borde, y el terror se apoderó de su mente. ¿Cómo había llegado a esta situación? ¿Por qué no podía detener el coche?
A su alrededor, la lluvia seguía cayendo, y la carretera mojada no ayudaba en absoluto. La visibilidad era casi nula, las gotas de agua chocaban contra el parabrisas como si fueran proyectiles, y la neblina que se levantaba de la lluvia solo hacía más difícil ver lo que tenía frente a ella.
El miedo aumentaba con cada segundo que pasaba. Intentó maniobrar el volante para evitar que el coche se desbordara hacia el vacío del puente, pero la fricción era demasiada. El coche de Lucía estaba atrapado. La sensación de estar atrapada entre dos fuerzas colisionando con ella era insoportable. El ruido del metal rasgando y el chirrido de las ruedas contra el asfalto mojado llenaban el aire, ensordecedores.
Lucía apretó los dientes con fuerza y luchó por mantener el equilibrio del coche, pero el auto comenzó a tambalear de un lado a otro. Sentía cómo la gravedad la tiraba hacia el lado del puente, como si el vehículo estuviera a punto de caer. El miedo de caer al vacío, de quedar atrapada entre las ruinas del coche y la estructura metálica, la hizo entrar en pánico. ¿Qué iba a hacer?
Lucía miró por el espejo retrovisor, y vio el otro coche, aún presionando contra el suyo, atrapándola entre la barrera del puente y el impacto constante del choque. No podía mover el volante con facilidad, el auto estaba completamente pegado al borde del puente, y el otro coche lo empujaba con fuerza, aplastándola contra la barandilla.
Su mente corría a mil por hora, pero todo lo que podía hacer era aferrarse al volante y tratar de no perder el control. El auto seguía cediendo bajo la presión, la mitad de su carroceria ya colgaba peligrosamente, casi a punto de caer. Cada movimiento que hacía, sentía que el coche perdía más estabilidad.
Lucía miró de nuevo al frente, el borde del puente estaba demasiado cerca, demasiado cerca para que ella pudiera reaccionar. Las llantas del coche patinaban, y el vehículo se inclinaba más y más hacia el lado del vacío. El sonido de la lluvia se convirtió en un murmullo distante mientras sus pensamientos se nublaban por completo.