—Está bien, tomaré las llaves —suspiró, cediendo finalmente. Sabía que no tenía mucho sentido discutir cuando su amiga ya había tomado una decisión.
Mientras Natalia sonreía aliviada, el joven se acercó a Lucía con una mirada cómplice, como si la situación no fuera nada fuera de lo común.
—Nos vemos luego. Cuídate, ¿de acuerdo? —le dijo, aunque sus palabras no fueron completamente sinceras. Había algo en su tono que no lograba despejar la nube de inquietud que Lucía sentía.
—Nos vemos... —respondió ella, sin mucho ánimo, mientras giraba sobre sus talones y se alejaba, las llaves del auto apretadas en su mano.
Lucía se quedó de pie en la barra, observando cómo Natalia y su novio se alejaban, entrelazados y absortos el uno en el otro. El resplandor de las luces tenues del bar seguía en su mente, pero la sensación de soledad era inevitable. En cuanto tomaron la esquina, desapareciendo entre la multitud de la noche, Lucía volvió a la realidad.
El tiempo se estiraba lentamente mientras se sentaba, agotada por las horas de bebida, conversación superficial y momentos sin sentido. La música del club seguía retumbando, pero ella ya no estaba en sintonía con el lugar. En su mente, todo se había vuelto borroso. El vacío de su vida parecía más grande que nunca, y el ruido a su alrededor no hacía más que resaltar esa sensación de desconexión.
Decidió que era hora de irse. Sacó su tarjeta del bolso, con la mano temblorosa, y la deslizó a través de la ranura del lector, absorta en el simple gesto que la sacaría de ese lugar. La factura no era una sorpresa, pero aún así, el peso de la noche la hacía sentirse más ligera en cuanto pagó lo que había consumido. Respiró hondo y se levantó de la barra, dirigiéndose hacia la salida con pasos vacilantes, como si estuviera en un sueño del que no pudiera despertar.
El aire fresco de la noche la recibió como un golpe helado en la cara cuando cruzó las puertas del club. Era un alivio salir del bullicio, aunque la tranquilidad de la calle no logró disipar la inquietud que comenzaba a crecer dentro de ella.
El estacionamiento estaba oscuro, apartado del bullicio del bar, con pocas luces dispersas en faroles a lo lejos. Un lugar desolado, típico de esas horas tan tarde, donde las sombras se estiraban por los rincones. La sensación de estar siendo observada comenzó a calar en su piel, una presión incómoda que parecía provenir de algún rincón del estacionamiento. Un nudo comenzó a formarse en su estómago.
El lugar parecía vacío, pero algo no estaba bien. Las luces parpadeaban intermitentemente, como si quisieran desvanecerse con el paso del tiempo. El cemento gris del suelo reflejaba la luz, pero las sombras se alargaban entre los autos estacionados, creando un laberinto de oscuridad que parecía invitar al miedo. En un extremo, un par de coches olvidados, cubiertos con una capa de polvo, parecían estar esperando en silencio. En otro lado, un vehículo sin aparcar correctamente ocupaba dos espacios, como si alguien hubiera dejado el coche apresuradamente. Y más allá, al fondo, se veía una hilera de coches que parecían estar demasiado juntos, lo que dejaba pocos caminos de escape.
Lucía apretó los dientes. Miró a su alrededor, intentando hacer desaparecer esa sensación de estar siendo observada, pero lo que veía no la tranquilizó. En una de las esquinas del estacionamiento, una figura oscura parecía moverse. ¿Había alguien ahí?
Detuvo sus pasos, su corazón comenzó a latir más rápido, pero aún no podía identificar la fuente de su inquietud. ¿Era la bebida? ¿Era la soledad o el cansancio? O quizás algo más estaba pasando. Un escalofrío recorrió su espalda, y la sensación de que algo o alguien la estaba siguiendo creció con intensidad.
Se quedó inmóvil por un instante, observando las sombras que se alargaban, luchando contra la ansiedad que subía como una ola dentro de su pecho. No escuchaba más que el sonido lejano de la música que se desvanecía y el eco de sus propios pasos al caminar. Miró al fondo, en dirección a su auto, y no vio a nadie. Pero había algo extraño en el aire. Como si el espacio mismo estuviera tensado, esperando.
Un crujido bajo, casi imperceptible, la hizo detenerse. Con el pulso acelerado, miró hacia el lugar de donde venía el sonido, un rincón oscuro entre dos columnas de coches. Pero al no ver nada, la duda aumentó. ¿Era su imaginación?
Siguió caminando, un poco más rápido, con el corazón aún martillando en su pecho. Los pasos detrás de ella, aunque casi inaudibles, se seguían escuchando.
La paranoia la invadió, y sin pensarlo, empezó a caminar más deprisa. ¿Estaba siendo perseguida? ¿Era un mal presentimiento o la realidad se había vuelto más peligrosa de lo que imaginaba? Su auto estaba cerca, al fondo. Solo unos pocos pasos más. Pero esos pasos detrás de ella parecían acercarse cada vez más.
De repente, alzó la vista y vio a alguien acercándose en la oscuridad, una silueta que parecía emerger de las sombras. Lucía se detuvo en seco. Sus piernas temblaron ligeramente, pero se mantuvo firme, luchando contra la creciente ansiedad que la invadía. Sin embargo, en lugar de un extraño o una amenaza, lo que vio la hizo suspirar de alivio. Era solo un hombre, un trabajador del estacionamiento, que pasaba por allí para revisar el área.
Lucía dejó escapar el aire que había estado conteniendo, aunque la sensación de incomodidad no desapareció por completo. Esa noche parecía traer consigo más que solo una borrachera, un miedo que no sabía de dónde venía, pero que no la abandonó hasta que alcanzó finalmente su coche y se metió dentro.
Al arrancar el motor, miró por el retrovisor, como si el eco de esa inquietud persistiera, pero al ver el estacionamiento vacío, se sintió tonta por haber dejado que el miedo ganara. Sin embargo, al alejarse de ese lugar oscuro, las sombras detrás de ella parecían desvanecerse, dejando en su mente una única pregunta, ¿Qué habría sido de esa extraña sensación que la había perseguido?