El Extraño

1021 Words
Su mirada calculadora y su postura confiada hacían que el aire alrededor de ellos se cargara de una tensión palpable. Sin embargo, Natalia no se detuvo a pensar en los detalles. La química fue instantánea, y no necesitó más excusas para lanzarse en sus brazos, abrazándolo con tanta energía que, en un arrebato impulsivo, no dudó en capturar sus labios con un beso ardiente. El beso fue todo lo que había estado buscando, inesperado, lleno de fuego, una distracción perfecta de todo lo que había dejado atrás. Se sintió viva, como si el peso de su vida se desvaneciera por un momento y todo lo que importara fuera ese instante de pasión cruda. El joven respondió con la misma intensidad, como si hubiera estado esperando ese momento. Pero algo en el aire cambió cuando sus ojos se dirigieron a Lucía, que seguía sentada en la barra, observando la escena con una calma desconcertante. El joven dejó de besar a Natalia y desvió su mirada hacia ella, los ojos fijos en Lucía, como si estuviera estudiándola. Un escalofrío recorrió la columna de Lucía cuando se dio cuenta de que no era solo la fascinación de un extraño por un par de chicas en un bar. Había algo más. Algo mucho más profundo y calculado. Lucía sintió la incomodidad crecer en su pecho, como si ese joven estuviera viendo más de lo que debía. Sus ojos, oscuros y penetrantes, no se apartaban de ella. ¿Quién era él? Natalia, ajena a la tensión que se acumulaba, seguía disfrutando del beso, completamente entregada a la conexión que había iniciado sin pensarlo. Para ella, era solo otro juego. Un nuevo hombre misterioso con el que podría divertirse esa noche. Pero Lucía no podía deshacerse de la sensación de que algo no estaba bien. Ese hombre no era como los demás. Finalmente, el joven se separó de Natalia con suavidad y, sin perder de vista a Lucía, habló con voz profunda y calmada. —¿Tú eres la hija de César Carretti? Lucía lo miró, sorprendida por la pregunta. ¿Cómo podía saber quién era ella? Su padre, César Carretti, era conocido en todo el mundo, pero ¿este hombre lo conocía? La duda y la inquietud crecieron dentro de ella. La atmósfera que se había creado alrededor del joven era densa, peligrosa incluso, y Lucía sintió un hormigueo en la piel, como si el aire estuviera cargado de una amenaza velada. —¿Qué quieres de mí? —respondió Lucía, manteniendo la calma a pesar del nudo en su estómago. El joven sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos. —Nada... por ahora. Era una promesa, o tal vez una amenaza. Lucía no estaba segura, pero algo en su mirada le dijo que su vida acababa de volverse mucho más complicada. Natalia no pudo evitar reír a carcajadas cuando vio la expresión desconcertada de Lucía, quien no parecía saber cómo reaccionar ante la actitud de ese joven misterioso. Era todo tan inesperado, pero también tan entretenido. La risa de Natalia resonó en el aire, cálida y llena de energía, como siempre lo hacía cuando intentaba restarle importancia a una situación incómoda. —No le hagas caso a sus palabras... Él es así de cómico. ¿No, amor? —dijo Natalia, mirando al joven con una sonrisa traviesa, como si todo fuera parte de un juego. El chico le devolvió la sonrisa, no sin antes mirarla con una mezcla de cariño y complicidad. Estaban tan enamorados en ese instante, que el mundo a su alrededor parecía desvanecerse. El joven, con una mirada divertida, asintió, sin tomar demasiado en serio la situación. —Claro, lo soy. —respondió, soltando una ligera risa, disfrutando del momento como si no hubiera nada más importante en ese lugar que la conexión que compartían los tres. Lucía observó en silencio, la incomodidad aún persistiendo en su interior. No entendía qué estaba pasando ni por qué sentía esa presión inexplicable en el aire. Pero no pudo evitar notar la forma en que los dos se miraban, como si estuvieran completamente ajenos a todo lo demás, sumidos en su pequeño mundo de complicidad. Había algo en su relación que parecía tan perfecta, tan sin fisuras, que le resultaba casi ajeno. Natalia, sin embargo, no estaba prestando atención a las dudas de Lucía. Estaba completamente absorta en su novio, disfrutando de la noche como si fuera la última. Tras un instante de mirarse con el joven, se giró hacia Lucía con una expresión mucho más seria, aunque aún con una chispa juguetona en sus ojos. —Toma, llévate mi auto. Por favor, no manejes en este estado... yo iré con él. —dijo con tono firme, aunque cargado de cariño. Sin más, le entregó las llaves de su coche a Lucía, que las recibió sin comprender del todo la situación. Lucía levantó una ceja, sorprendida por el gesto. No esperaba que Natalia, tan despreocupada y siempre dispuesta a disfrutar, se mostrara tan protectora con ella. —No necesito que me cuides, Nat. —respondió, en tono algo más serio. ¿Acaso pensaba que no podía manejar? Se sentía bien, aún con los efectos del alcohol comenzando a hacer su trabajo, pero confiaba en su habilidad al volante. Sin embargo, algo en los ojos de Natalia le hizo dudar. Aquella amiga que siempre había sido su compañera de locuras y risas, ahora la miraba con una mezcla de preocupación y cariño, como si en ese momento lo más importante fuera su seguridad. —Por favor, Lucía —insistió Natalia, su voz suave, pero decidida. —Te conozco, y sé que no estás en condiciones para manejar ahora mismo. No quiero que arriesgues tu vida ni la de nadie. Luego, con una sonrisa que intentaba disimular la seriedad de su tono, agregó —Y yo… voy a estar bien, lo prometo. Lucía miró las llaves en su mano. La pesadez de la noche parecía acentuarse en ese instante. Sabía que Natalia estaba siendo más madura de lo que normalmente era, y eso le hizo sentir un poco culpable por no haber prestado atención antes.
Free reading for new users
Scan code to download app
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Writer
  • chap_listContents
  • likeADD