Capítulo 7 —Corazón roto

2162 Words
Sonia: A mis diecinueve años… Indudablemente, tenía el corazón rot*. Franco, el chico que conocí en el bar, cerca de mi universidad, salió de mi interior y se dejó caer a mi lado en la cama. ¡Este tipo! ¿Para qué tenía un miembr* si no sabía usarlo? Ladeé mi rostro en la almohada y lo observé de reojo con una mueca en mis labios, llena de disgusto. Él se encontraba en completa calma, inherente a mi enojo. —Sonia, eso fue increíble. —Me dice con entusiasmo. Enfoqué mi atención nuevamente en él, lanzándole dardos con mi mirada. Franco, al sentir como lo agujereaba, me observo con su rostro lleno de excitación, excitación que yo le había dado. ¡Ugh! Al notar mi expresión, él borró la sonrisa tont* de sus labios. —¿Qué? —Pregunto frunciendo su ceño confundido. —¡Qué! —Le grité ofuscada—. ¡Ni siquiera llegue! Sus ojos se abrieron por la sorpresa. —Oh, lo siento, déjame… Lo detuve. —Olvídalo. Mejor me compro un vibrad*r. —Quite con enojo, la sabana que cubría mi desn*dez y me levanté con mucha prisa de la cama. —Sonia, no es para tanto… —Se quejó. ¿No lo era? Perdí tiempo valioso. Había podido escoger, en su lugar, al cantinero. Un hombre de piel oscura, bastante s3xy y atractivo, pero no. Como decía Samantha, mis decisiones siempre eran poco racionales y siempre tenía la peor suerte con los hombres. Como sea, recogí mi braga del suelo y empecé a ponérmela. —Sonia, por favor… —Intento Franco nuevamente. Dándome la vuelta, me crucé de brazos. Al parecer le estaba dando una buena vista porque el chico, fijo sus ojos excitados en mis pech*s y en el resto de mi cuerpo. Pues que mal por él, porque no volvería a tocarme. —¡Déjame en paz! —Lo señalé con irritación. Mis palabras lo hicieron enfocarse. —¡Oye! —dice afligido y se levanta de la cama, totalmente desn*do—. No te enojes, podemos solucionarlo. Su sonrisa era confiaba. ¿En serio lo creía? Rodé mis ojos y terminé de ponerme el sostén, ya de todas formas había perdido el interés. El hombre, tenía cabello rubio, ojos claros y un cuerpo de muert*, pero la parte de abajo, carecía de potencia y eso era muy triste. Dios lo doto con todo, solo tenía que aprender a usar su estúpid* verg*. De cualquier manera, era una tont*. ¿Qué era lo que pensaba? ¿Qué recrearía ese día, hace un año? Deje escapar un suspiro frustrado, mientras me colocaba mi falda de cuero negr*. Definitivamente, estaba muy equivocada, Darién era simplemente irremplazable. Me dolía admitirlo, pero era cierto, con nadie logré experimentar las emociones que él me hizo sentir ese día y obviamente, este tipo rubio y de ojos azules, no era mi Darién y jamás lo sería. Volviendo al presente, sentí sus brazos rodear mi vientre bajo, mientras su rostro se enterraba en el hueco de mi cuello. —Cariño, hablemos de esto. Pero que… Rápidamente, quité sus manos de pulpo de mi cuerpo y lo observé con una clara advertencia en mi mirada. —Primero, no soy tu cariño, ni nada. Tomé mi blusa verde del suelo, me la puse y comencé a abotonármela, sin dejar de observarlo. —Segundo, esto solo fue un polvo ocasional. ¿Me entendiste?, y uno muy malo. El tipo me observó entre dolido y ofendido. —De todas formas, solo eres otra perr* más en mi lista. Me reí de su insulto. —Después de ese desempeño en la cama, dudo que tengas una lista. —Sabía que estaba siendo demasiado cruel, pero no podía evitarlo, estaba muy enojada. Tome mis tacones y mi cartera, dispuesta a salir de su habitación, que estaba ubicada en las residencias de la universidad. Est*pido Darién, él tenía la culpa. Me dejo abandonada en ese put* hotel, con una insignificante nota, que no me decía nada. Seguro, nuestra noche fue increíble, pero quería más de eso, quería volver a repetirlo para que sus palabras fueran mucho más desesperadas, para que él cayera rendido a mis pies. Sin embargo, la única desesperada fui yo. Después de ese día, me comí mi orgullo y traté de contactarlo, pero oh, sorpresa. El malnacid* había borrado su cuenta, en el sitio virtual de citas a ciegas, dejándome mucho más molesta. Al recordar ese día, un dolor se instaló en mi pech*. Los días que vinieron después, simplemente me sentí vacía y abandonada, justo como con mi padre en el pasado. Pero también, me pregunté muchas cosas y una de ellas era, ¿acaso, había sido tan mala en la cama, que decidió correr como un cobarde? —No eres tan buena —dice Franco trayéndome al presente. Sus palabras detuvieron mis pasos y sin poder evitarlo, mi mano se apretó con fuerza en el pomo de la puerta. Sin duda, odi*ba a Darién, incluso a ese Charlie y a todos los hombres, que me hacían dudar de la gran mujer que era. “No”, me dije con terquedad. “Soy inolvidable y todos los hombres caen derretidos a mis pies”. Ese era mi mantra y tenía que confiar en ello. Observé por encima de mi hombro al chico rubio y le di una sonrisa inteligente. —Tesoro, sabes muy bien que eso no es cierto. Fui lo mejor que tuviste en un buen tiempo y ahora solo quedaré en tu recuerdo. —Le guiñé un ojo y su rostro se desencajó por mi acción. —¡Sonia, espera! ¡Al menos dame tu número! —Franco me observo suplicante y me alimenté de esto, llenándome de confianza. —Ya lo sabía. —Me burle de él antes de salir de su habitación, para luego caminar por el pasillo atravesando otros dormitorios. Estar en la residencia de los chicos era prohibido, era una regla en esta universidad. Pero como siempre decía, las reglas se hicieron para romp*rse y yo tampoco era una chica que seguía órdenes. —¡Sonia! —Me llamo Franco nuevamente y maldij* por lo bajo. Casi corrí, bajando por las escaleras. No era el primer hombre que se me pegaba como garrapata, después de haber tenido una inolvidable noche de s3xo conmigo. “Ya sé, ya sé. Deben saber lo que eso significa, soy así de increíble”. —¡Sonia! —Él lanzó un grito dramático que me hizo reír a carcajadas—. ¡En esos preciosos momentos, imagine toda una vida contigo! ¡Por favor, déjame arreglarlo! —¡Mejor ve a talleres de educación s3xual! —Le grité las palabras con diversión y salí del edificio. Tomé mis tacones y mi cartera, llevándolas sobre mi hombro, mientras resolvía caminar descalza. La noche era hermosa y la luna reflejaba mi camino hacia la residencia para chicas. No me amargaría por esto, solo fue un mal momento que quedaría en el pasado. “¿Pero y Darién?”, pregunto esa voz en mi cabeza. Suspire, bueno, él con seguridad era un buen y un mal recuerdo. Así que debía mantenerlo a toda costa, enterrado en lo más profundo de mi memoria. No quería volver a desequilibrarme. —¡Sonia! —Seguía gritando Franco, mientras me buscaba en los alrededores. Negué con irritación. —Este idi*ta… Caminé más deprisa, perdiéndolo entre los arbustos y dirigiéndome luego al edificio más alejado de las residencias. La universidad de Columbia, la más cara de New York, contaba con diferentes alojamientos. Para los de primer año, había muchas opciones, así que, después de intentarlo mucho y por supuesto, de coquetearle al administrador en esta área. Logre, al fin, que me dieran una habitación compartida, junto con Samantha. Sabía que mi amiga tenía los ahorros que le habían dejado sus padres y por supuesto, yo los de mi madre, pero no podíamos darnos el lujo de gastar más de la cuenta en un apartamento para las dos. Así que la mejor opción en este momento, fue Carman hall. El lugar era popular en el campus de esta universidad, solo admitía estudiantes novatos. Aunque, lo único más asqueroso, es que debíamos compartir baños con todas las demás chicas, pero era lo que había y no podía quejarme. Volviendo al presente, llegue como en dos minutos a mi cuarto. Después de todo, la residencia de John Jay Hall, donde se alojaba Franco, no era muy lejos. Esto, definitivamente, sería un problema si quería evadirlo, pero, de todos modos, tendría que inventarme algo. Entrando en mi habitación con una sonrisa anhelante, espere encontrar a Samantha. Quería contarle todo sobre mi cita fallida. Solo que, ella aún no regresaba. Fruncí mi ceño, ¿era normal pasar tanto tiempo con tu novio? Sabía que lo amaba, pero este había sido nuestro sueño desde la secundaria y ella debía estar aquí conmigo. Caminé hasta mi cama y me dejé caer ella, con frustración. Est*pido Stefan, ya ni me dejaba ver a mi amiga y sentía que algo en todo esto, no andaba nada bien. Negué, empezando a desn*darme. Samantha a veces se encerraba tanto en ella misma, que era demasiado difícil ver a través de sus ojos. Como sea, nada me quedaba pequeño y siempre descubría todo. Me levanté de la cama dispuesta a buscar en mi armario, mis implementos para ducharme. En el proceso, observé el reloj en la pared, eran más de las ocho. Seguro aún estaba despierta. La visitaría y averiguaría de una vez por todas lo que estaba sucediendo. Ni siquiera me llamaba y no podía saber si estaba asistiendo a sus clases. Dios, hasta su cama, estaba cubierta de polvo por falta de uso. Esto era preocupante. Así que, teniendo un plan, me arrope con una salida de baño y me lleve mi bolsa de aseo, dirigiéndome rumbo a las regaderas. Solo que el sonido de mi móvil, en mi bolso, me detuvo en mi camino. Fruncí mi ceño y fui inmediatamente a contestarlo. Abrí el cierre de mi cartera y vacié todo el contenido de este, sobre la cama, para luego encontrar fácilmente el aparato. Lo tomé rápidamente, observando la pantalla iluminada, era el número de la vecina de Samantha. Le había dicho que, si notaba algo extraño, me llamara. Eso significaba que… Contesté deprisa. —Sí, diga. —Señorita Sonia —dijo la mujer mayor al otro lado de la línea—. Habla con Leonor, la vecina de Samantha… —¡Leonor, dígame ya! ¡Qué paso! —Le dije ofuscada. —Escuché ruidos extraños y luego gritos. —La mujer comenzó con voz temblorosa. —Llame a la policía. Ellos… Ellos entraron a la fuerza y la encontraron en el suelo, totalmente golpeada… Fue Stefan ¿Cómo pudo? —Sus balbuceos se empezaron a escuchar al otro lado de la línea y ya no le entendía mayor cosa. Aleje el móvil de mi oreja, sintiéndome en shock y estaba segura de que la sangre de mi rostro, se había drenado por completo, al escuchar esta noticia. —No, a mi amiga, no… —Sacudí mi cabeza, enfocándome. De cualquier manera, tendría que verlo con mis propios ojos. Media hora después, ingresando en ese apartamento, supe que era cierto lo que me había dicho esa mujer. Stefan había golpeado a mi amiga y casi la había mat*do. Viéndola así tan destrozada en la camilla, cuando la sacaron de allí. Le había dicho a Samantha, “gracias a Dios, tu vecina me llamo”. Pero no había nada de relajante en esto, si lo hubiese sabido antes, nada de esto habría pasado. Horas, ese fue el tiempo que me tomo poner la denuncia en la policía para que encerraran a Stefan. Era una estudiante de cuarto semestre en la universidad, gracias a mis clases avanzadas y a mi excelente desempeño, pero a pesar de esto, nada era suficiente. Tenía que haber sido jueza para darle cadena perpetua a Stefan. Solo conseguí dos años de cárcel y esa era una condena insignificante. Ese bast*rdo, casi había mat*do, a mi amiga, pero por falta de pruebas, el juez decidió la sentencia. No sabía como sentirme con esto. ¿Aliviada?, de seguro que no. Había decido estudiar derecho para encerrar a hombres como mi padre, que nos había dejado con muchas deudas y en un estado deplorable, pero que, con mucho esfuerzo, logramos superar. El hecho es que, no solo quería esto, quería hacerme escuchar y aún tenía mucho por lo que protestar. Una de esas cosas, era hacerles justicia a las mujeres maltratadas. Solo que, para llegar a ese objetivo, tendría que derribar varias barreras sentimentales. Nuestro profesor de leyes, siempre nos decía que, para ser buenos abogados, al momento de defender a nuestro cliente, debíamos mantener nuestras emociones para nosotros mismos, pero maldit* sea, era demasiado difícil y más cuando se trataba de mi mejor amiga.
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