Capítulo 1 —Linda muñequita
Sonia García:
Seis años atrás…
A mis quince años, no pensaba en chicos o en finales felices de cuentos de hadas. Mi padre se encargó de eso, nos abandonó a mí y a mi madre, dejándonos totalmente vacías.
Ella lo lloró, dijo cosas feas sobre papá, se quedó en cama por meses, viéndose totalmente deprimida.
Mi tía, Emma, fue la única que me cuido y se encargó de que por lo menos comiera algo decente. Creí que duraría toda mi secundaria así, pero un día, mi madre decidió que ya era suficiente. La mujer amorosa que era, se fue y me mostró su durez*.
“Siéntate derecha, Sonia” “Compórtate en la mesa, Sonia” “Vístete acorde a tu edad” “Los chicos están fuera de los límites”.
—Sí, mamá, por supuesto. —Fue mi simple respuesta.
Era una mocosa de quince años, ¿qué más podía hacer? Además, si educarme, la hacía feliz, por supuesto que lo haría por ella.
Mi mejor forma de sacar toda la tristeza, fue enfocarme en mis estudios. Ser la mejor estudiante en mi clase, ser la mejor hija, pero parecía que, a mamá, nada le era suficiente. Siempre me corregía y eso me frustraba.
Sentía que había otra chica en mi interior, que esperaba por salir, pero mi madre siempre la encadenaba.
¿Qué haría si ninguna versión de mí, le gustaba?
—Ya déjala, Darla. La vas a volver amargada, igual que tú. —Le reprocho mi tía Emma. Ella nos visitaba por este fin de semana.
Mi madre abrió sus ojos en advertencia. —Sonia debe enfocarse en sus estudios, ser lo que tú no fuiste.
Estaba sentada en la mesa del comedor y las veía discutir. Observé de vuelta a mi tía Emma, quien solo negó con una sonrisa.
—No te desquites conmigo por culpa del imb*cil de tu exmarido. Además, por si no te enteras, Darla, tal vez no tengo el gran título profesional y no sea la mejor contadora del mundo, como tú lo eres, pero tengo mi trabajo en la fábrica y soy feliz con esto.
Los ojos castaños de mi tía, me observaron y me guiño un ojo en el proceso. Ese simple gesto me hizo sonreír. —Hazle caso a tu madre Sonia, pero sé lo que tú deseas ser.
Definitivamente, quería ser como ella. Tan libre y tan segura de sí misma.
Entonces, mi madre hablo, destrozando mis pequeñas ilusiones. —No le des consejos a mi hija, solo la llevarán a la ruina. —Ella me observó con una expresión dur*—. Ve a tu cuarto o cualquier otro lugar. Necesito hablar con tu tía.
—Sí mamá. —Me levanté de mi silla y observé de reojo a mi tía, quien me dio una sonrisa tranquilizadora.
Ellas siempre discutían. Mi madre empezaba, tratando de razonar con ella, pero mi tía ya tenía dos piedras más en la mano para lanzárselas en su ataque verbal y es que ella era de esas mujeres que nunca se quedaban calladas. La ponía en su lugar, se hacía escuchar y siempre ganaba.
Al final, de la discusión, hacían las pases y permanecían unidas. Esto me tranquilizaba, no sería la única cuidando de mi madre en un futuro.
Me alejé de allí, pero en lugar de subir a mi cuarto, salí al jardín trasero de la casa. Esto era mejor que encerrarme y hacer un castillo con mis libros. Me encantaba estudiar, eso era totalmente parte de mí, pero también quería salir y divertirme como cualquier chica de mi edad.
Definitivamente, ya había crecido. Mis pech*s aumentaron y mis caderas se ensancharon, pero mi madre parecía no notarlo o simplemente lo evadía.
—¡Sonia! —Alguien me llamo, la interrupción me saco de mis pensamientos.
Giré mi rostro y vi a mi vecina, Megan, entrar a mi jardín acompañada de sus amigas y de algunos chicos. Todos con atuendos muy propios de su edad.
Me acerqué a ellos sintiéndome algo avergonzaba, mi madre aún me hacía usar vestidos, más abajo de la rodilla. No eran desagradables, pero igual seguía prefiriendo los pantalones.
—¿Quieres salir a jugar? —Me pregunto Megan, girando uno de sus dedos en unos de sus mechones rubios—. Puedes invitar a Samantha, si quieres.
Qué más quisiera, su compañía me haría sentir mejor.
Negué. —Está enferma. —La mentira salió demasiado deprisa.
No podía decirles a estos chicos que a mi mejor amiga le había llegado el momento de ser por fin una mujer.
—Ah, qué mal, pero juguemos nosotros. Nos hace falta un integrante para completar el grupo. —Megan me sonríe esperando mi respuesta.
No quería volver a entrar a mi casa, así que me encogí de hombros. —Por qué no.
La sonrisa de la chica rubia se hizo más amplia y miro a los demás. —Bien, comencemos.
Juntos nos dirigimos hacia el bosque cercano. Al parecer lo más divertido que tenían en mente, era jugar al escondite y yo qué pensaba, que jugarían a la botellita o algo más entretenido.
Como sea, nos tocó el turno de elegir entre todos, quién contaría. Me toco la grandiosa suerte. Solo esperaba que esto no se tratara de una broma y que me dejaran aquí sola en mitad del bosque.
—Cierra los ojos. —Me pidió Megan.
Asentí sintiéndome valiente. Solo que antes de cerrarlos, vi a la distancia, un chico rubio y de ojos azules. Él estaba alejado del resto y me observaba fijamente.
¿Cómo no lo había visto antes? Era bastante guapo.
—Sonia, es hora de contar. —Me recordó Megan.
Le hice caso y cerré los ojos. Al mismo tiempo sentí que mis mejillas se calentaban por la vergüenza. Solo esperaba que ese chico no lo hubiera notado.
Empecé a contar hasta diez y en ningún momento me olvidé de esos ojos azules. Definitivamente, quería conocerlo.
—¡Preparados o no! ¡Ya voy por ustedes! —Grite antes de abrir los ojos.
Me di la vuelta y ya los chicos no estaban por ningún lado.
Empecé a caminar, mientras hacía ruido con mis Converse cada vez que pisaba alguna rama seca. Trate de ser más cuidadosa, porque podía escuchar sus susurros y sus risitas. Ellos estaban cerca y no me daría por vencida hasta encontrarlos.
Caminé más deprisa, esquivando las ramas de los árboles y alguno que otro tronco tirado en el suelo. Me detuve, cuando escuché una risa a mi derecha. Me giré, pero no había nadie.
Rodé mis ojos, esto no sería fácil.
Aunque, si lo pensaba mejor, era muy est*pido jugar en el bosque, donde cualquiera ganaría, pero, aun así, no me detuve. La persecución era divertida.
Entonces, escuché algunos retumbos. Me dirigí hacia el sonido, pero solo encontré al chico de antes, aventando piedras al vacío.
Me detuve a su lado. Él claramente no se estaba escondiendo. Aun así, quise sorprenderlo, con el único propósito de entablar conversación.
Toque su hombro. —Te encontré. —Le dije con una pequeña sonrisa.
Él brincó en su lugar levantándose deprisa y me dio una mirada molesta. —¿Qué haces? —Definitivamente, lo había sorprendido.
Me crucé de brazos sin dejar de sonreír, era un poco más alto que yo. —Pues jugar. ¿Tú no lo haces?
Él negó y se pasó una mano por su cabello. —Es un juego para niños.
¿Qué quiso decir con esto? Lo fulminé con mi mirada.
—Pues es divertido. —Le dije igual de molesta.
Puede que usara vestido, pero era bastante madura para una chica de mi edad y no había nada de malo con jugar.
Sus ojos azules me observaron de arriba abajo con burla y en mi pech* se instaló la desilusión. Este chico no era como pensé, era de esos que solo se creían más importantes que los demás.
—Pero tú no lo entenderías. Eres de esos que andan con aires de Dios intocable. —Le dije dispuesta a irme.
El chico se acercó un paso y me dio una bella sonrisa, que realzó los hoyuelos de sus mejillas. Sin duda, me quede encantada, solo por esto y olvide por completo que debía irme.
Mi mirada viajó más arriba y vi como su cabello rubio, se rizaba en sus orejas y por encima de la frente, dándole un toque llamativo. Su cara era delgada y su mandíbula era definida. Sus labios eran abultados y carnosos. Eso definitivamente me intrigo, como también los frenillos que usaba.
A pesar de esto, se veía muy guapo, solo que era muy pedante.
Volví mi mirada hacia sus ojos azules. Él me seguía observando con esa misma expresión arrogante. —Deberías tener más cuidado, mocosa, podrías perderte aquí en el bosque.
Me burlé de él. —Mi casa está cerca de aquí y conozco este bosque mejor que tú. Así que yo no soy la que me perderé.
Se encogió de hombros. —Si te gusta jugar en este bosque y ensuciarte, deberías haber sido niño, pero de todas formas ese no es mi problema.
Mi sangre hirvió ante el insulto que me lanzó y sacudí mi cabeza, sintiéndome muy molesta. —Y tú deberías haber sido niña, porque con esas manos, seguro que no haces nada en tu casa.
Él se ajustó su chaqueta de cuero. —Pues tienes razón, mis sirvientes lo hacen todo por mí.
Estreché mi mirada. —¿Qué hace un chico rico, en este lugar?, y a todo esto, ¿cuál es tu nombre? —Le pregunté, mientras observaba desde sus zapatillas de deporte Nike, al anillo de oro que descansaba en uno de los dedos de su mano derecha.
Regrese mi mirada hasta sus ojos y su sonrisa arrogante estaba devuelta. —Charlie, ¿y tu niño?
Baje mis brazos de golpe y mis manos se hicieron puños. —Sonia, y soy lo bastante mujer. ¿Acaso estás ciego, que no ves mi vestido? —Casi le grite.
Charlie suelta una pequeña carcajada. —Lo veo. Ya cálmate, muñeca.
—No me digas así. —Protesté. No sabía por qué me enojaban tanto sus insultos, pero no me dejaría de este arrogante.
—Pero eso es lo que pareces con ese vestido. —Se sigue burlando Charlie—. Una linda muñequita.
—Y tú pareces un nerd con esos frenillos. —Fue lo mejor que se me ocurrió.
“Bravo, Sonia. Ahora se burlará de ti”.
Sorprendentemente, Charlie se enojó por mi insulto o eso pensaba. —Deberías comportarte como una chica de verdad, no como una mocosa, mimada.
¿Mimada? Ya vería. Me acerqué un paso más. —Según tú, como es una chica de verdad.
No sé de dónde me salió tal valentía, pero ya lo había dicho y no me retractaría.
Charlie se pasa una mano por su cabello, despeinándolo más. —Deberías maquillarte, dejar de usar ese horrendo vestido y quizás besar a un chico.
Mi vestido era horrendo, eso se lo concedía, pero no se lo admitiría. —El maquillaje es una pérdida de tiempo y los chicos, como tú, no están en mi lista por ahora.
Seguro mi madre estaría orgullosa por mi respuesta, pero este chico solo se burló más. —Lo sabía, no has besado a nadie en tu vida.
La idea de besar a un chico me revolvía el estómago, pero prefería que me tragara la tierra, antes que dejar ganar a Charlie.
—Pues como te parece que sí y tengo novio.
Charlie soltó una pequeña risita. —A ver, dime su nombre. —Se vio intrigado por mi respuesta, pero sin dejar de verse burlón.
—No es asunto tuyo —dije molesta—. Me largo, me cansé de este juego… —Y de este chico insufrible.
Me di la vuelta dispuesta a irme, pero él habló. —A que no te atreves.
Cerré mis ojos. “¡Solo sigue caminando, Sonia!” “Recuerda lo que dijo tu madre, no le debes nada a los hombres”, pero esa otra parte de mí, la más rebelde, pensó que debía intentarlo.
Me di la vuelta y levanté mi barbilla con terquedad. —¿Qué cosa? —Le pregunté.
Charlie descruzó sus brazos y los dejo caer en sus costados. Sin duda se veía mucho mayor en esa postura y me pregunté de nuevo. ¿Qué hacía él aquí?
—Demuéstrame que sabes hacerlo.
Me quede mirándolo. —¿Quieres que te bese a ti?
—Porque no. —Me reto.
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