Capítulo 1. Damisela en Apuros

1983 Words
02 DE ABRIL DE 2015   Me levanto de la cama, adormilada. Extiendo los brazos a los lados mientras hago mi camino hasta la cocina, usando mi pijama de Winnie The Pooh. Sonrío, al encontrarme con el espléndido ramo de rosas blancas que una vez al mes él deja para mí. No es un regalo, es una petición constante que hoy no puedo rechazar. Tomo la tarjeta, esbozando una sonrisa, a sabiendas de lo que pone: «Di que sí». Mis ojos se humedecen al pensar en él, en el regalo más grande de mi vida, en el hombre que me sacó el corazón del pecho y lo hizo latir de nuevo. Todo mi cuerpo se estremece al recrear en mi mente cada beso, cada caricia… cada pequeña demostración de amor. Necesito hablarle para decirle que acepto, que quiero amanecer a su lado cada día y así escribir una nueva historia juntos, sin miedo… sin dolor. Corro de regreso a la habitación para ir por mi móvil —que sigue en la mesita de noche—, me tumbo en la cama boca abajo, con el rostro apoyado en las manos y las piernas cruzadas al aire. Tecleo   su número, sin dejar de sonreír. Estoy ansiosa por gritarle ¡Sí! Me salta de inmediato la contestadora, es raro. Intento de nuevo y nada, no responde. A decir verdad, él debería estar aquí, no me dijo que saldría esta mañana. Quizás está trotando cerca de aquí y está por volver. Sí, debe ser eso. Decido prepararme el desayuno, como y vuelvo a llamar a Charles, nada. Me tumbo en el sofá y veo por milésima vez el Diario de Bridge Jones. La película termina y sigo sin saber de él. A las cuatro de la tarde mi paciencia se ha terminado. Decido llamar una última vez a Charles y, si no responde, le hablaré a su familia. —Lissy —murmura una voz familiar. —¿Lilian? —Miro la pantalla para comprobar que marqué el número correcto, pero su llamada  entró justo antes de salir la mía. —Lissy —pronuncia con un sollozo—, un accidente… ¡Oh mi Dios! —¿De qué hablas, Lil? ¿Estás bien? —Lissy... lo siento. Ahora estoy de pie, con una mano en el pecho, sintiendo el miedo latir en mi corazón,  temiendo hacer la pregunta—: Dímelo, Lilian. —Charles tuvo un accidente —tartamudea—. Su avión cayó al mar… Lissy, él era el piloto. ¡No! Charles, no. Él no. ¿Por qué estaba en un avión si no debía trabajar hoy? ¿Cómo sabe Lilian que él iba en ese vuelo? El teléfono se me resbala de las manos, no puedo sostenerlo, el dolor en mi pecho es insoportable. Mi corazón palpita aterrorizado al saber que lo perdí, que hace unas horas fue la última vez que lo tuve conmigo. Me ahogo en llanto mientras me tumbo en la cama. Me abrazo fuerte, esperando hallar consuelo, tan solo un poco de alivio… No es suficiente, lo necesito conmigo. ¿Qué estoy haciendo? Tengo que saber más. No puedo quedarme aquí. Me seco las lágrimas con los dedos, me levanto de la cama y corro a la sala. Enciendo el televisor y todos los canales de noticia hablan del accidente. El nombre de Charles Jones aparece en los cintillos, identificándolo como el piloto del avión de Royal Airlines que cayó hace unos minutos al mar. —¡No! ¿Por qué, Charles? ¿Por qué tú? Mi alma y mi corazón se desmoronan con cada segundo.  Siento desfallecer. No puedo con tanto, prefiero morir antes de vivir sin mi Charles. La oscuridad me arrastra y me dejo vencer por ella. Abro los ojos y mi primera visión es un borrón blanco. Parpadeo varias veces y vuelvo a la realidad. Trato de incorporarme del suelo, donde caí desmayada, pero las fuerzas me fallan. Me cubro la boca para retener el sollozo que se originó en mi alma,  por el inmenso dolor que penetró mi corazón como una espada filosa, certera… implacable. La misma pregunta sigue taladrando mi cabeza: ¿Por qué? No lo entiendo, él no debía estar volando hoy; me lo hubiera dicho. Me apoyo con la mano derecha en el suelo y me impulso hacia arriba para levantarme. Camino insegura por el apartamento de Charles, este lugar en el que he vivido momentos felices, pero que ahora no es más que un espacio solitario sin él. Me apresuro a quitarme el pijama y lo sustituyo por unos vaqueros, bailarinas negras y una camiseta blanca con las letras I love New York, escritas al frente. Busco mi bandolera —donde guardé las llaves del coche la noche anterior— y deslizo mi móvil en el bolsillo trasero de mis vaqueros. Camino fuera de la habitación pero se me hace difícil dar los pasos que restan para salir de su apartamento; una vez que lo haga, todo será más real. UN AÑO ANTES Despierto sola, sudorosa y con el corazón palpitando a mil por minuto. Así  ha sido cada día desde hace seis años. Abro los ojos y me levanto de la cama sin pensar más, sin reproches, ni llantos. Me niego a seguir sufriendo por el pasado. Ya no más. Este día marca un nuevo comienzo en mi vida, se ha hecho oficial mi cargo como azafata en Royal Airlines y no hay espacio para la tristeza. Primero lo primero, una ducha. Me meto al baño y me quito la camisola de seda color crema que usé para dormir, no es tan cómoda como mi pijama de Winnie The Pooh, pero como está sucia, y no he hecho la colada en… bueno, yo nunca la hago. Ya le gritaré a la culpable más tarde si la veo. Antes de abrir el grifo de agua tibia, presiono el botón de encendido del iPod que instalé en mi baño. No puedo relajarme sin mi dosis de Kelly Clarkson, amo su música. Después de ducharme y alisarme el cabello, salgo a la habitación bailando al ritmo de Stronger, hasta llegar a mi enorme armario, con vestidor incluido. Saco del cajón superior unas pantimedias color piel con elástico de encaje, que se ajustan a mis muslos a la perfección; las acompaño con una linda lencería de Victoria Secrets, en el mismo tono, y termino de vestirme con mi uniforme azul marino, que incluye una falda de tubo, blazer a juego y, debajo, una camisa blanca con un bonito decorado en la solapa en color rojo. No pueden faltar mis Jimmy Choos de tacón aguja en el único tono aceptado por la aerolínea, n***o. ¿Acaso importa qué marca de ropa o calzado uso? La respuesta es sí, porque cada vez que gasto siquiera un dólar, me cobro un saldo a la cuenta de quienes me arrebataron todo; una deuda que no ha sido pagada a pesar del Ferrari que conduzco, del lujoso apartamento que compré  en el Upper East Side de New York, ni de los bolsos, zapatos y ropa de diseñador que llenan mi armario. Sigo con mi pequeña rutina, que culmina con el maquillaje y peinado. Por suerte, no es nada extravagante, solo colorete, un brillo labial, rímel  n***o y un poco de color en los párpados. El cabello me lo recojo con un rodete bajo y estoy lista.  En el exterior, soy una rubia de cabello sedoso, rasgos finos, labios carnosos, ojos grises y cuerpo esbelto, pero por dentro estoy rota. Mi cuerpo me ha causado más sufrimientos que alegrías. Muchas veces desearía ser invisible, a veces imagino que lo soy. Miro la hora en el reloj de pared de mi habitación y marca las 7:00 a.m, solo me quedan quince minutos antes de tener que salir al aeropuerto. Camino a la cocina y enciendo la máquina de expreso para obtener mi dosis requerida de cafeína y poder sobrevivir a este día. En quince minutos exactos, estoy bajando del ascensor con mi vaso de café en la mano izquierda y las llaves de mi Mazda en la derecha, no puedo llevar un Ferrari al trabajo.  —Una mañana fría en New York, señorita Elizabeth. Tenga cuidado en las carreteras —dice Michael, con una pequeña sonrisa. Él es el portero del edificio y una de las pocas personas a quienes saludo. Se preocupa por mí, es atento, amable y no tiene segundas intenciones. Merece mi sonrisa y no mi fría coraza… tan fría como el invierno de esta ciudad... por eso la elegí. —Gracias, Michael. Que tengas un lindo día. Él se despide con la mano mientras me meto en mi auto plateado. Activo el iPod, con un repertorio repleto de Country. Esta vez Kelly le cede el turno Taylor Swift, iniciando con la canción Mean. —Te la dedico a ti, Brat —murmuro al tiempo que elevo el dedo medio como si pudiese verme. Ese desgraciado me destrozó el alma y juré que nadie lo haría de nuevo.  *** Es una mañana normal en el Aeropuerto J.F. Kennedy. Con normal me refiero a: cientos de personas aglomeradas en los pasillos, ejecutivos impecablemente vestidos, con maleta en mano y una incesante obsesión con la hora ¿De qué les sirve mirar su reloj cada minuto? No lo sé y tampoco me importa. Otro puñado más de personas en una esquina, a los que llamamos turistas ansiosos y entusiasmados,  usando ropas floreadas y llamativas. Honolulú o Hawai será su destino, posiblemente.   Yo, por mi parte, camino con el mentón en alto, personificando a la mujer de hielo que pretendo ser, un robot sin alma ni corazón. —¡Cuidado! —grita una voz que no reconozco. Muy tarde llega el aviso, porque sin duda me voy a caer al suelo por pasarme el letrero de «Precaución, piso mojado». Bueno, eso pensaba yo, pero, al parecer, quien sea que me esté sujetando por la espalda, con sus fuertes e intuitivas manos, no permitió que sucediese.  Pero, un momento. ¿Quién carajo se cree él para sostenerme por la cintura? Y digo él, porque su exquisito perfume tiene ese olor característico a hombre. El sujeto en cuestión decide que su mejor opción es cargarme en brazos. Debo admitir que es confortante, pero lo odio. Odio ser rescatada, odio parecer débil, odio que mi piel se erice ante su toque y que mi corazón se acelere por ello. «¡Detente! No lo hagas. Debes ser frío, insensible, impenetrable...», le grito a ese órgano traicionero que  ha decidido latir descontrolado sin mi permiso.   —¡Ya me puedes bajar! —le grito, exasperada. El gorila no lo hace enseguida, se toma unos minutos y, cuando estoy a punto de gritar a todo pulmón que me baje,  me toma por la cintura y me desliza con suavidad hasta situarme frente a él. Estamos tan cerca que percibo su respiración, su aliento fresco con aroma a menta. Mi corazón sigue bombardeando tan fuerte que lo oigo latir en mis oídos, a pesar del ruido. El hombre estudia mis ojos tan profundamente que mis  defensas se caen. Creo que puede ver a través de ellos y me traicionan, uniéndose a la rebelión que inició mi corazón. Mis ojos quieren contarle todo sobre mí. Es una sensación de desnudez y vulnerabilidad. La cercanía de nuestros cuerpos no me permite detallar su rostro. Solo sé que es muy alto, moreno y que tiene unos ojos verde esmeralda tan dulces, pacíficos… libres de maldad. ¿Por qué me sigue mirando?  ¿Por qué dejo que lo haga? No lo sé. Estoy en trance. Hipnotizada ante sus ojos verdes claros, esos que debí dejar de mirar hace más de dos minutos. —Di que sí  —susurra con esos labios rosados, tan cerca,  tan íntimo. —¿Si a qué?  —Cásate conmigo.  
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