Joaquín sólo esperaba aquel grito de Goyo para bajar y licuarse en el caldo hirviente hasta su trabajo. Giró la cabeza hacia su derecha y vio el pañuelo abierto y sin arrugas sobre el saco azul. La incertidumbre lo aplastó. Observó una vez más a su alrededor y la gente comenzaba lentamente a estirar sus brazos y sus piernas acariciando la llegada. Un soplo glacial le acarició el rostro y se le escurrió por la garganta y se metió insolente por el cuello de la camisa hasta morir en el centro de su estómago.
-iPosadas, señores!, exclamó Goyo desde su timón con esa voz áspera.
Como siempre Joaquín dio paso a los demás pasajeros mientras minuciosamente ponía sus cosas en orden.
-Gracias, Goyo, cuidá esa rodilla. Un descuido más y me quedo sin chofer, dijo graciosamente Joaquín.
-Gracias, amigo, cuidate mucho.
Joaquín bajó del transporte y Goyo, arrancando lentamente le dijo:
-Mañana si no me presentás a tu novia te voy a cobrar doble el pasaje.
Goyo levantó su mano en señal de saludo y siguió su camino. Joaquín quedó mudo y perplejo sin percatarse absolutamente de nada. Se quedó parado mirando como el ómnibus se perdía en el
trayecto esbozando una pregunta que nunca salió de su boca.
Mientras se regocijaba con el lento desaparecer del hierro hizo todas las muecas suficientes como para darle una forma más lógica a esos pensamientos como acertijos que le quedaron en la boca sabiendo a una sal amarga. No dejaba de observar al hierro. En realidad, no podía sacarse de su mente las últimas palabras de Goyo, ‘Mañana si no me presentás a tu novia te voy a cobrar doble el pasaje’…
Alguna vez, alguien, vaya a saber quién, se lo explicará, pero como un caudal peligroso y terminal, la fastuosa inundación de esa mañana lo asaltó inmediatamente. Sintió otra vez, como si se tratara de una persecución mental, las gélidas aguas oscuras y bravías que en esa pesadilla macabra lo envolvieron hasta el punto de casi amarlo, con el fin desalmado de desearlo bajos sus lianas, enterrado en ese barro profuso mil metros más abajo.
El hierro iba perdiendo su forma natural, y aquellos tiburones que se deleitaron con su pavorosa imagen en las primeras pestañadas de la mañana, se hicieron presentes nuevamente, y agitaron las aguas hasta hacerlas más turbulentas todavía, y lo rodearon desalmadamente una vez más, como un nuevo y último aviso de que iba a ser irremediablemente deglutido por ellos.
Pero las verdaderas incomodidades que de repente lo embriagaron y que le provocaron un escozor por demás inquietante, fueron aquellas palabras de la hedionda ‘Vieja Loca’ en el consultorio de Pérez Arrieta. Recordó de pronto las habladurías de la gente encuadrando a la pobre mujer en una timadora, en una bruja que desparramaba presagios y auguraba futuros poco prósperos y hasta vaticinios de desgracia y muerte; recordó que en su mirada hubo sinceridad y dolor; recordó algunos presagios, pero, sobre todo – a medida que el hierro lo abandonaba inexorablemente – brotaron de su mente palabras puntuales que aquella señora le había puesto sobre su cara casi como una premonición. Bajó la mirada y necesitó perderse en la irrealidad de la vereda para tratar de comprender y de atar cabos, creído de haber hallado una especie de conexión con lo recapacitado anteriormente y con las últimas palabras de su amigo Goyo.
Recordó haberle preguntado si ella se estaba dirigiendo a él, y recordó que ella le respondió que sólo estaba mirando su alma. Joaquín esbozó una leve mueca avergonzado de pedirle un poco de espacio, como si se tratara de una bolsa de basura que había que arrojar al caldero de inmediato. Recién ahí, volviendo su mirada al hierro lejano, la repuesta de la mujer comenzó a producirle alguna sensación extraña, una especie de frío en la piel, un mal síntoma. ‘Dios escucha cada uno de nuestros ruegos. Nuestros pedidos son órdenes para él y a veces él decide el destino más certero para nuestras penas’.
¿Por qué salió de su boca semejante frase? ¿Por qué a él? ¿Qué vio aquella mujer para soltarse libre y gratuitamente con algo tan duro y puntual? Quizás tuvo la certidumbre y la sabiduría natural de meterse en los ojos de Joaquín y de poder observar cosas que la razón jamás podrá comprender.
El ruido de una frenada infernal lo trajo a la realidad. Sólo pudo ver a una mujer dentro del vehículo enfundada en una mueca de espanto y descontrolada. El auto incrustó a Joaquín en la vidriera de una joyería y quedó boca arriba con sus ojos muertos. El mundo dejó de tener el sentido que hasta ese momento había tenido. Joaquín poco interpretaba. La realidad de la vida se volvió una incógnita. Sus oídos ensangrentados alcanzaban a escuchar sonidos de voces e intentaba descifrar de qué se trataba todo esto. Sin mover ni un milímetro sus ojos podía ver la punta de sus dedos que emitían una especie de latido desacompasado, como un metrónomo viejo incrustado en su mano perdiendo lentamente sus facultades y su ritmo seguro. Podía oír un borboteo gigantesco que le atravesaba el cráneo y le henchía la espalda de un grueso líquido viscoso. Gente desconocida se acuclillaba ante sus ojos y entre ellas se decían palabras que Joaquín nunca llegaría a definir. Pudo observar a la mujer en el auto con su cuello quebrado e incrustada entre las chapas hirvientes, con su hermoso pelo mezclado en un charco descomunal de sangre y sus ojos azules mirando los de él, como gritando en silencio o pidiendo auxilio desesperadamente. Unos ruidos que se asemejaban a las sirenas de los barcos envolvían esta escena dantesca y atroz. Joaquín necesitaba levantarse de ese lugar, quería hacerlo. No podía. Los rayos del sol le iban secando la sangre que escupía su cuerpo incesantemente. Quiso estirar su brazo para que su mano apriete el hueco enorme por donde su vida se iba extinguiendo. Tampoco pudo. Lloraba y a su
llanto se lo tragaba su propia alma y moría dentro de él. La vida comenzó a tener sentido, pero nadie de los que se arrodillaba lo notaba. Nadie se percataba de que colgaba de su espíritu un hilo
único de esperanza. Nadie lo sabía. Sólo escuchaba:' está muerto". Una especie de tic nervioso imperceptible le sacudió el cuerpo a
Joaquín cuando vio a Goyo, a pocos metros de él, junto a otro hombre en un intento elocuente por ayudar. Desde su mudez, desde su ausencia extraviada y desde su muerte inevitable llamaba a Goyo. Le gritaba desde su estatismo y le rogaba un sorbo de vida, una minúscula gota, al menos, para ganarle a la muerte que lo sobrevolaba con sus alas de terror y que sin piedad le arrancaba sádicamente los pedazos sueltos y esparcidos de vida. Gregorio, al igual que los demás, lo veían muerto de veras. "Trátelo con cuidado, era un amigo", alcanzó a escuchar Joaquín que Goyo le solicitaba a un oficial de la policía. Todos empezaron a irse. Dentro de la insania todos colaboraban y despejaban lentamente la escena. Seguían girando las sirenas que envolvían a Posadas con su alarido descomunal. Un denso polvo se iba recostando como un enorme gigante sobre el suelo de la ciudad. Aun la sinceridad y la nobleza se aferraban a su mirada extasiada y un hilo grueso y viscoso de sangre le recorría el cuerpo y se metía curioso manchando arteramente el pañuelo que dormía inmaculado en el interior de su saco azul.