Bajó del taxi con el coche casi en movimiento. Abonó el viaje y se olvidó de reclamar el vuelto. El taxista balbuceó unas palabras como advirtiendo la situación, pero ella lanzó un gesto al aire indicándole que continuara nomás.
Cruzó la calle ciega del mundo, con sus oídos apagados tratando de correr lo más rápido posible sobre sus zapatos a punto de despegarse. El taller de autos estaba cerrado aún, entonces Eugenia buscó en la maraña selvática de su bolso su teléfono para llamar a Víctor y preguntarle cuánto demoraría.
- ¿Cómo está Eugenia? En quince minutos llego.
¿Está bien usted?
Víctor notó su respiración entrecortada y se preocupó. Guardó su teléfono, hizo un paneo veloz por los espejos y pisó el acelerador. Eugenia caminaba como un león acorralado y hambriento y lanzaba epítetos de fuego maldiciendo los zapatos. Víctor llegó varios minutos antes de lo acordado, pero no pudo dejar de lado su clásica parsimonia y su liviandad.
- Víctor, apúrese por favor, exclamó Eugenia.
- Estoy yendo, estoy yendo, dijo Víctor con respeto y temor “¿Qué le…” Eugenia no lo dejó terminar?
- Perdón Víctor, yo sé que usted me dijo que esta tarde a última hora mi auto iba a estar listo". Y prosiguió. "Me acaban de llamar de la clínica y me dijeron que mi madre se agravó en las últimas horas y quiero llegar lo más rápido que se pueda, ¿me entiende?
- Sí Eugenia, respondió visiblemente consternado Víctor.
-Usted sabe mejor que nadie el desquicio que es poder llegar en un transporte a El Portezuelo y de ahí abordar otro hasta la ciudad, por eso le ruego que me tenga listo el coche lo antes posible para
poder viajar.
- Si, Eugenia, por supuesto. Hagamos lo siguiente: llamaré a los clientes que les he prometido el trabajo para el transcurso del día, les explicaré la situación y me pondré de lleno en lo suyo, ¿si? explicó Víctor con un halo de comprensión.
- Por favor Víctor, por favor, dijo Eugenia al borde de la desesperación.
- Vaya tranquila. Apenas lo tenga yo personalmente se lo llevo a su casa.
- Gracias Víctor, lo espero.
Eugenia pegó la media vuelta y se fue dejando a Víctor con el saludo a la mitad de la levantada del brazo. Caminó sin hallar el rumbo real de su destino, sumida en la congoja y con sus pensamientos insertos en los ojos azules de su madre. Hizo el intento de buscar otro punto en donde encallar y se arrepintió de inmediato.
Necesitaba un taxi urgente para volver a su casa y creía que en cada lugar donde parara, pasaría uno por el sitio anterior abandonado por ella. Y Víctor miraba toda la escena desde la boca misma de su taller mientras secaba sus manos recién lavadas.
- ¡Eugenia!, gritó Víctor con voz poderosa.
Ella sintió que alguien la llamaba y su cabeza dio mil giros hasta que se percató que era Víctor el que la aclamaba. Le preguntó sin palabras, con un gesto casi masculino, qué precisaba. Él le pidió con la mano en alto que se acercara. Eugenia, entre fastidios y poco convencida, fue desganada trastabillando con sus finos zapatos a punto de morir definitivamente. La vio venir hacia el taller y de inmediato se metió. Ella lanzó un gesto elocuente hacia el aire sin saber porque no la esperaba afuera. Eugenia llegó con el improperio colgando de sus labios y se chocó con Víctor que salía con prisa.
- Ahí le llamé el taxi que tanto y tan desesperadamente busca, dijo ahogándole el insulto irreverente que se venía como una tromba.
- Bueno Víctor, muchas gracias, dijo tragándose su propio veneno.
En menos de tres minutos el coche apareció haciendo rechinar sus neumáticos. Una vez más Eugenia le agradeció y le pidió a Víctor un poco de comprensión por el momento que estaba atravesando. Él le dio una palmada imperceptible y con un saludo mudo la despidió presuroso. Estaba a cinco minutos de su casa, pero a Eugenia le parecieron una eternidad y viajó ese trayecto pisándole la cabeza al taxista, con sus brazos apoyados en la cabecera de ambos asientos delanteros y exprimiéndole el cerebro desalmadamente.
Tenía el dinero listo para pagar el viaje y hasta le dio - sin desearlo - una buena propina producto de su apuro por entrar y hacer los mil llamados, que por cortesía y actitud humanitaria ciertamente. No saludó. Tampoco oyó los cordiales buenos días del taxista. Acomodó su atuendo y mientras caminaba - buscando las llaves de la puerta en el laberinto de su bolso - su zapato izquierdo concluyó su agonía. Dio un gritó seco pero aterrador. No quería levantar sospechas a esas horas y menos con los vecinos detractores que la rodeaban. Se quitó el zapato desvencijado y continuó buscando las malditas llaves. Las halló. Entró como si su madre se estuviera quemando viva dentro de la casa.
Llamó a la clínica y le informaron que todo seguía igual. El médico le pidió la mayor calma y paciencia del mundo comprendiendo de corazón el momento que se estaba viviendo y que intentara apaciguarse, para sobrellevar los aspectos que rodeaban esta situación. Eugenia escuchó con atención cada una de las sugerencias y prometió tranquilizarse para no desatender ningún aspecto en lo concerniente a su madre. Divagaba. No hallaba en las paredes ni en los techos una minúscula expresión que le devuelva el sosiego al menos por unos segundos. Intentaba pensar. Le costaba. Encendió la máquina del café y se sentó en la mesa de la cocina a esperar, con la mandíbula apoyada y achatada sobre sus manos.
Terminó de sacarse el otro zapato sin mirar, apostando a su habilidad y a su memoria. Se desplomó como un pedazo de concreto y el llanto la engulló en sus fauces. Lloraba. Lloraba irremediablemente y sus gritos se perdían en el cemento de su casa. La máquina del café le silbó al oído. Eso la trajo de su dolor inconmensurable que saludo. Tampoco oyó los cordiales buenos días del taxista. Acomodo su atuendo y mientras caminaba - buscando las llaves de la puerta en el laberinto de su bolso - su zapato izquierdo concluyó su agonía. Dio un grito seco pero aterrador. No quería levantar sospechas a esas horas y menos con los vecinos detractores que la rodeaban. Se quite el zapato desvencijado y continuó buscando las malditas llaves. Las halló. Entro como si su madre se estuviera quemando viva dentro de la casa. Llamo a la clínica y le informaron que todo seguía igual. El médico le pidió la mayor calma y paciencia del mundo comprendiendo de corazón el momento que se estaba viviendo y que intentara apaciguarse, para sobrellevar los aspectos que rodeaban esta situación. Eugenia escuchó con atención cada una de las sugerencias y prometió tranquilizarse para no desatender ningún aspecto en lo concerniente a su madre. Divagaba. No hallaba en las paredes ni en los techos una minúscula expresión que le devuelva el sosiego al menos por unos segundos. Intentaba pensar, Le costaba. Encendió la máquina del café y se sentó en la mesa de la cocina a esperar, con la mandíbula apoyada y achatada sobre sus manos.