Termino de sacarse el otro zapato sin mirar, apostando a su habilidad y a su memoria. Se desplomo como un pedazo de concreto y el llanto la engullo en sus fauces. Lloraba. Lloraba irremediablemente y sus gritos se perdían en el cemento de su casa. La máquina del café le silbó al oído. Eso la trajo de su dolor inconmensurable que la seducía en su charco de putrefacción. Buscó un poco de sosiego y se sentó nuevamente a mirar la nada mientras bebía su café caliente. Suspiró profundo y se quedó inmóvil en la silla.
Pensaba. Se levantó con lentitud como queriendo ahuyentar un fantasma y fue derecho al teléfono. Estaba parada frente al aparato y navegaba entre llamar y volverse a la cocina y tomarse toda la jarra de café. Se arrepintió de la llamada que iba a efectuar y se volvió a la cocina. En el medio de su retorno se arrepintió de volver a la cocina. Se volvió al teléfono. Una vez más se detuvo ante el aparato y pensaba mientras se comía las pocas uñas que le quedaban.' ¿Ya estará el auto?", se preguntaba en voz baja como si hubiese alguien escuchando tras de los muros. ¿Lo llamaré?", se cuestionó poco convencida. Levantó el tubo y lo colgó rápidamente, como sintiéndose observada por algún esclavo de Víctor. Se quedó estática sujetando el teléfono y perdida en él. Sentía que, de alguna manera, el timbre delator había sonado en el taller y se perseguía con la devolución del llamado. Nada de eso ocurrió. Respiró. Y tragó una saliva salada. Se rio de sí misma dándose cuenta finalmente de lo extraño de la situación y negó con su cabeza castigándose por semejante acto infantil. Llamó.
-Perdón, Víctor, soy yo, Eugenia.
-Sí, Eugenia, ¿cómo sigue todo?
-Está todo igual, Víctor. Ella está estable.
-Bueno Eugenia, tenga paciencia por favor
-Sí, es fácil decirlo.
-Tiene usted toda la razón, sólo me parece que la desesperación y la falta de razón no conducen a ningún puerto. Además, su mamá debe estar en las mejores manos por eso es que le ruego que trate, en lo posible, de mantenerse calma.
-Gracias, Víctor, perdone si le contesté mal. Gracias
de corazón.
-Pierda cuidado, Eugenia. Y si hay algo más que pueda hacer por usted, cuente incondicionalmente conmigo.
-Muchas gracias, Víctor, lo tendré en cuenta. Hasta luego.
-Hasta luego, Eugenia.
No se animó. Colgó el tubo con rabia y se maldijo por no haber tenido las agallas suficientes para preguntarle acerca de su auto. Decidió entonces darse un buen baño para sacarse la modorra y
comenzar desde cero. Se sentó en el living a mirar pasar la mañana a través de las cortinas rústicas de los ventanales. El silencio era un murmullo constante que le danzaba alrededor y le distorsionaba los sentidos, despertándole diálogos con ella misma y llenándole la lengua bífida de insultos desagradables. Cerca de la una de la tarde vibró el teléfono. Se levantó con velocidad y atendió.
- ¿Eugenia?, preguntaron.
- ¿Sí?, ¿Quién es?
-Yo, Víctor.
-Hola, Víctor, si, dígame.
-Está listo su auto. Era una tontería, menos mal. En un momento llegué a pen… Eugenia lo partió al medio.
-Víctor, Víctor querido, después me explica todos los pormenores del problema. Ahora, tráigamelo por favor.
-En cinco minutos estoy ahí, perdón, Eugenia.
Ofuscada ciertamente, le colgó sin saludarlo. Fue corriendo hasta la habitación para prepararse y estar lista para cuando Víctor llegue. Mientras hurgaba en el placar y decidía que ponerse pensaba que todavía debía emprender un viaje largo hasta El Portezuelo y de ahí buscar la ruta hasta Posadas, donde se encontraba internada su madre. Sacaba y metía una y otra vez prendas y calzados desde el mundo surreal que habitaba en la enredadera de su placar. No se decidía por nada. Todo era viejo. Nada le sentaba. Todo difería. Nada combinaba. Finalmente optó por la misma ropa que calzó desde la mañana temprano y sólo cambió los zapatos. Alcanzó a percibir el motor de su auto estacionando en la puerta de su casa. Salió enmascarando la locura para que Víctor no se formara una idea distinta de la que posiblemente ya tenía diagramada.
-Hola Víctor.
-Hola Eugenia, aquí tiene a su bebé, dijo apoyado en el capote y cruzado de brazos en clara postura de mecánico fatal.
- ¿Cuánto le estoy debiendo?, preguntó sin recalar en ese detalle.
-Vaya, Eugenia a hacer sus cosas, después arreglamos eso. Vaya, por favor.
-Infinitas gracias, Víctor.
Eugenia se quedó con las llaves del auto. Rápidamente ingresó y con un vuelo fantasmagórico terminó de darle los últimos ajustes a la casa. Tomó su bolso marrón y se metió de prisa al auto. Arrancó. Sabía que tenía un viaje complicado hasta El Portezuelo porque era una ruta infestada de tránsito, de difícil acceso y lenta
como ninguna otra. Sabía también que después se facilitaría todo, ya encaminada en la ruta 152, que la llevaba directo y sin detenciones hasta Posadas.
El camino era un hormiguero apestoso. Eugenia estaba detrás de una fila interminable de coches enloquecidos pugnando por hacerse lugar entre la maraña, descontrolados, ávidos de libertad,
queriendo volar de repente o cavar un pozo monumental para desaparecer y aparecer milagrosamente en la bifurcación, quince
kilómetros más adelante, en donde la ruta – por obra y gracia del Espíritu Santo - desplegaba sus ramales hacia Manantiales siguiendo al norte, Granada más al oeste y Posadas en la ramificación final.
Se reflejaba en el espejo retrovisor y se prometía a sí misma que la calma y el control serían sus aliados más fieles. Observaba hacia fuera y se reía nerviosamente al ver una hormiga en pleno asfalto
transportando la comida para su colonia, yendo a la velocidad de una hormiga común con su cuerpecito cansado y ganándole la pulseada al coche de Eugenia. Lograba avanzar unos metros y se dolía al verla con su carga descomunal, detrás de ella, a un auto de distancia. Y suspiraba. Sentía una congoja particular por el esfuerzo del insecto, pero se enorgullecía al mismo tiempo por el amor desmedido hacia esa colonia que la aguardaba en su nido.
El sol parecía partir el asfalto. Levantó solo unos centímetros la ventanilla de su puerta derecha para no sentir las pezuñas de ese calor asfixiante metiéndose en su carne y se acurrucó en ella misma. La calma y el control, por ahora, iban desplomadas en el asiento trasero durmiendo plácidamente, pero unos leves movimientos le dieron a Eugenia la mala espina de que en cualquier instante abrirían malamente sus ojos. No quería hacer ningún ruido. No quería que se despertaran y que enloquecieran de furia y se armara una guerra campal dentro del auto porque sabía que correría sangre.
Parado frente a ella, como una burla del destino, un cartel despintado y herrumbrado, doblado en sus puntas y ladeado con una expresión triste, le informaba que restaban diez kilómetros para el cruce. Incrustó su puño en el volante mientras el hombre mayor del auto vecino la miró deseoso de escapar para no ser abofeteado por ella. Eugenia le mostró su sonrisa angelical. El hombre, sólo una mueca armada.
Inmediatamente se acordó de su teléfono.