SOBRE LLOVIDO, MOJADO

1118 Words
Sin levantar polvareda para no interrumpir el sueño sagrado de sus aliados, lo buscó en los desperdicios que habitaban su bolso marrón. Estaba ahí, No había llamadas ni mensajes. Recorrió sus contactos y halló el teléfono de la clínica. Llamó. Llamó con temor, con miedo. Llamó pero no quería oir nada, no quería escuchar. -Hola, dijeron del otro lado. - ¿Clínica? preguntó. -Sí señora, ¿en qué puedo servirle? -Quisiera hablar con el doctor Fuertes, solicitó casi sostenida en el aire. -Un momento por favor. Eugenia giró su cabeza y el vecino del auto ya no estaba. Lo buscó denodada. El médico todavía no atendía, así que tenía tiempo para darle ubicación a ese desfachatado que aprovechó el descuido para ganarle el lugar. -Sí, buenos días, ¿Quién será?, preguntaron. Eugenia se retrotrajo velozmente en sus pasos como un film a la inversa. -Doctor Fuertes, buen día. -Buen día, ¿Quién habla? -Eugenia Cabrales, doctor, la hija de Eugenia. -iAh! Eugenia, ¿cómo le va? -Mal, doctor. -Me imagino Eugenia, pero tenga un poco de paciencia. Acá todo sigue igual, no ha habido cambios significativos, dijo con presencia Fuertes. -Bueno, doctor, ¿al menos sigue estable? -Todo está como entonces, Eugenia. No es simple. Es grave, pero estamos a destajo y no le quitamos la mirada de encima. Confíe en nosotros. -Por supuesto que confío en usted y sus profesionales, no tenga duda de eso. -Gracias, Eugenia ¿Anda cerca de la clínica usted?, preguntó como queriendo solicitarle algo. -Si supiera en donde me encuentro doctor, hasta se reiría, dijo al punto de la resignación. - ¿Dónde está?, preguntó el médico con aire grácil. -Sepultada en la ruta 44, a diez kilómetros del cruce que me lleva a Posadas, detrás de un millón ciento treinta y tres mil autos, enojada y tratando de que la calma y el control no se despierten y me hagan enloquecer. El médico esbozó una sonrisa y trató de brindarle algo de tranquilidad. Eugenia guardó su teléfono y aventó su bolso que cayó en el piso del auto. Se asomó al asfalto y buscó a su amiga, la hormiga, que continuaba férrea con el transporte sobre su lomo pasando por el lado de la rueda delantera del auto de Eugenia. Sonrió con ternura y hasta le deseó suerte en voz baja para que el vecino del auto - que apareció de nuevo a su lado arrepentido de su maniobra desleal - no pensara que estaba loca de atar. Se alcanzaban a ver movimientos nuevos. A Eugenia le dio la leve sensación de que el descontrol y el abarrotamiento estaban comenzando a tomar forma y a despejarse claramente. El vecino del coche rojo ensayaba gestos que confirmaban su teoría y la miraba a Eugenia transmitiéndole esa misma sospecha. De a poco se fue abriendo como una brecha en plena carne y se alcanzaba a vislumbrar el faro incandescente como un estandarte parado en el medio de la ruta dividiendo los ramales. Era una lucha titánica de todos los días. Era pasar una prueba de fuego y era un sacrificio que los pueblerinos debían atravesar periódicamente. Al asomarse el gran faro - como un monstruo poderoso emergiendo desde el centro de la tierra - la gente adoptaba colores distintos, volvían a vivir y sus ojos abandonaban sus gamas difusas y adquirían la vivacidad de siempre. Finalmente encontró la ruta 152 y se encaminó raudamente con sus nenas aun dormidas en los asientos traseros y distantes del mundo circundante, y lagrimeaba, pensando infantilmente en el truncado viaje de la hormiga. Hizo el intento de tomar de nuevo su teléfono para llamar a Fuertes. "Mejor, no", se dijo a sí misma en voz alta. Continuó manejando con el teléfono ya en su mano dispuesta a volver a intentar un llamado. Finalmente lo arrojó al asiento de al lado. Le llamaba la atención - pero no la desconcentró francamente - un patrullero, varios metros detrás, con sus sirenas encendidas y sacando chispa del asfalto. Alternaba su observar. Miraba hacia adelante con el sol dándole de costado y volvía al retrovisor y veía al patrullero enloquecido cada vez más pegado a su cola. Así, una y otra vez. Sonó su teléfono. Lo tenía al alcance de su mano derecha. Lo tomó. Era su hermana. El patrullero le raspaba los talones. -Lidia, ¿Qué hacés hermana?, preguntó gustosa. Lidia hizo un ligero comentario de su día y fue directo al punto en cuestión. Deseaba averiguar cómo seguía todo con Eugenia, su madre. El patrullero continuaba detrás y no se adelantaba. -Estoy yendo hacia la clínica, Lidia. Calculo que en veinte minutos estaré llegando, le contestó a su hermana con los ojos del oficial clavados en su retrovisor. Del otro lado Lidia entendió que Eugenia, su hermana, iba presurosa por la ruta y prefirió no molestarla. -Bárbaro, hermana, no hay problema, sí, sí…Apenas llegue te llamo y te viso...Dale Lidia...Sí, sí…quedate tranquila... Bueno, suerte... Gracias. Colgó. Habló con su hermana y durante todo este tiempo, escasamente, se fijó por donde circulaba. El móvil de la policía venía pegado al paragolpes del coche como si fuese la formación de un tren: "Milicos de mierda", dijo con un leve movimiento de labios. Se concentró en su conducción. Sentía que las chicas que - hasta hace un rato nomás - dormían con placidez en el asiento trasero, estaban empezando a ronronear como los gatos y maldecía la situación. Había hecho un esfuerzo incólume y sideral durante la primera etapa del viaje para no enloquecer y ahora, en la libertad del camino y a minutos de llegar, la policía - con señales concretas - le estaba solicitando detenerse a la vera de la ruta. Contra su voluntad lo hizo. Despacio, y pensando un argumento eficaz para no salirse de sus casillas y encima de todo tener que ir a dormir a un calabozo mugriento. Se detuvo. Ambos policías bajaron de su móvil y se dirigieron con una cautela extraña en su andar. Era lógico. No sabían que planes tenía en la cabeza la persona al volante. Ni quien era. Eugenia ya se había tomado el trabajo de bajar su ventanilla. -Buenas tardes, señora. Eugenia sólo los observó como quien mira cien gusanos en una cena de lujo. Había arrancado mal. Se retrotrajo. Una sonrisa falsa y plástica, pero con camuflaje de mujer inteligente, tapó la vinagrera anterior. - ¿Señores?, preguntó con tono oficinista. -Perdón que la molestemos, señora. Es sólo rutina, exponían amablemente los oficiales. – Necesitamos su permiso de conducir y su tarjeta verde por favor. Eugenia controlaba la respiración al tiempo que se repetía por dentro, una y otra vez, "Calma Eugenia, calma”.
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