Buscó en el cementerio de desprolijidades que dormía en el fondo de su bolso
marrón y halló los papeles requeridos.
-Aquí tienen, señores, dijo con cierta gracia.
Los oficiales se apartaron unos metros para verificar la legalidad de los documentos. Eugenia miraba su reloj y los mudos improperios le daban volteretas por toda la cabeza. Los hombres seguían ahí parados. “¿Sabrán leer?" se preguntaba con un silencio casi audible. Los autos pasaban rabiosos rumbo a Posadas y la ira de Eugenia, el control y la calma, empezaban a estirar sus brazos en esta siesta calurosa con el asfalto hecho una sopa." ¿Entenderán el español?' se cuestionó nuevamente mordiendo su labio y negando con la cabeza extrañada de toda esta burocracia simplista y básica, poco entendible para estos señores uniformados.
-Señores, disculpen por favor, abrió Eugenia para no ser presa fácil de sus demonios. - Mi madre se muere, dijo espaciando cada palabra. Y continuó. "Tengo urgencia por llegar a Posadas. Tengo internada a mi madre que se encuentra muy grave, ¿Podrían acelerar el proceso por favor?
-Hablando de acelerar, señora, dijo uno de los oficiales acercándose al coche de Eugenia ¿Usted tiene la más mínima idea a qué velocidad viene desde hace unos tres o cuatro kilómetros?
Eugenia no contestó. Se quedó pensativa mirando las montañas a lo lejos.
- ¿Puede responderme, por favor?, insistió el uniformado.
-No… no me he fijado, oficial, dijo perdida Eugenia.
-Venía por arriba de los ciento cuarenta kilómetros por hora, señora, dijo el policía reparando el espaciado utilizado por Eugenia.
No dijo ni una palabra. Pero tenía un argumento. Su costado femenino y hechicero.
-Oficial, dijo con voz débil y con una ronquera moderada. - No me he dado cuenta, se lo juro. Los ojos de Eugenia se cristalizaron en un parpadeo.
-Mi madre se está muriendo, oficial. Ella está muy grave.
Un caudal de llantos y dolor brotó desenfrenado desde el pecho cuarteado de Eugenia. Era un dolor genuino. Eran lágrimas ciertas y concretas. Pero sirvieron también como carnada para atrapar a los pescados de turno.
-Señora, no se ponga mal, por favor, arremetió el policía buscando calmar las aguas. – Necesitamos que nos comprenda, decía mientras el otro se apartaba irresponsablemente como buscando la señal perdida en su radio. - Usted venía por arriba de la velocidad permitida y sólo la detuvimos para verificar unos pocos datos y cerciorarnos de que no se trataba de algo irregular, ¿me comprende?
Eugenia asentía sin pronunciar palabra y buscaba en la selva de su bolso un pañuelo para la ocasión.
-Sírvase, dijo el oficial entregándole los papeles.
Eugenia los recibió y los guardó en su bolso marrón.
-Puede proseguir, señora, dijo amablemente el uniformado, - pero conduzca más despacio. Tenga cuidado - prosiguió - porque uno no está exento de nada. La gente está muy acelerada y nadie respeta las normas.
-Muchas gracias, oficial y perdone si he sido algo indiferente, respondió consternada
-Vaya tranquila, señora y abróchese el cinturón.
Eugenia apretó el acelerador como buscando atravesar el suelo del coche y, levantando un polvo grueso, desapareció sin dejar rastros. Los oficiales la vieron partir como un demonio. “Mujeres, ¿Qué más se puede decir?"
Tenía a Posadas a sólo unos pocos minutos. De pronto, haciendo una maniobra un tanto alocada, se metió en un centro de compras. Compró cigarrillos. Encendió uno mientras se dirigía a su
coche y arrancó velozmente de nuevo a su destino final. Lo pitaba y lo largaba de inmediato en clara señal de no haber fumado jamás en su vida. Continuaba con su tema flotando en el aire con respecto a la calma y al control, que venían sentados atrás observando como estatuas el paisaje siestero. Los miraba de reojo por el espejo. Ellos la acechaban en silencio como perfectos manipuladores. Eugenia, cada diez o quince segundos, volvía a asomarse lentamente, y con una sonrisa dibujada y armada, intentaba mantenerlos a distancia y en esa quietud aparente. El auto era una humareda. Pensó y repensó durante todo el viaje como no escapar y transformarse en una loca delirada, cuando descontrolarse y perder la noción del tiempo, era parte de su rutina diaria, era una porción más de su aire para vivir.
El colorido naranja y verde, mezclado con tonos en los azules y pasteles, más los celestes y los carmines que devolvía la naturaleza entera, la cual acompañó a Eugenia en todo este trayecto, desaparecía, y un aire distinto con matices diferentes, más plomizos y menos incandescentes, iba entrelazándose con la imagen anterior y le daba a Eugenia la tranquilidad y la certeza de que Posadas la estaba acariciando casi en un contexto s****l y la metía en su desnudez.
Un soplo de aire puro y fresco la embriagó. El rostro de Eugenia pulverizó entre sus manos frías esa mueca dura y rígida y le pintó, como un experto artista, un gesto más angelical, exponiendo sus labios carnosos de color rosa claro y esos inmensos ojos azules cautivantes y picarescos.
En un momento de detención, previo a inmiscuirse en la vorágine de la ciudad, giró su cabeza y los monstruos acechadores se habían disgregado en el cuero del asiento. Pudo lograrlo. Tal vez esta experiencia le haya servido como experiencia misma de lo que vendrá. Quién sabe Metida en el vientre mismo de la ciudad, a unos veinte minutos de la clínica, le sonó el teléfono. Sin quitarle la atención al infierno que rodaba frente a sus ojos, manoteó - después de varias adivinanzas - el aparato y, alternando su mirada en los espejos, se fue tirando hacia un costado para poder hablar más tranquila. "Ya va, ya va", decía mientras lentamente buscaba el lugar para estacionar.
-Hola, si, ¿Quién habla?, preguntó sin observar previamente el número de la llamada.
- ¿Eugenia?, preguntaron del otro lado.
-Sí, respondió
-Eugenia, soy el doctor Fuertes.
Un hormigueo fatal y ponzoñoso le recorrió el espinazo y vomitó su excremento en la garganta de Eugenia.
-Hola, doctor, ¿cómo está? Sí, ¿Qué sucede, doctor? Ya estoy en Posadas. En unos veinte minutos llego si puedo con este tráfico imposible.
-Tranquila, Eugenia, despacio por favor.
A Eugenia no le agradaba el tono de Fuertes. Lo sentía lejano, distante, frío como una lápida, con una voz cavernosa y un deambular lento en su expresión.
¿Pasa algo, doctor?, preguntó deseando no escuchar palabra alguna.
Fuertes hizo un espacio largo, casi inútil, pero presa de esa irresistible garra que apaga los sentidos y no diferencia hombres de mujeres, pobres de ricos y profesionales de los que no lo son.
-No pudimos, Eugenia: Eugenia se nos fue.