La garra irresistible se coló por los cables malditos del teléfono y voló hambrienta de dolor por el aire pestilente de la ciudad y se arropó en la mente de Eugenia. Ella hizo un silencio útil, que le sirvió para que sus ojos lluevan de repente y para que los mil pestañeos por segundo le contengan el terror hasta martillarle la córnea. No hablaba. No pronunciaba un sonido al menos apagado.
-Eugenia, ¿está ahí?, ¿me escucha Eugenia?, preguntaba Fuertes asustado sobremanera.
-Si, dijo con una languidez avasallante y una impavidez notoria. Su rostro desfigurado y sus ojos a punto de estallar pendían de un dolor irreparable y su incredulidad se amarraba al único listón de madera que quedaba en su océano de locura y destrucción. Miraba hacia los costados, creída aun en esa vergüenza que se experimenta cuando se llora ante las miradas descaradas de los que pasan, que caen en un disimulo que los condena más todavía. Eugenia era así. Especial. Ni la muerte de su madre le desparramaría el rímel por su rostro ni le pondría como lija el cutis de porcelana. Ni la muerte de Eugenia correría su rubor hasta mancharle el cuello delgado de durazno. Tampoco el dolor tremendo y esa ansia de vomitar dentro del coche algún líquido verde con filamentos naranjas, le harían arrugar el ceño y menos aún, dejar que algún surco comience a gestarse en el manantial de su cara perfecta.
-Eugenia, responda por favor, insistía el doctor.
-No puedo, decía ahogada en su propia cal.
-Lamento tener que habérselo comunicado de esta manera, agregó Fuertes, pero no sabía cuánto más iba a demorar y... Le ruego que me disculpe Eugenia...
-Está bien, doctor, alcanzó a decir antes de presionar el fin de la conversación. Gritó como una condenada. La gente miraba. A Eugenia parecía no importarle a esta altura si la vergüenza la comía y si la piel se le agrietaba. No hallaba que romper, que aventar. Hundía sus tacones con furia en la alfombra del piso del auto, una y otra vez, como deseando aplastar la tristeza con la aguja gruesa de su calzado. Buscaba calma al mismo tiempo. Tenía lapsos de conciencia y la usaba para encontrar un camino, una salida. No hallaba nada y arremetía contra el volante del coche. Ni si quiera estaban las nenas malditas de la calma y el control para acurrucarse en sus brazos y llorar con una pasión distinta. Necesitaba seguir. Había que continuar. Una ráfaga de lógica lejana se le metió como un disparo en el centro de su mente ¿Y si
revive? ¿Y si vuelve milagrosamente? ¿Cuántas veces sucedió? ¿Por qué no? ¿Y si Fuertes pudiera intentar una recuperación? Eran sólo preguntas que rápidamente se esfumaban por las ventanillas del auto.
La primera etapa de la destrucción ya había hecho su papel. Fue una actuación grandiosa y elocuente, digna de un personaje de primer nivel. Eugenia respiró profundo. Debía seguir con todo el dolor del universo. Como nunca, acomodó - no de una manera definitiva - la telaraña de su bolso marrón. Metió el teléfono en él y arrancó rumbo a la clínica. Todavía rondaban por los pliegues de su memoria aquellos días de ensueño, cuando ella y Lidia se revolcaban por las colinas verdes, una y otra vez, bajo la atenta mirada de Eugenia y de Cristóbal, su padre. Aun danzaban por su cabeza las cenas cotidianas en el restaurant de Los Hidalgos y los postres enormes con exagerado baño de crema y las películas de guerra y de suspenso en el cine Rivera, el preferido de las chicas, porque ahí, el señor de la linterna, les regalaba de contrabando bolsas gigantescas de pochoclo y una larga goma de mascar para cada una. Y resonaban como campanas desentonadas aquellos almuerzos domingueros en casa de Mercedes, la hermana de Eugenia, cuando junto a Horacio y a Celestina, planificaban los sustos más grandes en una mansión casi laberíntica, con pasadizos angostos y oscuros y un sótano lleno de trastos que – según los niños - escondían las almas de los residentes anteriores. Y le martillaban aquellos recuerdos de Cristóbal montando con ellas los alazanes del abuelo Pancho, y el día en que Tatú, la primera cría del moro pampa, llegó a este mundo traído por la mano experta de Cristóbal. Eugenia recluía la tristeza en ese dejo de alegría pasada y sonreía tibiamente al acordarse de las palabras de su madre: “Si me amaras un poquito, me darías un nieto" "Tonta", decía en voz medio alta.
Entró en la calle principal del centro de Posadas. Debía hacer unas siete u ocho cuadras hasta encontrar el acceso a la derecha que la llevaba directo a la clínica. La halló. Sonó su teléfono. Manoteando lo sacó del bolso marrón. No pestañaba.
- ¿Sí?, preguntó.
-Hola, hermana, estoy en la clínica, dijo Lidia con un dolor latente. - ¿Ya lo sabés, no?, preguntó inocente.
-Sí, Lidia, ya me avisó Fuertes, respondió Eugenia. - Tranquilizate. Estoy llegando.
-Bueno, te espero.
Fue la última conversación que tendrían entre ellas, como un cachetazo del destino. Eugenia piso el acelerador dolida por el pesar de Lidia. La sintió sola y desamparada y supo una vez más que detrás de esa coraza de hierro forjado se escondía acuclillada en un rincón una tierna gacela constantemente acechada por los dientes perversos de la hiena. Buscó otro cigarrillo y se horrorizó con la cueva asquerosa que residía en su bolso marrón. Volvió al volante y una figura oscura y diminuta se le atravesó como un designio del mal. Sintió el impacto como si un murallón hubiera caído sobre al capot de su auto. El descontrol y la escena fantasmagórica repentina le nublaron la visión, Arrasaba todo a su paso enloquecido y desigual. Se paró sobre los frenos como queriendo detener el bólido con sus tacos finos y se incrustó en el alma misma de una vidriera que albergaba una joyería. Como si se tratara de un sueño sentía voces lejanas y difusas, carentes de realidad y lógica. El cielo parecía abrirse y las nubes atravesaban veloces los aires de la ciudad. Sus ojos se cristalizaron y su sangre se fue deteniendo junto con su tiempo. Atrás quedó un niño muerto junto a una bella mariposa azul que poco a poco se apagaba junto al abatimiento lento y progresivo de sus alas, con sus patas adheridas al charco inmenso y coagulado. Y a metros de ella un hombre ensangrentado, flaco y desgarbado que quedó en el medio del camino de Eugenia incrustado y sepultado en el mar de vidrios rotos. Y más atrás quedó Lidia hirviendo en su debilidad y Eugenia, su madre, esperando en su lecho de muerte.