La atmósfera en el despacho de Arthur era tan densa que parecía difícil respirar. La luz grisácea de la mañana entraba por el ventanal, iluminando las motas de polvo que flotaban entre Chloé y sus tres interrogadores. La pequeña estaba sentada en la silla de cuero, balanceando las piernas sin llegar al suelo, mientras Arthur Gerard, Magnus Clerk y Marisa Martínez la observaban desde el otro lado del escritorio. —Chloé, queremos entender tus razones —empezó Arthur con tono suave—. Escaparte del departamento de tus padres a mitad de la noche es algo muy peligroso. ¿Por qué lo hiciste? —Necesitaba la verdad, padrino —respondió la niña sin levantar la vista—. En mi casa el aire pesaba demasiado y nadie me decía lo que realmente pasó con mi mamá Malaika. Sentía que las paredes me asfixiaban.

