Melina avanzó sobre el pasillo con una sonrisa en sus labios color rojo pasión. Apenas vio a Patrick, fue como ver a Arthur en miniatura: la misma postura, la misma complexión. Ella, que había sido la novia de la adolescencia de Arthur y su ex amante de dos meses y medio años atrás, cuando Arthur y Katrina habían estado en crisis, sintió una punzada de nostalgia y arrepentimiento al verlo.
—Vaya… que lindo verte, pequeño.
Patrick la miró frunciendo el ceño. Algo sabía de esa historia, aunque él tenía seis años cuando todo sucedió, había escuchado su nombre y había visto llorando a Katrina por ella. El nombre de Melina resonaba en su memoria familiar como un espectro.
—¿Usted?
—Sí corazón, yo... yo soy la jefa de maternidad. El guardia me dijo que buscaban información sobre fertilización —respondió Melina—.
—Bueno, no exactamente —dijo Patrick, dando un paso al frente junto a Chloé—. ¿Podemos hablar con usted?
Melina sonrió. —Vaya... eres decidido igual que tu padre, vengan por aquí.
Melina los condujo hasta su oficina, un espacio que olía a café fuerte y productos de limpieza caros. Los hizo pasar, cerró la puerta con cuidado y se dirigió a su máquina de bebidas. Preparó un café cargado para ella y dos lattes espumosos, con la leche tibia, para los dos pequeños. Les ofreció las tazas humeantes, intentando calmar el ambiente con un gesto de hospitalidad.
—Bueno, los escucho. Espero que sea breve.
Chloé, tomando la taza para calentar sus manos aún frías, sintió la determinación regresar. —Mi nombre es Chloé Matamba, tengo diez años, y necesito saber quién es mi madre.
Melina casi escupe el café. La coincidencia del apellido Matamba con la historia que ella conocía era una bomba. Su rostro se puso pálido, y su voz se endureció, cayendo en su papel profesional de hierro. —¡Yo no puedo ayudarlos!
—¡Ella tiene derecho a saber quién es su madre! —exclamó Patrick, defendiendo a Chloé con una convicción que imitaba la de su padre.
Melina le explicó a Patrick, tratando de calmar la situación, su mirada yendo de un niño al otro. —Eso no se puede hacer. Las mujeres que llegan aquí donan sus óvulos para que hombres o mujeres que no pueden concebir de forma natural lo hagan de otra forma. Otras alquilan sus vientres. Es un proceso legal, privado, con contratos de confidencialidad muy severos. ¿Comprenden?
Patrick, bebiendo de su latte, ignoró la explicación ética. Se centró en el punto débil de Melina. —Melina, haga esto por una forma de redimir el pasado.
La jefa de maternidad se rió, una carcajada seca y sin humor. —¡Eres un pequeño extorsionador! ¿Crees que con tus diez años puedes chantajearme?
Patrick no se inmutó. Su voz era baja, medida y completamente fría. —Saqué un poco de mi padre Arthur, que no se rinde ante una oportunidad, y un poco de mi madre, que siempre encuentra la manera de que la gente pague por lo que hace. Mi padre es el director de la Academia donde trabaja el señor Jandey Matamba. Si esto se sabe, Melina, la prensa no se centrará en los problemas de mis padres; se centrará en cómo la jefa de maternidad de Starlight Surrogacy traicionó a una de sus clientas por una aventura pasada. Y eso arruinará esta clínica y su reputación.
Melina entendió la amenaza. La exposición pública de su pasado, sumada a su rol de jefa de la clínica, podría arruinarla por completo. El silencio que siguió fue la capitulación. Se sintió vencida por la astucia de un niño que la conocía mejor que la propia Katrina.
Con un suspiro largo y pesado, Melina aceptó de mala gana. —Muy bien. No tienes ni idea de lo que estás pidiendo, Patrick. Estás abriendo una caja de Pandora. Pero lo haré.
Melina se levantó. Su cuerpo se sentía rígido mientras caminaba hacia el sistema de archivado digital blindado. Tras introducir varias claves y escanear su huella digital, buscó en los archivos. Tecleó el nombre. Finalmente, encontró el legajo correspondiente a Jandey Matamba y Sergi Sergueth. La pantalla parpadeó, mostrando el documento de la subrogación.
El documento era vasto, lleno de cláusulas legales y términos médicos complejos. Chloé se acercó, temblando ligeramente por el frío y la anticipación, sus ojos fijos en el monitor, buscando lo esencial. La verdad que había estado oculta durante una década estaba a punto de ser revelada.
En un recuadro destacado, bajo el título de "Gestante Subrogada", el nombre estaba esperando. La luz del monitor iluminaba las caras tensas de los dos niños y la expresión de pánico de Melina, que ahora veía su vida profesional pendiendo de un hilo. El silencio en la oficina era casi palpable.Melina volvió a teclear y allí estaba el nombre tan esperado: "Malaika Matamba".
La revelación cayó como una bomba. La cara de los niños fue de terror. Patrick sintió que su garganta se cerraba.
—¿Malaika... Matamba? —susurró Patrick, la incredulidad tiñendo cada sílaba.
Chloé leyó el nombre. Lo leyó dos veces, y luego tres. Su cerebro infantil luchó por procesar la implicación, sintiendo un nudo frío en el estómago.
—Es... es mi tía. Mi tía Malaika —articuló Chloé, su voz rota.
Patrick se acercó al monitor, examinando los detalles: la fecha de la concepción, el parto, los datos médicos. Todo era preciso. Su mente trabajaba frenéticamente: Jandey y Sergi lo sabían, o al menos Jandey lo sabía. Habían engañado a Chloé, no solo sobre la subrogación, sino sobre la identidad de la propia madre que la gestó. La traición era de su propia sangre.
Chloé se derrumbó sobre la silla, sollozando sin control. Su búsqueda había terminado, pero la verdad era un cuchillo. No era una extraña, sino alguien de su propia familia, alguien que había cedido su vientre para darla a luz y luego había desaparecido, negándole su existencia durante diez años.
Patrick tomó una foto rápida de la pantalla con su teléfono, antes de que Melina reaccionara y cerrara el sistema de archivos de golpe. La imagen era el arma que necesitaban.
Patrick tomó a Chloé de la mano, ayudándola a levantarse. Asintió con frialdad. El silencio de Melina ya no importaba. La verdad era suya.
La verdad había sido revelada. La gestante subrogada no era una extraña, sino Malaika Matamba, la tía biológica de Chloé.
—¡Ya basta! ¡Se acabó! —gritó Melina, cubriendo la pantalla con sus manos. —Tienen lo que querían. Ahora, váyanse- Patrick solo la miró y tomó a Chloé del brazo-No hace falta que grite, no ve que está en shock¿ usted qué haría en su lugar?
- ¡ Dejar de revolver el pasado, eso haría!- Chloé se secó las lágrimas- La idea no fue de él, fue mía
- ¡ No me interesa de quién fue! Dejen que la vida siga su curso.- Patrick la miró y tiró lo que tenía dentro -¡ Usted también debió dejar el pasado atrás cuando yo tenía cuatro años! - Chloé no entendía nada de los reproches de Patrick-¡ Usted se metió en la relación de mis padres!
- ¡¿ Qué sabes tú de eso!?
- Se mucho más de lo que cree- Chloé vió la cara disfigurada de Patrick- Vamos Pat, vamos por favor. - Sí mejor váyanse y no vuelvan- Patrick se giró y la miró- Gracias a todo lo que usted provocó, hoy somos seis hermanos- Melina lo miró con una irá contenida- ¡ Pues fíjate que no me interesa!
Chloé tomó a Patrick del brazo y salieron del lugar que se había vuelto asfixiante.