A la mañana siguiente, la luz de la mañana inundaba el departamento que compartían Jandey, Sergi y Chloé. El aroma a café y a tostadas flotaba en el aire de la cocina mientras desayunaban.
Chloé, de diez años, miró a su padre Jandey, que estaba absorto mirando un boceto arrugado. Jandey había dejado a un lado su chaqueta de diseño habitual, vistiendo una camisa de un color liso que odiaba y un pantalón de mezclilla sin decoración, cumpliendo a regañadientes con el código de vestimenta no oficial de Magnus.
—Papá —insistió Chloé, mirando a Jandey—. Esta tarde iré con mi madrina Katrina al centro comercial. Me llevará al salón de belleza.
Jandey levantó la vista, desorientado. —¿Qué, mi amor? ¿El boceto? Creo que este, el color topo, refleja la sobriedad...
Sergi le dio un codazo suave a Jandey. —Te está hablando a ti, Jandey, no al uniforme del diablo.
Jandey se obligó a sonreír. —Claro que sí, Chloé. Lo que sea que te haga feliz, mi estrella.
La conversación cambió de repente de tono. Chloé se había convertido en el centro de la familia hacía diez años, cuando llegó a sus vidas. Tras meses de burocracia y ansiedad, Jandey y Sergi, luego de establecerse como pareja, se animaron a adoptar. La ayuda de Samuel Stuart, amigo y abogado de Arthur, fue crucial. Lo único que lograron saber de Chloé es que había llegado al orfanato con solo días de nacida y que, aparentemente, había nacido en el Reino Unido. Nada más. Ella era su sol, su pequeña, y por ella, soportarían la hipocresía de Magnus.
Luego del delicioso desayuno preparado por papá Sergi, Chloé se alistó para la Academia. Jandey terminó de alistarse, acomodándose la camisa lisa. Chloé, con un pantalón de mezclilla, se aseguró de que sus rastas estuvieran bien atadas y protegidas, una declaración silenciosa de resistencia.
Chloé se acercó a Sergi. —Papá, me voy a quitar las rastas, al menos por ahora. Madrina Katrina dijo que las trenzas que me hará son como un camuflaje, solo para que ese viejo loco no me moleste más.
Jandey, que se había vuelto a ensimismar en la mesa, comparando la tela de un uniforme militar que había comprado para inspirarse con uno de sus bocetos, seguía sin prestar atención a la conversación, absorto en los detalles de las solapas.
Sergi, sin embargo, tomó la posta y respondió. —Me parece una idea brillante. Es un camuflaje elegante. Así le demuestras que puede pedirte que guardes la forma, pero que no puedes cambiar lo que eres.
Sergi se dirigió a Jandey, interrumpiendo su concentración con un tono más severo. —Jandey, por favor, elije. De verdad, necesito saber con qué dirección vamos.
Jandey suspiró, frustrado. —Sergi, no puedo. Este uniforme tiene que ser el alma de la Academia, no una camisa de fuerza. ¿Cuál de estos bocetos, el 'Azul Gerard' o el 'Gris Institucional', se ajusta más al alma de la Academia?
Sergi miró los dibujos. El "Azul Gerard" era vibrante, el otro, sombrío.
—Ninguno se ajusta al alma de la Academia. El alma es libre, Jandey. Pero si tengo que elegir uno que calme a Magnus sin matarnos, es el Gris Institucional, pero con ribetes rojos. Es aburrido, pero si le pones un poco de vida, será una bomba de tiempo lista para explotar en las manos del soldado.
Jandey asintió, aunque se veía miserable. —Gris Institucional. Lo haré tan elegante y tan bien estructurado que no podrá decir nada, pero tan incómodo que querrán quemarlo.
A las ocho en punto, la Academia abrió sus puertas. Arthur, alto y musculoso, con su sonrisa habitual, recibió a cada estudiante en la entrada, como era su costumbre. Magnus, en cambio, estaba en su despacho, preparándose para el día.
Chloé saludó a su padrino y le dio un abrazo rápido.
—Buenos días, Padrino Arthur.
—Buenos días, Chloé. ¿Todo bien con papá Sergi y papá Jandey?
—Sí, pero... ¿dónde está el Vicedirector? ¿Ese señor Clerk?
Arthur frunció el ceño. Sabía lo que venía. —Está en su oficina, Chloé. ¿Por qué preguntas?
—Ayer dijo que quería hablar conmigo. Y con Patrick. Quiero ir yo primero.
Arthur se agachó a su altura, bajando la voz. —Mi amor, no tienes que ir sola. ¿Quieres que te acompañe? No tienes que rendirle cuentas.
—No, Padrino. Quiero ir sola. Si me ve con un adulto, creerá que tengo miedo. No le tengo miedo. Solo quiero que me diga lo que tiene que decir.
Arthur suspiró y, dándole un beso en la frente, la dejó ir. Sintió una punzada de orgullo y terror. Su ahijada, una guerrera.
Chloé se dirigió al ala administrativa. Llegó a la puerta de Magnus y tocó, sin dudar.
—Adelante.
Chloé entró en el despacho gris. Magnus estaba sentado en su escritorio, vestido con su traje, la encarnación de la disciplina militar. Tenía el legajo de Chloé en la mano. Lo abrió y deslizó el contenido sobre el escritorio.
Magnus miró a la niña con una seriedad excesiva para su edad.
—Siéntate, señorita Matamba. Entiendo que ayer tuviste una actitud desordenada y una respuesta insolente hacia mí.
Chloé se sentó, manteniendo la barbilla alta, igual que su padre Sergi.
—Vicedirector, solo dije la verdad.
Magnus frunció la boca, molesto por el desafío. —La verdad es que en esta Academia se siguen protocolos. Protocolos que van desde el respeto a la autoridad hasta la vestimenta. Pero lo que más me inquieta de su legajo, señorita Matamba, es...
Magnus se inclinó sobre el escritorio, escudriñando el papel.
—...su origen. Sé que fue adoptada por los profesores Sergueth y Matamba. Me dice que es huérfana. ¿Sabe quiénes son sus padres biológicos?