Habían pasado unas semanas desde la aparición del cliente raro. Llegaba todos los días después de las 2 pm, puntual como si lo programara un reloj invisible. Y cada día pedía sabores inusuales: “Quiero uno que sepa a verano en la playa con amigos.” O su favorito: “niebla de medianoche”, que según él sabía a melancolía elegante. Cuando no venía con sus pedidos poéticos, pedía chocolate semi amargo con dulzor del 10%. Siempre equilibrado, nunca empalagoso. Todo en él tenía un aire extraño, preciso y casi… literario. Ese día, Dulce Locura estaba tranquila. Dos mesas ocupadas, sol entrando por los ventanales, brisa cálida. Gabriela peleaba con la mezcladora en la parte de atrás, encendiéndola y apagándola como si negociara con una criatura rebelde. Hellen acomodaba vasos y cucharitas en el

